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Premonición

Una extraña sensación le recorrió. Al principio, pensó que era el tacto de los pétalos; las flores del jardín con aquella textura de papel ...

lunes, 5 de junio de 2017

De Dioses y Hombres (II)

Los egipcios estallaron en aplausos hipnotizados por la sonrisa del rey caído del cielo. Pablo se quedó inmóvil; un frío desgarrador le recorrió por las venas, rápido, como un destello. Entonces, comprendió que aquello no era una simple visión producida por las drogas. 

––Agradezco mucho vuestro entusiasmo.

De repente, el alboroto dejó de cortar el aire.

––Desde antes de conoceros, supe que vosotros, pueblo de Mitzráyim, debíais ser los elegidos para esta misión. Los elegidos para conocer la verdad y evolucionar hacia un mundo de riqueza y progreso.

Sus grandes ojos reflejaban con orgullo el holograma de la pirámide. 

––Hablas de libertad cuando tu único propósito es que todas estas personas, que vivían aquí cultivando sus tierras, trabajen para ti.

Todos se giraron atónitos hacia Pablo. Dyeser, sin perder la sonrisa, le hizo señas para que se acercara.

––Nada más lejos de mi intención está en hacer esclavos. Yo solo he pedido algo de ayuda a cambio de una recompensa, ¿o es que acaso no es así cómo funciona el mundo?

Pablo le miró pensativo y asintió. Era cierto, al menos el motor de su vida se basaba en eso; solo que la recompensa era el sueldo. Aclarado el asunto el rey le mandó que volviera a su grupo. Luego le susurró algo al ser que llevaba a su hija y este regresó a la nave con ella.

Segundos después, apareció al lado del rey con las manos vacías. Se llevó un dedo a la sien y cuando se quisieron dar cuenta estaban rodeados de aquellas gigantescas máquinas que habían transportado.

Dyeser señaló al cielo. Tres estrellas parecían proteger a las demás con su esplendor: Alnilam, Mintaka y Alnitak las más importantes del Cinturón de Orión en cuya constelación se hallaba su planeta.

Su deseo era que la cúspide de la pirámide apuntara a Mintaka, en honor a su hija, para que desde su estrella pudiese encontrarles al mirar a La Tierra.

––¿Y cómo sabremos que señala a esa estrella? ––dijo una egipcia.

El rey dibujó una línea vertical en el aire y, de repente, una gran cuerda de luz trepó desde la arena hasta Mintaka. Las exclamaciones de sorpresa volvieron a salir de sus bocas. Pablo, que también estaba boquiabierto, echó la cabeza hacia atrás y contempló como el haz de luz se estrechaba a medida que subía por la cortina celeste. 

Una vez tomada la referencia, Dyeser organizó los grupos. Uno serviría para aprender a manejar la maquinaria; el otro, en el que estaba Pablo, se encargaría de buscar una cantera donde picar los bloques que conformarían la pirámide. 

Sin embargo la más cercana se encontraba en la ciudad de Asuán, al sur de Mitzráyim, y para llegar a ella debían recorrer, al menos, ochocientos kilómetros. 

––Nos estáis pidiendo un imposible ––dijo un egipcio––. Ninguno sobreviviremos si andamos ese camino. 

––No es tan largo como parece si tenéis el medio de transporte adecuado.

Ellos le miraron confusos. El rey dio una palmada y, de repente, una de sus naves aterrizó detrás de él. 

––No querrás que conduzcamos eso, ¿verdad?

Dyeser sacudió la cabeza al tiempo que mostraba su sonrisa afilada.

––Veo que te resulta difícil estar callado.

Pablo tragó saliva.

––Cuando algo no me convence, pregunto, eso es todo.

––¿Y cuántas cosas te convencen en tu día a día?

La respiración de Pablo empezó a acelerarse. No sabía cómo responder y, nervioso, apartó la mirada. El rey, que ahora sonreía con suficiencia, les pidió que se cogieran de las manos. Luego se acercó a Pablo y le puso un dedo en la frente. Una fuerte sacudida atravesó su cabeza y las del resto.

