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Un malentendido

De fondo en la tormenta sus tacones se escuchaban. Entró en la habitación. El pelo detrás de las orejas dejaba ver dos diamantes. Le dio un...

lunes, 16 de octubre de 2017

Viaje hacia un recuerdo

   Marcos soltó el mando de la Play Station 4 y clavó los ojos en sus manos que, poco a poco, se pintaban de gris. Se levantó del sofá y corrió al baño a lavarse. Sin embargo, al intentar abrir el grifo, lo atravesó.

El pequeño empezó a llorar. ¿Qué le estaba pasando? El gris ya cubría sus manos y avanzaba por el resto del cuerpo. Entonces, una niña surgió en el pasillo. Una niña que había visto en fotos, muchas veces, y que ahora llamaba mamá.

Marcos se quedó atónito. Ella hizo un solo de batería con una caja de detergente y se marchó. Él la siguió; la incertidumbre se había convertido en curiosidad.

La niña entró en su habitación, se subió a la cama y siguió tocando. Su entusiasmo pronto consiguió que algo dentro de Marcos vibrase. ¿Por qué mamá nunca jugaba con él así? 

   
   Sentado en el sofá Marcos sujetaba el mando de la consola. Su piel volvía a ser vainilla y los tacones de mamá se escuchaban por el pasillo. Él suspiró y salió a buscarla. La llevó a la cocina, sacó una caja de detergente, del armario, y empezó a tocar el tambor. 

Entonces, ella sonrió, se sentó a su lado y acompañó a su hijo con aquella melodía que, durante mucho tiempo, había estado escondida en su recuerdo. 

sábado, 9 de septiembre de 2017

Proceso de Selección

   Una mañana de otoño, Celia se dirigía al metro de Opañel. A su paso las hojas, que coloreaban la acera de naranjas y rojos, bailaban en el aire. Se detuvo, un instante, y se puso la chaqueta que llevaba colgada del brazo.

Entonces, el móvil empezó a vibrar dentro del bolso.

––¿Sí, dígame?

––Hola, buenos días ––dijo una mujer––, Celia, ¿por favor?

––Sí, soy yo.

––Mira mi nombre es Vanesa. Te llamo porque hace un año te inscribiste en un proceso de selección con Selectiva y hoy vamos a realizar la segunda parte de ese proceso.

Ella se quedó callada. ¿De qué le estaba hablando?

––Estamos en un colegio cerca de Opañel. No sé cómo te pillará para venir ahora al examen.

––Me viene bien ––dijo despacio––, dígame la dirección.

Celia la memorizó y la buscó en el Google Maps. Estaba a unos trescientos metros, solo había que subir esa calle. Sin embargo en el mapa ese colegio aparecía como abandonado.

Curiosa se acercó hasta allí. Subió los escalones de la entrada y se asomó a través del cristal de la puerta. Oscuro y desangelado un largo pasillo conducía a varias aulas. Celia se estremeció y empezó a alejarse.

De repente, un chirrido la detuvo. Se giró despacio y clavó los ojos en la puerta. ¿Cómo se había abierto? Apretó los puños y se quedó inmóvil. En ese instante, las luces del pasillo se encendieron y una mujer surgió en el umbral.

––Tú debes de ser Celia, ¿verdad?

Ella tragó saliva y asintió.

––Encantada de conocerte, yo soy Vanesa. Pasa, eres la única que falta.

Celia miró a un lado y a otro y entró. Siguió a la mujer hasta una de las aulas y se sentó en el pupitre que quedaba libre. Saludó, en voz baja, a la gente de su alrededor, pero nadie respondió; toda la atención estaba puesta en la chica de recursos humanos que escribía algo en la pizarra.

––Bien, ahí tenéis los horarios que ofrece la empresa y el sueldo según las horas que trabajéis.

¿A qué empresa se refer´´ia?  Celia hizo ademán de levantar la mano, sin embargo a medio camino la bajó y se preguntó por qué parecía ser la única que no lo sabía. 

––Ahora, sacar los test que os dimos en el otro proceso de selección. Tenéis noventa minutos para entregarlo.

La gente los sacó de las mochilas y empezó a tachar casillas. Ella se puso de pie y, con timidez, se dirigió a la puerta.

––¿Dónde vas? ––dijo Vanesa––. ¿Has terminado ya el examen?

––No, es que no lo tengo.

––Bueno, mujer, pues haberlo dicho.

La chica buscó en una carpeta y le dio uno. Celia empezó a negar con las manos.

––No se preocupe, de verdad, si es que no estoy interesada en el trabajo.

––Pero por hacerlo no pierdes nada. Esta prueba es selectiva y de los treinta que sois elegiremos a los diez con mejor calificación.

––Ya, pero es que no me interesa. Muchas gracias.

Celia se dio la vuelta y salió. Las luces se apagaron. Desconcertada sacó el móvil y alumbró el camino hacia la salida, pero la puerta estaba cerrada. Intentó forzar el picaporte. Entonces, alguien la agarró del hombro. Ella, sobresaltada, soltó el teléfono y se apartó. La figura de un hombre se adivinaba en la oscuridad.

––Así que quieres marcharte sin terminar el proceso.

Celia no respondió. 

––Me temo que no va a ser posible. Ven conmigo, te acompañaré de vuelta al aula.

