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miércoles, 22 de febrero de 2017

Culpable por sorteo

Me despierto sobresaltado; tengo la sensación de haber sido víctima de un mal sueño durante muchas horas. Sin embargo cuando miro a mi alrededor me doy cuenta de que no estoy en mi cuarto. Estoy en una especie de cabina custodiada por una puerta de hierro y amueblada solo con una cama de la que se me salen las piernas. 

¿Acaso sigo soñando? Me incorporo y me restriego los ojos con las manos. Los abro de nuevo, veo la puerta metálica. Entonces, la angustia empieza a invadirme, a recorrerme cada extremidad. 

Como puedo, pues las piernas no dejan de temblarme, me acerco a la puerta y la aporreo con todas mis fuerzas. Grito, pido ayuda, pero mis palabras se quedan encerradas aquí. Es como si este lugar frustrara mis intentos de conseguir que alguien me oiga.

Después de un rato, mi voz se inunda en lágrimas y los golpes pierden el sentido. Que final más cruel, podrido aquí dentro sin saber qué he hecho ni qué ha pasado. Vuelvo a sentarme en la cama, respiro hondo y pego las rodillas al pecho.

De repente, la puerta se abre y delante de mí aparece un hombre con la cara oculta por una braga. Lo primero que hago es sobresaltarme. Luego, le pregunto quién es, qué hace ahí, pero él solo me agarra de un brazo y me lleva por un angosto pasillo. 

Mi terror va aumentando a cada paso, creo que voy a orinarme encima. ¿Dónde me está llevando este hombre? Tengo tanto miedo que no me atrevo ni a respirar. Incluso los suspiros de mi llanto se han quedado mudos. 

Por fin nos detenemos, estamos frente a una puerta igual que la de antes. Sin soltarme la abre y me arrastra a una sala con una mesa y dos sillas en el centro. Me sienta en una y se marcha.

Yo me quedo inmóvil, recto, mirando fijamente la mesa. Entonces, una luz en la pared llama mi atención. Como un proyector de cine empiezan a aparecer imágenes. Secuencias de personas desangradas, heridas, arrastrándose por el suelo de una tienda de ropa. 

De pronto, el escenario cambia totalmente y se ve la entrada de un centro comercial y a un hombre, cubierto con un pasamontañas y armado, entrar y disparar a quien se le pone por delante.

Toda la pantalla se convierte en una estampida, en intentos de escapar en vano, en súplicas que consiguen helarme el estómago. ¿Quién está poniendo esto? Aparto los ojos de la pantalla e inspecciono la habitación. Seguro que hay alguna cámara. Sin embargo por más que busco estas cuatro paredes solo esconden la mesa y las sillas donde estoy sentado. 

Mientras tanto, las imágenes cambian, de nuevo, y aparece un canal de noticias. Como era de esperar, el crimen cometido, la tarde anterior, por ese chico encabeza el programa, pero lo que nunca habría imaginado era que se me hiciera a mí responsable de esa barbaridad. 

Cuando veo mi foto en el centro de la pantalla, me quedo paralizado. ¿Por qué me quieren culpar? ¿En qué se basan para hacerlo? Si ayer por la tarde, yo estaba… no me acuerdo, no sé dónde estaba ni qué hice, pero lo juro, yo no he matado a esas personas, nunca sería capaz de hacer algo así.

En este momento, la voz del periodista capta mi atención y fijo la vista, otra vez, en la pantalla. En lugar de mi foto ahora el canal está mostrándole al mundo mi página de Facebook donde aparecen cientos de estados míos amenazando a los que fueran a comprar a aquel centro comercial. Pensamientos que, de verdad, no he escrito en mi vida, cualquiera que me conozca lo sabe, sin embargo al decirlo en la tele no sé si seguirán pensando lo mismo. 

El agobio y la ansiedad empiezan a invadirme, siento el corazón golpear como un bombo mi pecho. Si pudiera contactar con alguien y explicarle que esto es un error… pero no tengo el móvil, tan solo tengo la impotencia de no poder hacer nada, de esperar aquí encerrado hasta que decidan qué hacer conmigo.   

Al cabo de un rato, la puerta se abre y veo al hombre de antes acompañado de otro, con la cara oculta también por una braga.  Sin darme tiempo a reaccionar, se acercan a mí, me ponen unas esposas y me llevan fuera.

       –¡Soltarme, por favor, soy inocente!

       –Lo sabemos, pero alguien tiene que pagar por lo que ha pasado – dice uno.

Yo me paro en seco y les miro atónito. 
     
       –¿Y por qué tengo que ser yo?
      
       –Porque te ha tocado.