––Ya estáis preparados para partir.

Dyeser llamó a tres de los seres y en un instante aparecieron a su lado.

––Mis soldados pilotarán la nave hasta la ciudad de Asuán. Allí os explicarán cómo usar el conocimiento que os he transferido––El rey levantó las manos––. Id y cumplir con éxito esta misión.

Tras hacerle una reverencia, los soldados ordenaron al grupo que subiera a la nave. Ellos tomaron los controles y en menos de cualquier tiempo existente en La Tierra llegaron a su destino. 

   
   La cantera se intuía como una sombra que se elevaba majestuosa ante ellos. Uno de los seres creó con sus manos unas bolas luminosas y las dirigió a lo alto de la cantera. Su superficie irregular estaba salpicada por la pintura de miles de brochas. 

Todos se quedaron inmóviles, la mirada perdida en la abrupta roca. Entonces, la voz de un soldado les hizo girarse sobresaltados. A los pies de cada uno había algo parecido a una pistola y a su alrededor, unos recipientes de cristal enormes. 

Los egipcios se echaron hacia atrás desconfiados. Pablo, en cambio, se agachó y la cogió. Era como el arma alienígena de una película, aunque en realidad se trataba de un taladro eléctrico con broca de rayos x. 

––¿Y eso?

Pablo señaló a los recipientes.

––Moldes para fundir roca ––dijo uno de los seres.

––Pero, ¿cómo vamos a meter las piedras ahí?

El ser le quitó el taladro y disparó a la cantera. Se acercó a las rocas que se habían desprendido y las transportó con la mente hasta uno de los recipientes. La base se tornó del color de la lava y las convirtió en líquido. 

Sin más explicación los soldados les ordenaron empezar y, durante toda la noche, Pablo y los egipcios taladraron la cantera para que ellos transportaran las rocas hasta los moldes. 

   
   El despertar del sol empezó a arroparles en un cálido abrazo. Agotados muchos cerraron los ojos. Pensaban que habían acabado, pero aún faltaba sacar los bloques de los recipientes.

Al lado de cada molde un soldado hizo aparecer una plataforma metálica, con enormes cadenas encima, que se elevaba y descendía por si sola. Eligió a los hombres más fuertes y les ordenó engancharlas a las argollas clavadas en la parte superior de cada uno. 

Luego subieron a la nave y tiraron de las cadenas hacia arriba, mientras el resto se encargaba de golpear con palos los recipientes. De ese modo consiguieron sacar más de mil bloques perfectos y alineados. 

––Estáis haciendo una labor increíble ––dijo un ser––. Ahora queda lo último: meter los bloques en la nave.

Horrorizados les suplicaron que les dejaran descansar. Llevaban sin dormir muchas horas y, aunque quisieran, no podían sacar más fuerzas. No obstante eso no les sirvió de excusa y como castigo retorcieron, con la mente, las manos de algunos hasta que se partieron.

––¡Piedad, por favor! ––dijo una mujer llorando––. Haremos todo cuanto ordenéis.

Los soldados se detuvieron. Sus labios, antes apretados, sonreían complacidos. Cogieron aire y se embriagaron de aquel ambiente que olía a dolor. Después, les ordenaron que pusieran las manos en los bloques y ellos, con el terror resbalando en silencio por sus rostros, obedecieron. 

De repente, una descarga les recorrió los brazos y las piedras se redujeron hasta alcanzar el tamaño de un Cubo de Rubik. Entonces, descubrieron que ese era el conocimiento que el rey les había concedido. 

   
   Poder que, en seguida, se convirtió en una maldición que les tendría atados a los caprichos de aquellos seres durante más de veinte años. El miedo y la tristeza invadió al pueblo de Mitzráyim que, día tras día, veía como sus cosechas se echaban a perder; como muchos de sus seres queridos enfermaban y morían y no podían, ni siquiera, dedicarles una oración. La única razón de sus vidas era la construcción de la pirámide.