El hombre la cogió del brazo con fuerza. Ella le pegó una patada en la espinilla y huyó por el pasillo hacia la derecha. Se tropezó con unas escaleras y se quedó de rodillas, la respiración entrecortada.

Aguardó unos segundos. Sus suspiros eran los únicos que hablaban en el silencio. Miró hacia atrás. Volver a la puerta era una opción, pero ¿y si la estaba esperando? 
Celia negó con la cabeza, se levantó y, de puntillas, subió las escaleras. 

Otro largo y negro pasillo se deslizaba bajo sus pies. Pegada a la pared empezó a recorrerlo despacio. Sin embargo una especie de gruñidos le hicieron detenerse. 

––Haz el examen, Celia ––dijeron varias voces.

Ella se puso rígida. ¿Quiénes eran? ¿Cómo sabían su nombre?

––Haz el examen, Celia.

Aquellos desconocidos empezaron a andar hacia ella sin dejar de repetir esa frase. Celia retrocedió en silencio. Cada vez estaban más cerca. Sus voces arrastradas le erizaban el vello de los brazos. Siguió retrocediendo. Al llegar al borde de las escaleras, se arrimó a la pared y, con cuidado, abrió el bolso.

Sacó el abono transporte, se lo guardó en el bolsillo del vaquero y lanzó el bolso al piso de abajo. Ellos pasaron por su lado, casi rozándole, y se perdieron en las tinieblas. Celia se llevó una mano al pecho, respiró hondo y avanzó hasta la otra esquina. Entonces, en la pared de enfrente vislumbró una clase abierta. 

Despacio se acercó a la puerta, los puños apretados. Una rendija de luz que conseguía colarse de una ventana dejaba ver las sombras de los pupitres. Celia pulsó el interruptor, pero no funcionaba.

Con pasos indecisos recorrió el aula. Un fuerte olor a metal cargaba la atmósfera. Subió, un poco, las persianas. Enganchadas a las patas de las sillas había unas cadenas. Celia se agachó, cogió una y la examinó inquieta.

De repente, las luces se encendieron. Unas voces parecían acercarse. Soltó la cadena y se escondió en un armario empotrado colocado al final de la clase. Los extraños de antes aparecieron acompañados de Vanesa y del hombre que había querido atraparla en la salida. Les sentaron y les esposaron los tobillos.

––¿Ya están todos? ––dijo Vanesa.

Él asintió.

––¿Y la chica?

––Ni idea, pero tranquila aparecerá tarde o temprano.

––No podemos dejar que escape. Es la única que falta para completar la lista de este año.

Celia frunció el ceño. El hombre volvió a asentir, sacó una jeringuilla del pantalón y empezó a pinchar en el brazo a los chavales. Entonces, un grito se ahogó en sus labios al tiempo que observaba, a través de las ranuras, como se iban desplomando encima de los pupitres. 

––Perfecto, vámonos ––dijo Vanesa.

Poco a poco sus voces se fueron disipando. Ella aguardó unos minutos, salió y corrió hacia los chicos. Para su alivio todos respiraban, aunque la mayoría lo hacía con dificultad por los espumarajos que les salían de las bocas.

Celia les incorporó con cuidado, siempre atenta a la puerta, y con la chaqueta les limpió la cara. Cada uno llevaba una acreditación con su nombre sujeta con un imperdible a la camiseta y un pinganillo en la oreja. 

Extrañada se lo quitó a una chica y se lo acercó al oído. Como un bucle sonaba la frase que habían dicho antes. Algunos aún la repetían atontados.

––Haz el examen, Celia. Haz el examen, Celia…

Ella intentó que volvieran en sí, que la escucharan, pero fue inútil. La sustancia que les habían administrado avanzaba, por sus organismos, a una velocidad incontrolada y sin remedio se iban quedando en trance.

La única solución era llevarles a un hospital, pero ¿cómo iba a sacarles de allí? Celia empezó a sentir un nudo en el pecho. Se sentó en el suelo, agachó la cabeza y respiró hondo varias veces. 

Cuando se tranquilizó un poco, se dirigió a la mesa del profesor y buscó en los cajones alguna llave que sirviera para abrir los candados. Entonces, al fondo de uno, un archivador llamó su atención.

Parecían los expedientes de un colegio. Desde dos mil trece, cada compartimento guardaba las fichas de varias personas. Ella volcó la carpeta sobre la mesa y empezó a curiosear. En todas las fichas estaba escrita la palabra “huérfano”. 

Celia se estremeció; ¿acaso sabían que ella también lo era? ¿La querrían por eso? Durante un rato, se quedó pensativa, la mirada clavada en los chavales. Luego, guardó las fichas, cogió el archivador y salió del aula. 

De repente, Vanesa y su ayudante se abalanzaron sobre ella y la tiraron al suelo. Celia forcejeó mientras él intentaba clavarle la jeringuilla. Le mordió el brazo con saña, se la quitó y se la hundió a ambos en el cuello. 

Ellos pegaron un alarido y se desmayaron. Celia se apartó, varias lágrimas mojaban sus mejillas. Colgadas del cinturón él llevaba unas llaves. Entonces, Celia volvi´o la vista hacia la clase y sonrió. 

lunes, 3 de julio de 2017

La Granja Roja

   La noche se había ido a dormir y los primeros rayos del sol empezaban a ribetear las nubes. Michelle detuvo la caravana en el arcén, se restregó los ojos y avisó a Alyson. 

