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viernes, 15 de julio de 2016

Las gemelas de Aswen

El único hostal que había en aquel pueblo estaba encima de una colina donde nunca desaparecía la niebla. Era un edificio con muchos años, sin embargo, las reformas habían logrado modernizarlo un poco. No tenía más que seis habitaciones y en todas se asomaba a olisquear algún ratoncillo de vez en cuando.

Ana llegó a aquel pueblo una mañana temprano. De madrugada había recibido una llamada de su jefe diciéndole que fuera a ese hostal y Samuel nunca ordenaba nada si no era realmente importante. Así que en cuanto colgó preparó una maleta y se marchó.

¿Qué clase de misión le tocaría investigar esta vez? Ana empezó a sacar pañuelos y pañuelos de ideas de su imaginación. Pero hasta que llegó al hostal tuvo que conformarse con eso; Samuel no contestó el móvil durante todo el trayecto.

---Hola Ana, siento haberte hecho venir tan pronto ---dijo Samuel y le dio dos besos en las mejillas.

Ana encontró a su jefe apoyado en la puerta del hostal. Parecía llevar allí bastante tiempo.

---No te preocupes ---dijo Ana y dejó la maleta en el suelo---. ¿Qué ha ocurrido?

Antes de contárselo Ana y Samuel entraron al hostal y reservaron dos habitaciones contiguas en la tercera planta. Subieron a dejar el equipaje y se reunieron de nuevo en el vestíbulo.

Samuel la condujo hasta un sofá apartado de oídos curiosos y susurrando le explicó el motivo de su llamada.

Ana escuchaba atenta sin dejar de mirarle los labios. Aunque a veces tenía que girar la cabeza y pegar la oreja a su boca para oírle. Hacía dos días, Samuel había recibido una llamada de alguien de aquel pueblo y le había pedido que fuera a investigar porque en ese hostal se creía desde hacía años que había fantasmas. Y no fantasmas cualquiera; espíritus de unas chicas que desaparecieron del pueblo de repente y a quienes se creía que habían asesinado en el hostal.

---¿Y sabes quién te llamo? ¿Te dijo su nombre? ---dijo Ana susurrando.

---No me lo quiso decir. Solo sé que era un hombre ---susurró Samuel.

---¿Crees que nos podemos fiar entonces?

Samuel afirmó despacio con la cabeza.

---Después de la llamada busqué en internet el caso de las chicas y encontré esto ---dijo Samuel y sacó del bolsillo una hoja de periódico doblada.

Ana la desdobló y leyó: 

MIÉRCOLES 12 de Marzo de 2013

“Las gemelas de Aswen”.

Rachel y Hana Sellers; Amy y Connie Tyler y Susan y Brenda  Hunter  fueron vistas por última vez hace tres días en el pueblo de Aswen. Las seis jóvenes salieron por la tarde de sus casas y se alejaron hasta el pie de la colina. Nadie las vio marcharse de allí… 

Ana quitó los ojos del periódico.

---Que curioso que todas fueran gemelas, ¿verdad? ---dijo Ana.

---Sí y al parecer eran las únicas gemelas del pueblo ---dijo Samuel.

Ana frunció los labios y echó los ojos hacia un lado. Pensar así le daba un toque interesante, sexy.

---Yo también me llevo preguntando dos días que les pasaría a esas chicas ---dijo Samuel.

Ana suspiró.

---¿Tú crees en los fantasmas? ---dijo Ana.

---Te da miedo dormir sola ¿o qué? ---dijo Samuel con una sonrisa burlona.

---Si me diera miedo, tú serías el último al que le pediría que durmiera conmigo ---dijo Ana y le pellizcó la pierna.

Después de una ducha y una breve siesta, Ana y Samuel salieron del hostal. Mientras bajaban la colina y la niebla se despegaba de ellos sintieron como el pueblo iba cobrando vida a medida que se acercaban. 

No obstante, el entusiasmo que parecía conducir a esas gentes se esfumó por completo cuando Ana y Samuel preguntaron en mitad de la plaza por las familias de las gemelas. Nadie quiso decirles dónde vivían ni quiénes eran y más de una madre apretó a su hijo contra su pecho y se marchó corriendo.

---Que supersticiosos son en los pueblos, ¿eh? ---dijo Samuel.

---Que mal lo tienen que pasar las familias de esas chicas ---dijo Ana---. Pobre gente.

---Suponiendo que aún vivan aquí ---dijo Samuel---. Lo mismo la superstición de la gente les obligó a marcharse hace tiempo.

De repente la voz de un hombre les hizo girarse.

---Las muchachas caminaron hacia la niebla. Un terrible rugido envolvió el aire y desde entonces no pueden regresar.

El hombre llevaba una máscara hecha de papel de aluminio sujeta con una cuerda a la nuca. Sacó una lengua bífida por la rendija que hacía de boca y se marchó corriendo. Ana y Samuel no se movieron, incapaces de creer lo que habían visto...