Las pocas horas que tenían de descanso, Pablo las aprovechaba para sentarse a la orilla del Nilo y ver en la superficie de espejo los instantes de su vida en otro tiempo ya muy lejano. Recuerdos llenos de nostalgia que, a veces, se le representaban difusos, como si nunca hubieran existido.

La esperanza de regresar a su época hacía mucho que la había tirado al agua. Al principio fue duro, luego se dio cuenta de que poco importaba estar en la suya o en esa; en cualquiera de las dos su existencia y la de todos se basaba en ser una pieza más de aquella enorme rueda llamada Mundo.


   Detrás de cada bloque de la pirámide había miles de historias, de momentos. La mayoría eran oscuros, amargos, pero también los había de ilusión y sabiduría. Durante su construcción, Dyeser se proclamó rey de Mitzráyim y les prohibió dejar constancia de la relación que había existido entre ellos. No obstante los más intrépidos dibujaron ese secreto en algunos rincones de las cámaras que la pirámide tenía por dentro. 

Jeroglíficos que solo podría ver el alma de Mintaka cuyo cuerpo fue transportado mentalmente a la cámara número once por su padre la noche en que la estrella, que hacía honor a su nombre, lanzó un rayo de luz a la cúspide. 


   Pablo estaba en Carpetana de nuevo. Confuso se agachó a coger la cartera y sacó el móvil. Era quince de septiembre de dos mil diecisiete. Había regresado al mismo día, al mismo momento en el que su vida se había quedado hacía veinte años. 

En ese instante, el metro entró en la estación. Él se quedó inmóvil, mientras la gente se atropellaba para entrar, hipnotizado por la publicidad de una marquesina. En la imagen aparecía una chica tapándose un ojo y enseñando en el dorso de la mano el tatuaje de una pirámide. 

Entonces, decidió marcharse a casa. Ese día no iría a trabajar y no sabía si al siguiente volvería.

6 comentarios:

  1. Se te da muy bien eso de la ciencia ficción ¡Felicidades y que tengas un buen día!

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    1. Muchas gracias amigo, este género y el terror son mis favoritos.Un abrazo y feliz noche.

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  2. ¿Qué? ¿Era sólo un sueño? ¿Una regresión? Aaaaaaah, qué pena. Yo querían que torturaran a Pablo... ¡Ja, ja, ja, ja!

    Este final me hizo recordar aquellas historias paranormales de gente que viajaba a otras épocas, tanto en hacia el pasado, como en el futuro. Hay una que recuerdo los detalles, pero no recuerdo el nombre del protagonista; fue un aristócrata que un día se marchó y, cuando volvió a su castillo, lo encontró convertido en una especie de monasterio. Al preguntarle a los monjes, dijeron que su dueño anterior había desaparecido hace casi un siglo y lo habían dado por muerto. Sin poder creer lo que sucedía y debido a que nadie le creía, se convirtió en un monje y vivió en lo que era su residencia hasta su muerte. En el epitafio de su tumba, dejaba claro que él era el dueño de ese lugar. Tampoco recuerdo el lugar exacto donde sucedía la historia, supongo que en el Europa del Este... es que hace ya muchos años que la oí. Ja, ja, ja.

    Ahora sólo falta que los arqueólogos encuentren en la pirámide una inscripción que diga: "Pablo estuvo aquí." Ja, ja, ja, ja.

    Lindo cuento, lástima que fue corto. :-( ¡Saludos!

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    1. Jajajaja, yo escuché una historia así pero de un caso de reencarnación o algo así de un niño que decía de repente que se llamaba de otra forma y que había nacido hacía mucho tiempo y luego resultaba que de quien hablaba había existido. Un caso raro, jajaja, en el próximo torturo más al protagonista que en este es verdad que sufre poco. Muchas gracias por tu comentario amigo,un abrazo y feliz noche.

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  3. Interesante amiga, solo puedo agregar. ¡Muchas Felicidades!, siempre mis mejores deseos (que así sea)

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    1. Muchas gracias por leerme y por tu opinión amigo, me alegro que te haya gustado. Feliz noche.

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