La joven se desperezó y se quedó absorta mirando la recta de asfalto que parecía extenderse cada vez más y no tener fin. Resopló, le cambió el asiento y arrancó. El ruido del motor arrullaba a su amiga que, de vez en cuando, arrugaba la nariz para luego dar paso a una pequeña sonrisa.

   Durante varias horas, la carretera fue un circuito solitario, algo que a Alyson le resultaba realmente tedioso. A media mañana, se cruzó con un coche, pero enseguida lo perdió de vista y la monotonía volvió a invadirla.

Entonces, una casa a lo lejos llamó su atención. Apretó el acelerador y se dirigió a ella. Estaba en medio de la nada, casi pegada al arcén, rodeada por una gran hectárea de campo.

Michelle se sobresaltó al escuchar la puerta cerrarse. Alyson se había bajado y caminaba hacia esa casa de paredes pintadas a trozos de rojo. 

––¿Qué haces tía?

––Ahora vuelvo, voy a ver si vive alguien ahí y le pregunto si hay por aquí cerca algún hostal que estoy hasta los huevos de conducir. 

Michelle comprobó la guantera. Estaba vacía. Suspiró y corrió a su lado.

––¿Y quién va a vivir ahí tía? Esto seguro que está abandonado. 

Alyson se detuvo delante de la puerta y señaló la tierra que rodeaba la casa. Una tierra con tempero, preparada para la siembra. Su amiga la miró no muy convencida, pero ella no le hizo caso y llamó al timbre.

Unos pasos se arrastraron despacio hasta la puerta y una mujer apareció delante de ellas. 

––Buenos días, señora, ¿sabría usted, por casualidad, si hay por aquí algún sitio donde hospedarnos y descansar?

La mujer se quedó pensativa.

––Si no me falla la memoria, creo que había una pensión siguiendo esta carretera a cuarenta kilómetros.

Alyson echó la cabeza hacia atrás y resopló. 

––Bueno, pues vámonos entonces a ver si podemos llegar antes de cenar. ––dijo Michelle––. Muchas gracias, señora, ha sido muy amable.

La joven empezó a dirigirse a la caravana, pero entonces se dio cuenta de que Alyson no la acompañaba.

––Tu amiga parece cansada y tú también, ¿por qué no os quedáis aquí un rato, coméis y luego por la tarde os vais a donde sea?

Sin pensarlo Alyson entró en la casa. Michelle se tensó. Odiaba esos impulsos que tenía, la confianza de que todo iba a salir bien siempre y, sobre todo, detestaba que la arrastrara a todas sus locuras, como hacer ese maldito viaje.

La señora las guio hasta un comedor cuyas paredes estaban formadas por troncos, les ofreció asiento y se marchó. Al cabo de un minuto regresó con un bizcocho y dos platos. Les sirvió un trozo y se sentó con ellas.

––Para comer he preparado guisado de conejo a la sidra.

––No se preocupe, de verdad ––dijo Michelle con la boca llena, ––nos comemos esto y nos vamos.

––¿Y esa prisa a que se debe?

Ella empezó a titubear. La lengua se le hizo un nudo y acabó tirando el trozo de bizcocho que le quedaba. Alyson y la mujer estallaron en carcajadas. Michelle empezó a arañarse los muslos.

––Uy, que nerviosa eres, ¿no?

––No, bueno, es que no quiero que molestemos.

La mujer sonrió y le partió otra porción de dulce.

––No molestáis, bonita, al contrario, estamos tan solos aquí que cuando viene alguien nos hace las personas más felices del mundo.

––¿Vive con alguien más? ––dijo Alyson.

En ese momento, una voz masculina interrumpió en la cocina. La mujer se levantó y volvió acompañada de su marido. Las jóvenes se presentaron, él las saludó con una inclinación de cabeza y volvió a marcharse. 

   Cuando llegó la hora de comer, salieron a la parte trasera. Allí la fachada apenas estaba cubierta por unas pinceladas rojas mal dadas. 

Mientras la señora servía la comida en una mesa de picnic, el hombre les enseñó una jaula de conejos y un manzano. El rojo de las frutas dibujaba un cuadro de lunares sobre el mantel de las hojas. Arrancó cuatro y se sentaron.

––Bueno, ¿y qué os ha traído por aquí? ––dijo el hombre.

Alyson les contó la aventura que habían emprendido: recorrer Estados Unidos en caravana. 

––Pero llevamos casi dos días conduciendo y esta carretera es interminable. Por eso buscábamos algún hostal.

––Si queréis, podéis quedaros aquí.

Michelle suspir´o tranquila cuando su amiga, agradecida, declin´o la invitaci´on. Sin embargo al fijarse en las miradas de tristeza que intercambiaba el matrimonio no pudo evitar sentir empatía por ellos.

––¿Han vivido siempre aquí tan lejos de todo? ––dijo Michelle.

Ellos se rieron al tiempo que asentían. Esa granja había sido el regalo de bodas de los padres de ella y desde hacía cuarenta y cinco años era su hogar.

––¿Y tienen hijos?

––Oh, sí, tenemos cinco ––dijo la mujer––, pero cuando fueron cumpliendo la mayoría de edad se marcharon a las ciudades y vienen poco a visitarnos.

