sábado, 11 de noviembre de 2017

Dos buenos profesionales

   Asomado a la ventana se encendió un cigarro. El humo se escapaba hacia la noche. Le dio una larga calada y observó, pensativo, la calle llena de bares. Leve consuelo para perder la cordura durante unas horas. 

Suspiró hondo y le dio otra calada. Entonces, escuchó una notificación en el ordenador. Apagó el cigarro en el alféizar y se acercó a ver el mensaje.

    
   Michael sacó el móvil y miró la hora. Una partida más y se iría. Metió cinco dólares en la ranura y tiró de la palanca. Los rodillos empezaron a girar. Él se mordía el puño mientras su imaginación viajaba por palacios erigidos con billetes. 

Esperanzas que, en seguida, se desmoronaron cuando los rodillos le devolvieron a la realidad. Michael resopló, le dio el último trago al cubata y se fue.

     
   Tras imprimir el correo, se apresuró al mueble bar y cogió una botella. De qué era no le importaba. Solo necesitaba su momento de consuelo; a partir de mañana, tenía un nuevo trabajo que cumplir.

  
   La alarma empezó a sonar. Michael la apagó y se desperezó. Rex le miraba, fijamente, con la correa en la boca. Él sonrió, le acarició la cabeza y se puso el chándal que siempre dejaba preparado encima de la cama.

Acompañados de las luces de las farolas caminaron hasta el parque. Una suave brisa mecía las ramas de los árboles cuyas hojas salpicaban pequeñas gotas. Michael soltó al perro y se acercó a las máquinas de entrenamiento.

Poco a poco, la mañana cubrió todo de colores claros. Los tulipanes empezaron a abrir sus pétalos y crearon, en el césped, un manto de primavera. Entonces, una llamada le interrumpió.  El coordinador de su sección le ordenó doblar turno y cubrir la zona de uno de los compañeros que, por motivos personales, no había podido ir.

Michael aceptó. Luego, le hizo una seña a Rex y empezó a correr hacia su casa. Tenía que darse prisa; el deber le había llamado. 

   
  De repente, una sensación fría le estremeció. Abrió los ojos y cogió la botella que se le había vaciado sobre la camiseta. Se incorporó y la dejó en la mesa, al lado de otra. Él resopló y se quedó mirándola absorto.

Al cabo de un rato, sacudió la cabeza. Se levantó y arrastró los pies hasta el baño. El olor que desprendía quedaba impregnado por donde pasaba. Accionó el grifo y dejó que el agua corriera hasta que salió caliente.

El vapor y la humedad, rozando su piel, borraron cualquier atisbo del hombre que había sido aquella noche y le otorgaron, de nuevo, la personalidad seria y distante que lo caracterizaba.  

De vuelta al salón cogió las botellas, de la mesa, y fue a la cocina. Las metió en una bolsa y se preparó un café. Apoyado en la encimera empezó a darle pequeños sorbos mientras el calor de la taza recorría sus manos. Entonces, escuchó el timbre. Él frunció el ceño, dejó el café y salió a la puerta. 

––¿Sí?

––Buenos días, caballero, mi nombre es Michael White. Soy asesor comercial en la Agencia de Viajes Summitour y me gustaría ofrecerle…

Él le cortó y le pidió que se marchara, pero el muchacho continuó.

––No puede dejar pasar esta oportunidad, señor. Ábrame y se la explico. 

Michael pegó la oreja a la puerta. Al no obtener respuesta pulsó, de nuevo, el timbre.

––¿Oiga, sigue ahí? Señor, abra y escuche mi oferta. Le prometo que no se va a arrepentir.

Él se mordió la lengua y puso los ojos en blanco. Otra vez, el zumbido del timbre le taladró los oídos.

––Siento insistir tanto, caballero, pero es mi trabajo. Cuanto antes me abra, antes me iré. 

Michael aguardó, atento. La puerta se abrió, despacio, y apareció, en el umbral, un hombre de facciones marcadas y ojos perspicaces. El joven sonrió y, con destreza, se coló en la casa. Él cerró y le condujo hasta el salón.

––Gracias, señor, solo le entretendré cinco minutos.

Michael dejó la carpeta en la mesa. Se quitó la gabardina y la dobló en el sofá.

