miércoles, 30 de mayo de 2018

Protocolo monarca

   La criada le llamó desde la puerta de la cocina. Fred dejó de columpiar a May y entró.

––Un hombre le espera en el vestíbulo, señor. Trae una carta.

Él frunció el ceño y salió a recibirle. Entonces, le cambió el semblante. Aquel hombre era un paje de la casa real. Se sacudió la arena de las manos, en el pantalón, y le ofreció una. El paje le dio la carta y se marchó.

Fred se quedó inmóvil, los ojos fijos en el escudo esmeralda. ¿Para qué le escribirían sus majestades? Títulos y reconocimientos empezaron a sobrevolar su imaginación. Él sonrió y la abrió eufórico.

«Querido Mr. Fredderick Medfell:

Por los incontables logros y progresos de su empresa sus majestades, los reyes de Esterra, tienen el honor de invitarle a usted y a su familia a una reunión mañana a las 22:00...»

Fred no pudo seguir. Arrugó la carta contra su pecho y, entre lágrimas, llamó a Caroline y a May. Al saber la noticia le abrazaron con fuerza. La emoción resbalando también por sus mejillas.

   Todas las familias más influyentes del reino acudieron a palacio la noche siguiente. Sus nombres apenas se mencionaban en los medios de comunicación. Eran las caras que, desde las sombras, manejaban los hilos del planeta.

Fred había oído hablar de esas reuniones, pero hasta entonces no había tenido el honor de asistir. La elegancia y el éxito embriagaban el gran salón real de tal forma que le hicieron cohibirse. Caroline sonrió y le apretó la mano. Él asintió, irguió la cabeza y se acercó a los demás invitados para presentarse.

Entonces, dos músicos, colocados a cada lado de la puerta, anunciaron a toque de trompeta la entrada de sus majestades. 

   La cena transcurrió entre sonrisas de envidia y protocolos de educación ensayados durante años. Una vez acabaron, el rey se levantó y le pidió a Fred y a su familia que se acercaran. Él se despegó la copa de champán de los labios y le miró atónito. Su mujer le agarró del brazo, tiró de él y se dirigieron al lado del monarca.

––Es un verdadero placer haber contado con un genio de la tecnología como usted esta noche, Mr. Medfell.

Los reyes le estrecharon la mano.

––Y por supuesto, con su familia.

––El placer es siempre nuestro, sus majestades.

El monarca alzó una mano y continuó.

––Sin embargo deben cumplir un pequeño ritual de iniciación. Un ritual que pondrá a prueba su lealtad hacia nosotros y que les mantendrá en la cima del éxito eternamente.

Fred tragó saliva y asintió. El rey dio una palmada. Entonces, entró una chica con un bol lleno de sangre. Lo colocó sobre la mesa y se fue. El rey hundió su copa, mojó los dedos y les dibujó, a los tres, una marca en la frente. Luego, le dio un largo trago y se la pasó a ellos.

––Estupendo ––El monarca ordenó que retiraran el bol––. Ahora, falta la segunda parte. 

Él se terminó de limpiar las comisuras de la boca y preguntó de qué se trataba. 

––Tenéis que darnos vuestro segundo hijo.

Fred y Caroline intercambiaron miradas confusas.

––Disculpe su majestad ––dijo ella––, pero no esperamos ningún hijo.

––Eso no importa. Lo podéis concebir.

––Sí, pero ¿para qué quiere usted un hijo nuestro? ––dijo Fred.

––Necesitamos que nos lo ofrezcáis como sacrificio. La sangre de los recién nacidos, en familias como la suya, es lo que desean las entidades que nos otorgan el poder.

El rostro de ambos se desencajó y una arcada les trepó desde el estómago.

––Lo siento, pero no pienso darles a ninguno de mis hijos. 

Fred agarró a Caroline y a May de la mano y se dirigió con ellas a la salida.

––Piénsalo bien, Fredderick ––dijo el rey––. Sabes, perfectamente, cómo funciona el éxito y el poder en este mundo.

Ellos continuaron, sin detenerse, hasta el coche y se marcharon.

   Dos años después, la empresa Medfell quebró. El bombazo de los coches voladores pasó a ser un tema de vanal interés. Fred y su familia acabaron siendo embargados y se mudaron con los padres de Caroline a su pueblo.

Él encontró trabajo en una frutería. Ella, de camarera en un bar. El dinero siempre les faltaba, aun así consiguieron, poco a poco, rehacer sus vidas. Aprender a ser felices en aquel pequeño lugar. Sin embargo una noche, Caroline no regresó del trabajo.

Fred dejó a May con los abuelos y fue a buscarla al bar, pero no había aparecido por allí en todo el día. Entonces, la luz se apagó dentro de él; Caroline estaba embarazada de nuevo. 


2 comentarios:

  1. Si es que a veces es mejor ceder... Estupendo relato que podría encuadrarse en el Steampunk con esa mezcla de realeza y tecnología. Una historia que nos habla de lo arbitrario del poder y de sus métodos para presionar al débil. Ese final en el que ella se da por vencida, dispuesta a ese sacrificio para recuperar su posición. Fantástico, Laura. ¡Saludos!

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    1. Muchas gracias, David. Quería trasmitir, por una parte, la moral de las personas adineradas y por otra, la debilidad y la sed del dinero y del poder. Algo que, como era de esperar, elegiría alguno de los personajes.
      Un abrazo, amigo.

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