––Sí y desde que cumplieron los dieciocho han pasado ya unos cuantos años ––El hombre volvió a reírse. 

   De postre la mujer sacó el bizcocho para que lo acompañaran con las manzanas. Ellos solo comieron un poco de fruta y lo que sobró el hombre se lo llevó a los conejos. 

Durante horas, conversaron y disfrutaron del aire que les soplaba detrás del cuello; de aquel olor a naturaleza. Estar allí era como el paraíso. Alyson y Michelle se recostaron en las sillas y miraron al cielo. 

––Y aparte de viajar, ¿os dedicáis a algo? ––dijo el hombre.

––Estudiamos geografía en la universidad ––dijo Alyson––. Ahora estamos de vacaciones.

––Eso est´a muy bien ––dijo la mujer––. Hay que sacar tiempo para descansar, no como nosotros que entre la granja y el otro trabajo no podemos ni  rascarnos. 

––¿A qué más se dedican? ––dijo Michelle.

––A pintar la casa.

Las chicas miraron la fachada y se encogieron de hombros.

––Es que conseguir esa pintura es complicado ––dijo el hombre––. Hay épocas que tenemos que esperar meses y hasta años para poder pintar un mísero trozo.

––¿Y por qué es tan difícil conseguirla?

El matrimonio se levantó y las condujo a un cobertizo al otro lado de la casa. Cuando la mujer lo abrió, cientos de huesos cayeron a sus pies. Alyson y Michelle gritaron y se apartaron horrorizadas.

El hombre entró y caminó entre aquellos restos. Descolgó un hacha de la pared y se acercó a las chicas. Alyson sacó del pantalón la pistola que había cogido de la guantera y les apuntó. 

––Me parece que esta vez no van a pintar nada.

Mientras hablaba, caminaban hacia atrás, sin dejar de apuntarles.

––No estés tan segura, cielo ––dijo la mujer.

Alyson disparó delante de ellos y aprovecharon el momento de confusión para huir. Entonces, se desplomaron en el suelo. Ellos se besaron y sonrieron satisfechos. Era una suerte que la mujer tuviera siempre listo un bizcocho.







viernes, 16 de junio de 2017

Un malentendido

De fondo en la tormenta sus tacones se escuchaban. Entró en la habitación. El pelo detrás de las orejas dejaba ver dos diamantes. Le dio un beso y le miró expectante. Él se quedó en silencio, sin moverse. Entonces suspiró decepcionada. Se dio la vuelta y empezó a cambiarse. 

El vestido se descolgó desde sus hombros rozándole la piel; sin embargo él solo veía los pendientes. Demasiado lujosos para alguien como ella. Una dependienta de Mango no valía unas joyas así.

En ese instante, varios nombres atravesaron su mente. Compañeros de los que le había hablado, pero ninguno le convencía. Se los debía de haber regalado alguien que no era del trabajo. Alguno de esos hombres que, enseñando lo hinchada que tienen la cartera, conquistan a cualquier mujer.

¿Cómo podía haber caído en ese juego? Sus labios empezaron a torcerse en una mueca de asco. Ella, que acababa de salir del baño, le miró desconcertada. Los diamantes resaltaban la culpa en sus pómulos limpios de colorete.

Tras unos minutos de incómodo silencio, se levantó de la cama, sacó la maleta del armario y le pidió que se marchara. El desconcierto de antes se convirtió en incredulidad y varias lágrimas quedaron colgadas de sus pestañas.

   De fondo en la tormenta ahora se escuchaba el arrastrar de la maleta. Su mujer caminaba despacio, pero cada paso la alejaba más de él, de la vida que hasta ahora habían compartido. 

Entonces, sonó el móvil. Era la hermana de ella.

––¿Diga?

––Hola, ¿qué tal? Oye, ¿te ha dicho Miriam si le han gustado los pendientes que le he regalado de cumpleaños esta tarde?

lunes, 5 de junio de 2017

De Dioses y Hombres (II)

Los egipcios estallaron en aplausos hipnotizados por la sonrisa del rey caído del cielo. Pablo se quedó inmóvil; un frío desgarrador le recorrió por las venas, rápido, como un destello. Entonces, comprendió que aquello no era una simple visión producida por las drogas. 

––Agradezco mucho vuestro entusiasmo.

De repente, el alboroto dejó de cortar el aire.

––Desde antes de conoceros, supe que vosotros, pueblo de Mitzráyim, debíais ser los elegidos para esta misión. Los elegidos para conocer la verdad y evolucionar hacia un mundo de riqueza y progreso.

Sus grandes ojos reflejaban con orgullo el holograma de la pirámide. 

––Hablas de libertad cuando tu único propósito es que todas estas personas, que vivían aquí cultivando sus tierras, trabajen para ti.

Todos se giraron atónitos hacia Pablo. Dyeser, sin perder la sonrisa, le hizo señas para que se acercara.

––Nada más lejos de mi intención está en hacer esclavos. Yo solo he pedido algo de ayuda a cambio de una recompensa, ¿o es que acaso no es así cómo funciona el mundo?

Pablo le miró pensativo y asintió. Era cierto, al menos el motor de su vida se basaba en eso; solo que la recompensa era el sueldo. Aclarado el asunto el rey le mandó que volviera a su grupo. Luego le susurró algo al ser que llevaba a su hija y este regresó a la nave con ella.