––Y si estos fueran tus últimos cinco minutos, ¿te gustaría malgastarlos vendiéndome una mierda?

––Cuando escuche lo que le voy a ofrecer, cambiará de opinión ––dijo con altivez.

El hombre suspiró y le indicó, con un gesto, que se sentara. Luego, se marchó a la cocina, sirvió otra taza de café, se calentó el suyo y regresó con él. Agradecido el chico le dio un sorbo, lo dejó en la mesa y cogió la carpeta.

––Antes de empezar ––dijo mientras la abría––, ¿podría decirme su nombre para dirigirme a usted?

––No. Hemos hablado, hasta ahora, y no te ha hecho falta saberlo. 

Él colocó su taza al lado de la otra, se sentó y se alisó las mangas de la bata. Michael apretó los labios en una fina sonrisa.

––Tiene razón, caballero, discúlpeme; solo hago mi trabajo.

––Sí, eso ya lo has dicho.

Bajo el asombro de Michael el hombre sacó, del bolsillo, una pequeña bolsa transparente de cocaína. Echó un poco a la mesa, hizo una raya y la esnifó. 

––¿Quieres?

El muchacho apretó los puños y sacudió la cabeza. Él soltó una carcajada y se guardó la droga.

––Claro, tú tendrás otros vicios.

––Como todo el mundo ––dijo y empezó a manosear la carpeta––, pero ahora lo que quiero es hablarle de la fantástica oferta que…

––Dime una cosa: ¿Por qué trabajas en esto? 

––Porque gano cuatro mil dólares al mes ––Michael esparció, a toda prisa, unos folletos sobre la mesa.

––¿Y por esa miseria madrugas todos los días y molesta a cientos de personas? ––El hombre cogió su taza y le dio un sorbo––. A mí me pagan sesenta mil dólares cada vez que trabajo y, créeme, lo hago más de lo que me gustaría.

Michael levantó las cejas y le miró con una media sonrisa. Él se quedó en silencio unos segundos. Luego, señaló los panfletos y le dijo que continuara. 

El muchacho suspiró, aliviado, y empezó a relatar, con el máximo detalle, los viajes que la agencia Summitours ofrecía para un fin de semana. Cuatro destinos, de lo más pintorescos, El Caribe, Sidney, Egipto y Tailandia le esperaban por tan solo doscientos dólares, vuelo y alojamiento incluidos. 

––Lo único que tiene que hacer es elegir dónde quiere ir y Summitours se encargará de que su experiencia en el destino sea inolvidable. 

––Ya, eso está muy bien, pero…

––Sé lo que me va a decir, caballero: ¿cómo es posible que algo tan bueno cueste tan poco? Yo tampoco me lo creí cuando entré a trabajar aquí y me lo contaron, pero puedo enseñarle algunas de las opiniones de nuestros clientes para que vea que su satisfacción es totalmente sincera.

Michael sacó el móvil y le mostró la página de opiniones en la web de la agencia. El hombre asentía, con fingido interés, al tiempo que cogía la taza y bebía.

––Bueno, ¿qué me dice?, ¿a cuál de estos sitios de ensueño va a ir?

Él empezó a responder, pero, de nuevo, el comercial le interrumpió.

––Ah, y una cosa más: si lo desea, puede invitar a otra persona sin coste adicional alguno.  ¿Es o no es para decir sí ahora mismo? 

Michael dudaba que aquel hombre conociera a mucha gente. No había más que observar  dónde vivía en ese apartamento situado en el último piso de una calle por la que apenas pasaba nadie, excepto los fines de semana cuando los bares de la acera de enfrente se llenaban. 

A lo sumo sabría el nombre de otros hombres que frecuentaran el mismo bar que él o tendría el móvil de alguna mujer a la que llamaría, de vez en cuando. Sin embargo su trabajo le obligaba a mencionar todas las ventajas que la agencia ofrecía.

––Si fuera verdad, sería estupendo. Lo que ocurre es que yo ya he estado en todos estos sitios.

––Le prometo que es totalmente cierto, señor.

Michael comprimió los labios en una gran sonrisa.

––Le he ofrecido estos destinos porque son los más elegidos por la gente, pero si usted ya los ha visitado, no se preocupe; tenemos muchos más y por el mismo precio.

