sábado, 9 de septiembre de 2017

Proceso de Selección

   Una mañana de otoño, Celia se dirigía al metro de Opañel. A su paso las hojas, que coloreaban la acera de naranjas y rojos, bailaban en el aire. Se detuvo, un instante, y se puso la chaqueta que llevaba colgada del brazo.

Entonces, el móvil empezó a vibrar dentro del bolso.

––¿Sí, dígame?

––Hola, buenos días ––dijo una mujer––, Celia, ¿por favor?

––Sí, soy yo.

––Mira mi nombre es Vanesa. Te llamo porque hace un año te inscribiste en un proceso de selección con Selectiva y hoy vamos a realizar la segunda parte de ese proceso.

Ella se quedó callada. ¿De qué le estaba hablando?

––Estamos en un colegio cerca de Opañel. No sé cómo te pillará para venir ahora al examen.

––Me viene bien ––dijo despacio––, dígame la dirección.

Celia la memorizó y la buscó en el Google Maps. Estaba a unos trescientos metros, solo había que subir esa calle. Sin embargo en el mapa ese colegio aparecía como abandonado.

Curiosa se acercó hasta allí. Subió los escalones de la entrada y se asomó a través del cristal de la puerta. Oscuro y desangelado un largo pasillo conducía a varias aulas. Celia se estremeció y empezó a alejarse.

De repente, un chirrido la detuvo. Se giró despacio y clavó los ojos en la puerta. ¿Cómo se había abierto? Apretó los puños y se quedó inmóvil. En ese instante, las luces del pasillo se encendieron y una mujer surgió en el umbral.

––Tú debes de ser Celia, ¿verdad?

Ella tragó saliva y asintió.

––Encantada de conocerte, yo soy Vanesa. Pasa, eres la única que falta.

Celia miró a un lado y a otro y entró. Siguió a la mujer hasta una de las aulas y se sentó en el pupitre que quedaba libre. Saludó, en voz baja, a la gente de su alrededor, pero nadie respondió; toda la atención estaba puesta en la chica de recursos humanos que escribía algo en la pizarra.

––Bien, ahí tenéis los horarios que ofrece la empresa y el sueldo según las horas que trabajéis.

¿A qué empresa se refer´´ia?  Celia hizo ademán de levantar la mano, sin embargo a medio camino la bajó y se preguntó por qué parecía ser la única que no lo sabía. 

––Ahora, sacar los test que os dimos en el otro proceso de selección. Tenéis noventa minutos para entregarlo.

La gente los sacó de las mochilas y empezó a tachar casillas. Ella se puso de pie y, con timidez, se dirigió a la puerta.

––¿Dónde vas? ––dijo Vanesa––. ¿Has terminado ya el examen?

––No, es que no lo tengo.

––Bueno, mujer, pues haberlo dicho.

La chica buscó en una carpeta y le dio uno. Celia empezó a negar con las manos.

––No se preocupe, de verdad, si es que no estoy interesada en el trabajo.

––Pero por hacerlo no pierdes nada. Esta prueba es selectiva y de los treinta que sois elegiremos a los diez con mejor calificación.

––Ya, pero es que no me interesa. Muchas gracias.

Celia se dio la vuelta y salió. Las luces se apagaron. Desconcertada sacó el móvil y alumbró el camino hacia la salida, pero la puerta estaba cerrada. Intentó forzar el picaporte. Entonces, alguien la agarró del hombro. Ella, sobresaltada, soltó el teléfono y se apartó. La figura de un hombre se adivinaba en la oscuridad.

––Así que quieres marcharte sin terminar el proceso.

Celia no respondió. 

––Me temo que no va a ser posible. Ven conmigo, te acompañaré de vuelta al aula.

El hombre la cogió del brazo con fuerza. Ella le pegó una patada en la espinilla y huyó por el pasillo hacia la derecha. Se tropezó con unas escaleras y se quedó de rodillas, la respiración entrecortada.

Aguardó unos segundos. Sus suspiros eran los únicos que hablaban en el silencio. Miró hacia atrás. Volver a la puerta era una opción, pero ¿y si la estaba esperando? 
Celia negó con la cabeza, se levantó y, de puntillas, subió las escaleras. 

Otro largo y negro pasillo se deslizaba bajo sus pies. Pegada a la pared empezó a recorrerlo despacio. Sin embargo una especie de gruñidos le hicieron detenerse. 

––Haz el examen, Celia ––dijeron varias voces.

Ella se puso rígida. ¿Quiénes eran? ¿Cómo sabían su nombre?

––Haz el examen, Celia.

Aquellos desconocidos empezaron a andar hacia ella sin dejar de repetir esa frase. Celia retrocedió en silencio. Cada vez estaban más cerca. Sus voces arrastradas le erizaban el vello de los brazos. Siguió retrocediendo. Al llegar al borde de las escaleras, se arrimó a la pared y, con cuidado, abrió el bolso.

Sacó el abono transporte, se lo guardó en el bolsillo del vaquero y lanzó el bolso al piso de abajo. Ellos pasaron por su lado, casi rozándole, y se perdieron en las tinieblas. Celia se llevó una mano al pecho, respiró hondo y avanzó hasta la otra esquina. Entonces, en la pared de enfrente vislumbró una clase abierta...


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