Segundos después, apareció al lado del rey con las manos vacías. Se llevó un dedo a la sien y cuando se quisieron dar cuenta estaban rodeados de aquellas gigantescas máquinas que habían transportado.

Dyeser señaló al cielo. Tres estrellas parecían proteger a las demás con su esplendor: Alnilam, Mintaka y Alnitak las más importantes del Cinturón de Orión en cuya constelación se hallaba su planeta.

Su deseo era que la cúspide de la pirámide apuntara a Mintaka, en honor a su hija, para que desde su estrella pudiese encontrarles al mirar a La Tierra.

––¿Y cómo sabremos que señala a esa estrella? ––dijo una egipcia.

El rey dibujó una línea vertical en el aire y, de repente, una gran cuerda de luz trepó desde la arena hasta Mintaka. Las exclamaciones de sorpresa volvieron a salir de sus bocas. Pablo, que también estaba boquiabierto, echó la cabeza hacia atrás y contempló como el haz de luz se estrechaba a medida que subía por la cortina celeste. 

Una vez tomada la referencia, Dyeser organizó los grupos. Uno serviría para aprender a manejar la maquinaria; el otro, en el que estaba Pablo, se encargaría de buscar una cantera donde picar los bloques que conformarían la pirámide. 

Sin embargo la más cercana se encontraba en la ciudad de Asuán, al sur de Mitzráyim, y para llegar a ella debían recorrer, al menos, ochocientos kilómetros. 

––Nos estáis pidiendo un imposible ––dijo un egipcio––. Ninguno sobreviviremos si andamos ese camino. 

––No es tan largo como parece si tenéis el medio de transporte adecuado.

Ellos le miraron confusos. El rey dio una palmada y, de repente, una de sus naves aterrizó detrás de él. 

––No querrás que conduzcamos eso, ¿verdad?

Dyeser sacudió la cabeza al tiempo que mostraba su sonrisa afilada.

––Veo que te resulta difícil estar callado.

Pablo tragó saliva.

––Cuando algo no me convence, pregunto, eso es todo.

––¿Y cuántas cosas te convencen en tu día a día?

La respiración de Pablo empezó a acelerarse. No sabía cómo responder y, nervioso, apartó la mirada. El rey, que ahora sonreía con suficiencia, les pidió que se cogieran de las manos. Luego se acercó a Pablo y le puso un dedo en la frente. Una fuerte sacudida atravesó su cabeza y las del resto.

––Ya estáis preparados para partir.

Dyeser llamó a tres de los seres y en un instante aparecieron a su lado.

––Mis soldados pilotarán la nave hasta la ciudad de Asuán. Allí os explicarán cómo usar el conocimiento que os he transferido––El rey levantó las manos––. Id y cumplir con éxito esta misión.

Tras hacerle una reverencia, los soldados ordenaron al grupo que subiera a la nave. Ellos tomaron los controles y en menos de cualquier tiempo existente en La Tierra llegaron a su destino. 

   
   La cantera se intuía como una sombra que se elevaba majestuosa ante ellos. Uno de los seres creó con sus manos unas bolas luminosas y las dirigió a lo alto de la cantera. Su superficie irregular estaba salpicada por la pintura de miles de brochas. 

Todos se quedaron inmóviles, la mirada perdida en la abrupta roca. Entonces, la voz de un soldado les hizo girarse sobresaltados. A los pies de cada uno había algo parecido a una pistola y a su alrededor, unos recipientes de cristal enormes. 

Los egipcios se echaron hacia atrás desconfiados. Pablo, en cambio, se agachó y la cogió. Era como el arma alienígena de una película, aunque en realidad se trataba de un taladro eléctrico con broca de rayos x. 

––¿Y eso?

Pablo señaló a los recipientes.

––Moldes para fundir roca ––dijo uno de los seres.

––Pero, ¿cómo vamos a meter las piedras ahí?

El ser le quitó el taladro y disparó a la cantera. Se acercó a las rocas que se habían desprendido y las transportó con la mente hasta uno de los recipientes. La base se tornó del color de la lava y las convirtió en líquido. 

Sin más explicación los soldados les ordenaron empezar y, durante toda la noche, Pablo y los egipcios taladraron la cantera para que ellos transportaran las rocas hasta los moldes. 

   
   El despertar del sol empezó a arroparles en un cálido abrazo. Agotados muchos cerraron los ojos. Pensaban que habían acabado, pero aún faltaba sacar los bloques de los recipientes.

Al lado de cada molde un soldado hizo aparecer una plataforma metálica, con enormes cadenas encima, que se elevaba y descendía por si sola. Eligió a los hombres más fuertes y les ordenó engancharlas a las argollas clavadas en la parte superior de cada uno. 

Luego subieron a la nave y tiraron de las cadenas hacia arriba, mientras el resto se encargaba de golpear con palos los recipientes. De ese modo consiguieron sacar más de mil bloques perfectos y alineados. 

––Estáis haciendo una labor increíble ––dijo un ser––. Ahora queda lo último: meter los bloques en la nave.

Horrorizados les suplicaron que les dejaran descansar. Llevaban sin dormir muchas horas y, aunque quisieran, no podían sacar más fuerzas. No obstante eso no les sirvió de excusa y como castigo retorcieron, con la mente, las manos de algunos hasta que se partieron.