El chico guardó los folletos, sacó, de la carpeta, un catálogo y se lo dio. 

––Mire usted y elija el que quiera. Cualquier duda me pregunta.

Tras darle otro sorbo al café, que ya empezaba a estar templado, abrió la revista y empezó a pasar las hojas.

––¿Sabe? Ayer por la noche, estuve en uno de los bares de aquí abajo y justo esta mañana me avisa mi superior y me manda sustituir a un compañero en esta zona. Dígame si no es el destino que quería que nos conociéramos para que el próximo fin de semana esté usted disfrutando en alguno de estos lugares.

––Sí, hay que ver que cosas tiene la vida ––dijo y cerró el catálogo––, pero lo más seguro es que  mi jefe, el señor Enrico Bellucci, me ordene visitarle este fin de semana.

   
   En ese momento, los recuerdos de Michael le llevaron a la trastienda de aquel local en el Queens. La noche era cerrada y la única iluminación que había era una lámpara de pie que enfocaba a la mesa. A su alrededor cuatro hombres observaban sus cartas. Alguno, pensativo, se las acercaba al pecho. 

Michael dejó las suyas sobre la mesa, sonrió triunfante y acercó al centro todas las fichas que le quedaban. Los otros hombres le miraron atónitos y, enseguida, se retiraron. Sin embargo, uno de ellos, el que estaba sentado frente a él, también hizo all-in.

––Bien, descubramos cual de los dos ha perdido, por completo, la cabeza ––dijo Enrico Bellucci y soltó una carcajada. 

Michael se rio, también, y le dio la vuelta a sus cartas.

––Escalera de color a diamantes.

––Escalera real a tréboles.

El muchacho, pálido, sintió como se resquebrajaba por dentro. Durante unos segundos, dejó de escuchar las exclamaciones y elogios de los otros jugadores. Entonces, el señor Bellucci le sacó de su desconcierto.

––Buena partida, chaval, pero este juego es así. Dime ¿cómo me vas a devolver los doscientos mil dólares?

Michael tragó saliva y empezó a temblar, los puños apretados contra los muslos.

––Verá, señor… ahora mismo, no dispongo de tanto dinero. 

Enrico Bellucci se estiró las solapas de la americana.

––Pero hemos hecho un trato, ¿no? Yo te prestaba los doscientos mil dólares hasta que acabara la partida con la condición de que, si perdías, me los devolvieras. 

––Ya… señor… perdóneme, he apostado como un tonto; no he pensado, simplemente me he dejado llevar por mi intuición.

Michael empezó a llorar. El señor Bellucci sacudió la cabeza despacio.

––Tampoco es para ponerse así. Mira, vamos a hacer una cosa, te doy tres semanas para que me des mi puto dinero. ¿Me oyes? Tres semanas. 

Se levantó, le dio una palmada en la espalda y se dirigió a la salida, acompañado de los otros hombres.

––Nos veremos aquí, a la misma hora de hoy. Hasta pronto, chaval. 

   
   Michael regresó al salón. Varias lágrimas moteaban sus pómulos. 

––Parece que le conoces.

El hombre se había levantado y andaba hacia la mesa del ordenador. Michael le observó en silencio.

––¿Cuánto ha pasado ya desde que le tenías que devolver el dinero? Un mes, ¿no?

El corazón del chico empezó a retumbar en su pecho.

––¿Quién es usted? ¿Cómo sabe eso? ––dijo a trompicones.

Él cogió la notificación, que le había llegado la noche anterior, se acercó a Michael y se la dio. El muchacho clavó los ojos en su fotografía.

––Fíjate si será puta la vida y el trabajo que justo ayer por la noche, cuando tú estabas en un bar de aquí abajo, el señor Bellucci me ordenó asesinarte y esta mañana, por tener que sustituir a un compañero, has venido aquí. 

Michael le miró con el rostro desencajado.

––Le juro que se lo iba a devolver ––Con el llanto apenas se le entendía––. No me mate, por favor, deme un poco más de tiempo.

Él suspiró y dijo:

––Lo siento, es mi trabajo.

Sacó una pistola, del bolsillo interior de la bata, y le disparó en la cabeza.

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