––¡Piedad, por favor! ––dijo una mujer llorando––. Haremos todo cuanto ordenéis.

Los soldados se detuvieron. Sus labios, antes apretados, sonreían complacidos. Cogieron aire y se embriagaron de aquel ambiente que olía a dolor. Después, les ordenaron que pusieran las manos en los bloques y ellos, con el terror resbalando en silencio por sus rostros, obedecieron. 

De repente, una descarga les recorrió los brazos y las piedras se redujeron hasta alcanzar el tamaño de un Cubo de Rubik. Entonces, descubrieron que ese era el conocimiento que el rey les había concedido. 

   
   Poder que, en seguida, se convirtió en una maldición que les tendría atados a los caprichos de aquellos seres durante más de veinte años. El miedo y la tristeza invadió al pueblo de Mitzráyim que, día tras día, veía como sus cosechas se echaban a perder; como muchos de sus seres queridos enfermaban y morían y no podían, ni siquiera, dedicarles una oración. La única razón de sus vidas era la construcción de la pirámide.

Las pocas horas que tenían de descanso, Pablo las aprovechaba para sentarse a la orilla del Nilo y ver en la superficie de espejo los instantes de su vida en otro tiempo ya muy lejano. Recuerdos llenos de nostalgia que, a veces, se le representaban difusos, como si nunca hubieran existido.

La esperanza de regresar a su época hacía mucho que la había tirado al agua. Al principio fue duro, luego se dio cuenta de que poco importaba estar en la suya o en esa; en cualquiera de las dos su existencia y la de todos se basaba en ser una pieza más de aquella enorme rueda llamada Mundo.


   Detrás de cada bloque de la pirámide había miles de historias, de momentos. La mayoría eran oscuros, amargos, pero también los había de ilusión y sabiduría. Durante su construcción, Dyeser se proclamó rey de Mitzráyim y les prohibió dejar constancia de la relación que había existido entre ellos. No obstante los más intrépidos dibujaron ese secreto en algunos rincones de las cámaras que la pirámide tenía por dentro. 

Jeroglíficos que solo podría ver el alma de Mintaka cuyo cuerpo fue transportado mentalmente a la cámara número once por su padre la noche en que la estrella, que hacía honor a su nombre, lanzó un rayo de luz a la cúspide. 


   Pablo estaba en Carpetana de nuevo. Confuso se agachó a coger la cartera y sacó el móvil. Era quince de septiembre de dos mil diecisiete. Había regresado al mismo día, al mismo momento en el que su vida se había quedado hacía veinte años. 

En ese instante, el metro entró en la estación. Él se quedó inmóvil, mientras la gente se atropellaba para entrar, hipnotizado por la publicidad de una marquesina. En la imagen aparecía una chica tapándose un ojo y enseñando en el dorso de la mano el tatuaje de una pirámide. 

Entonces, decidió marcharse a casa. Ese día no iría a trabajar y no sabía si al siguiente volvería.

sábado, 20 de mayo de 2017

De Dioses y Hombres (I)

 Pablo llegó a Carpetana cuando aún faltaban unos minutos para que el metro entrara en la estación. Dejó la cartera en el suelo y empezó a mirar a su alrededor. Todo el andén seguía siendo el sueño de la mayoría de las personas, que, como él, irían a trabajar.

Rostros sin ánimo. Manos que, cada dos por tres, sacaban el móvil sin saber porqué, solo por la manía de mirarlo, y lo volvían a guardar enseguida. Pablo echó la cabeza hacia atrás y bostezó, sin poder evitarlo los ojos se le cerraron.

Entonces, sintió que alguien le tocaba el hombro y vio a un hombre delante de él. Un hombre alto, de piel blanquecina y ojos verdes atravesados por una pupila en forma de raya.

Confuso le preguntó qué quería, pero el hombre no respondió. Siguió inmóvil con la mano apoyada en su hombro. Pablo se apartó y miró el cartel que anunciaba la llegada del tren. Para su asombro la pantalla se había apagado. Se dio la vuelta y miró el del otro lado, pero igual que el anterior este también tenía la pantalla en negro.

De nuevo, el extraño le agarró del hombro y se llevó un dedo a los labios en gesto de silencio. Luego clavó sus ojos en los de Pablo y este empezó a caer y a caer hacia un abismo.

   
  Un colchón de arena cálida y densa amortiguó la caída. Pablo se levantó y observó, desconcertado, sus pies descalzos hundidos en aquel desierto y la tela blanca que apenas cubría sus partes.

Cientos de preguntas le nublaban el pensamiento. Preguntas que no sabía responder y que acababan resbalando como gotas por su frente. Todo eso debía de ser un truco, seguro que ese hombre le había drogado y ahora tenía alucinaciones.

Pablo se sentó y apretó las rodillas contra el pecho. Entonces, un gran manto empezó a pintar de negro la luz de las estrellas.

Seguido de aquella oscuridad un coro de exclamaciones llamó su atención. Se levantó y corrió hacía donde las había escuchado. A pocos metros vivía una ciudad a la orilla de un enorme río. No una ciudad como las que él conocía. Allí las viviendas no eran altas construcciones de ladrillo, sino pequeños cuadrados de barro y paja.

Exhausto se acercó despacio al grupo que continuaba clamando y mirando al cielo. Se camufló entre ellos y observó, lleno de admiración e inquietud, como la noche se iluminaba por tres bolas de fuego alineadas sobre el firmamento.

Las esferas permanecieron inmóviles durante unos minutos y empezaron a bajar. Muchas personas huyeron y se refugiaron en sus casas. Otras, las más curiosas, entre ellas Pablo, continuaron expectantes con el corazón resonando en sus pechos a gran velocidad.

Tres naves metálicas de envergaduras imposibles aterrizaron y de ellas salieron unos seres físicamente parecidos al hombre del andén. Al verles el interés de antes se convirtió en una ola de terror que inundó de gritos y llantos toda la ciudad. Entonces, uno de ellos alzó las manos y les pidió silencio.

––Querido pueblo de Mitzráyim, no temáis.

Aquel ser, aunque parecido a los demás, tenía algo diferente: su cráneo era alargado con una protuberancia en la parte superior; sus ojos se estiraban ovalados desde los orificios de la nariz hasta las sienes y en su boca desfilaban grandes colmillos. Las manos, como las del resto, terminaban en cinco dedos largos y finos que continuó dirigiendo al cielo mientras imploraba que se acercaran.

––Por favor, no tengáis miedo, dejad que me presente. Mi nombre es Dyeser, soy el rey de un planeta muy lejano que, por culpa de una guerra, ya no existe. Nosotros somos los únicos supervivientes, que hemos logrado escapar, y necesito vuestra ayuda.

Pablo sentía que estaba a punto de desmayarse. ¿Hasta cuando iba a durar esa locura? Se llevó las manos a la cabeza y resopló agobiado. Entre la desconfianza de la multitud se oyó a un hombre decir:

––¿Qué queréis que hagamos?

El rey se giró, dijo algo en su lengua y a su lado se colocó otro cuyos brazos portaban a una niña.

––Mi hija estaba enterrada en el templo de nuestro planeta, pero ahora no tiene un lugar donde descansar. Si vosotros nos ayudarais a construir otro, prometo recompensaros con lo más valioso que se puede regalar: el conocimiento de la tecnología.

Asombrados ante esas palabras, todos aceptaron. Pablo, en cambio, seguía rogando que todo aquello acabara y volver a Carpetana. Regresar a su vida de siempre.
Dyeser dio una palmada y en el aire apareció un holograma de una pirámide escalonada.

Pablo soltó un grito ahogado.

––¿Y cómo esperáis que nosotros construyamos eso? ––dijo una mujer.

––Ya os lo he dicho ––El rey sonrió––, con tecnología.

En ese momento, los otros se llevaron un dedo a la sien y de las naves empezaron a salir gigantescas grúas y excavadoras que se distribuyeron estratégicamente a varios kilómetros. Pablo no daba crédito a lo que veía y en su cabeza volvió a surgir la misma pregunta: ¿hasta cuándo iba a durar esa locura?

Los seres se volvieron hacia las naves y siguieron transportando todo tipo de materiales de construcción. Herramientas incluso que Pablo desconocía. Una vez preparadas, el rey le pidió a los egipcios que se dividieran en dos grupos.

––Bien, sé que esto es difícil de asimilar y entender, pero os pido que abráis vuestras mentes; no todo es y ha sido cómo os lo han contado ––Dyeser hizo una pausa y prosiguió––. Confiad en nosotros y os mostraremos la verdadera verdad pues solo así seréis libres siempre.

viernes, 12 de mayo de 2017

Premonición

Una extraña sensación le recorrió. Al principio, pensó que era el tacto de los pétalos; las flores del jardín con aquella textura de papel cebolla. Entonces se giró y vio a Emma en la ventana. 

Su mujer sostenía a su pequeño en brazos, con una sonrisa le acunaba. La luz de la luna daba pinceladas sobre su cabello negro cuyos mechones se retorcían entre los dedos de la brisa.

Desde ahí abajo parecía estar admirando la fotografía de dos ángeles. Tan bellos y a la vez tan frágiles llenaban el alma de la noche y le robaban la voluntad de su pensamiento. 

Sin embargo aquel instante de felicidad, que él pensaba eterna, se desvaneció ante sus ojos al tiempo que a su mujer se le escurría el niño y su pequeño cuerpo se estrellaba contra el suelo.

––¿Mi amor?

Se giró sobresaltado. Emma había apoyado una mano en su hombro.

––Hoy siento que la noche nos va a conceder el bebé que tanto deseamos.

Él se levantó, aún con el horror grabado en su mente, y dijo:

––No me encuentro muy bien, mejor otro día. 

viernes, 5 de mayo de 2017

Recuerdos Ocultos

Entonces, dejó de cantar. Los acordes de las guitarras habían empezado a sonar como el llanto de un niño. Un sollozo que se reflejaba en su mente nítido y desgarrador. Las manos le temblaban. El micrófono se le escurrió y ella huyó de aquel escenario de cuadros blancos y negros.

jueves, 23 de marzo de 2017

Una gota, dos gotas, tres gotas

Marina se asomó a la soledad del pasillo. Nada interrumpía a la noche en su silencio, salvo aquel ruido de gotas cayendo. Avanzó despacio hacia el baño, la respiración entrecortada. Las gotas continuaban retumbando en su cabeza. El espejo le devolvió la imagen de su padre en la bañera, los ojos abiertos. 

Ojos que aún parecían mirarla con aquel deseo repugnante, que durante tantos años había aguantado. Pero eso no le importó; lo que de verdad la estremecía era ese ruido de gotas.

Nerviosa, comprobó el grifo. Estaba bien cerrado. ¿De dónde venía entonces ese maldito goteo? Trató de calmarse. Salió del baño y escuchó con atención. Las gotas volvían a salpicar el agua lentamente. Se giró asustada. El grifo seguía cerrado. 

Corrió a la habitación, el ruido de las gotas la persiguió por el pasillo, se cubrió la cara con el edredón, se tapó los oídos.  

Entonces, un grito la sobresaltó. Era su madre. Se destapó y se quedó inmóvil, la mirada fija en la puerta...

miércoles, 22 de febrero de 2017

Culpable por sorteo

Me despierto sobresaltado; tengo la sensación de haber sido víctima de un mal sueño durante muchas horas. Sin embargo cuando miro a mi alrededor me doy cuenta de que no estoy en mi cuarto. Estoy en una especie de cabina custodiada por una puerta de hierro y amueblada solo con una cama de la que se me salen las piernas. 

¿Acaso sigo soñando? Me incorporo y me restriego los ojos con las manos. Los abro de nuevo, veo la puerta metálica. Entonces, la angustia empieza a invadirme, a recorrerme cada extremidad. 

Como puedo, pues las piernas no dejan de temblarme, me acerco a la puerta y la aporreo con todas mis fuerzas. Grito, pido ayuda, pero mis palabras se quedan encerradas aquí. Es como si este lugar frustrara mis intentos de conseguir que alguien me oiga.

Después de un rato, mi voz se inunda en lágrimas y los golpes pierden el sentido. Que final más cruel, podrido aquí dentro sin saber qué he hecho ni qué ha pasado. Vuelvo a sentarme en la cama, respiro hondo y pego las rodillas al pecho.

De repente, la puerta se abre y delante de mí aparece un hombre con la cara oculta por una braga. Lo primero que hago es sobresaltarme. Luego, le pregunto quién es, qué hace ahí, pero él solo me agarra de un brazo y me lleva por un angosto pasillo. 

Mi terror va aumentando a cada paso, creo que voy a orinarme encima. ¿Dónde me está llevando este hombre? Tengo tanto miedo que no me atrevo ni a respirar. Incluso los suspiros de mi llanto se han quedado mudos. 

Por fin nos detenemos, estamos frente a una puerta igual que la de antes. Sin soltarme la abre y me arrastra a una sala con una mesa y dos sillas en el centro. Me sienta en una y se marcha.

Yo me quedo inmóvil, recto, mirando fijamente la mesa. Entonces, una luz en la pared llama mi atención. Como un proyector de cine empiezan a aparecer imágenes. Secuencias de personas desangradas, heridas, arrastrándose por el suelo de una tienda de ropa. 

De pronto, el escenario cambia totalmente y se ve la entrada de un centro comercial y a un hombre, cubierto con un pasamontañas y armado, entrar y disparar a quien se le pone por delante.

Toda la pantalla se convierte en una estampida, en intentos de escapar en vano, en súplicas que consiguen helarme el estómago. ¿Quién está poniendo esto? Aparto los ojos de la pantalla e inspecciono la habitación. Seguro que hay alguna cámara. Sin embargo por más que busco estas cuatro paredes solo esconden la mesa y las sillas donde estoy sentado. 

Mientras tanto, las imágenes cambian, de nuevo, y aparece un canal de noticias. Como era de esperar, el crimen cometido, la tarde anterior, por ese chico encabeza el programa, pero lo que nunca habría imaginado era que se me hiciera a mí responsable de esa barbaridad. 

Cuando veo mi foto en el centro de la pantalla, me quedo paralizado. ¿Por qué me quieren culpar? ¿En qué se basan para hacerlo? Si ayer por la tarde, yo estaba… no me acuerdo, no sé dónde estaba ni qué hice, pero lo juro, yo no he matado a esas personas, nunca sería capaz de hacer algo así.

En este momento, la voz del periodista capta mi atención y fijo la vista, otra vez, en la pantalla. En lugar de mi foto ahora el canal está mostrándole al mundo mi página de Facebook donde aparecen cientos de estados míos amenazando a los que fueran a comprar a aquel centro comercial. Pensamientos que, de verdad, no he escrito en mi vida, cualquiera que me conozca lo sabe, sin embargo al decirlo en la tele no sé si seguirán pensando lo mismo. 

El agobio y la ansiedad empiezan a invadirme, siento el corazón golpear como un bombo mi pecho. Si pudiera contactar con alguien y explicarle que esto es un error… pero no tengo el móvil, tan solo tengo la impotencia de no poder hacer nada, de esperar aquí encerrado hasta que decidan qué hacer conmigo.   

Al cabo de un rato, la puerta se abre y veo al hombre de antes acompañado de otro, con la cara oculta también por una braga.  Sin darme tiempo a reaccionar, se acercan a mí, me ponen unas esposas y me llevan fuera.

       –¡Soltarme, por favor, soy inocente!

       –Lo sabemos, pero alguien tiene que pagar por lo que ha pasado – dice uno.

Yo me paro en seco y les miro atónito. 
     
       –¿Y por qué tengo que ser yo?
      
       –Porque te ha tocado.