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Premonición

Una extraña sensación le recorrió. Al principio, pensó que era el tacto de los pétalos; las flores del jardín con aquella textura de papel ...

sábado, 30 de abril de 2016

El secuestro de Lucy (VI)

Cinco años pasaron desde que Jerry se despertó una mañana en aquel hospital psiquiátrico. Cinco años sin saber cómo le habían conseguido ingresar Damon y Amy sin que él se enterara; sin que pusiera resistencia. Cinco años sometido a medicamentos que le dejaban ido durante horas.

Al principio, Damon y Amy iban a verle todos los días. Sin embargo, conforme pasaba el tiempo, sus visitas empezaron a bajar a una por semana, una por mes, hasta que al final dejaron de ir. Entonces, Jerry se vio más solo que nunca. Varias veces tuvieron que sedarle, porque la desesperación le hacía dejar de comer y la única solución eran sondarle y darle la comida con suero.

El doctor Anthony Mark también dejó de ir a hablar con él de un día para otro. Aunque eso a Jerry no le afectó tanto. Lo mismo que le decía el doctor Mark, se lo decía otro médico que iba a verle y que había estudiado su caso. Y a la semana siguiente, venía otro y le decía lo mismo que el anterior. Llegó un momento, en que Jerry relataba la historia de Lucy como quien dicta, de memoria, la lista de la compra.

Sabía a ciencia cierta que ya no volvería a ver a su hija así que ya no se molestaba en pensar en ella como antes. Ya no imaginaba teniéndola en sus brazos, ni oyendo su risa, ni escuchando su voz cuando por las noches se tumbaban en la cama y hablaban hasta quedarse dormidos.

Una mañana, Jerry esperó que alguna enfermera entrara a la habitación y le llevara al despacho del psiquiatra que hubiera venido. Sin embargo, no entró nadie a verle en toda la mañana, ni tampoco por la tarde. Jerry, extrañado, cogió las muletas, se acercó a la puerta y pegó la oreja. Era imposible escuchar nada. Entonces, agarró el pomo y lo giró. La puerta se abrió y Jerry se asomó a un pasillo oscuro y vacío. ¿Dónde estaba todo el mundo? Jerry salió de la habitación y anduvo hasta el final del pasillo. Bajó las escaleras que llevaban al vestíbulo. En la recepción, tampoco había nadie. ¿Qué estaba pasando? Jerry fue a la puerta de entada y la abrió.

La calle había sido como un lienzo en blanco que se dibujó ante sus ojos. Cinco años encerrado habían hecho que perdiera el recuerdo de los colores, del sol, de los sonidos de la ciudad… Jerry salió, aspiró, profundamente, el aroma de la libertad y se alejó del psiquiátrico. El pijama blanco que llevaba llamaba la atención de la gente, que se giraba cuando él pasaba. Pero eso a Jerry le daba igual; ahora su preocupación era ver cómo volvía a casa.

Había salido del hospital con una mano delante y otra atrás. La última vez que había visto sus pertenencias había sido cuando le internaron. No tenía nada, salvo las muletas y ese pijama blanco. Tendría que pedirle dinero a alguien, pero en cuanto le vieran así pensarían que era un loco y saldrían corriendo.

Jerry pensó en sentarse en la esquina de un edificio y esperar que la gente le echara alguna moneda. Entonces, se encontró una vecina que iba hacia el coche. La mujer acababa de comprar e iba cargada con tres bolsas en cada mano. Se alegró y se sorprendió mucho al ver a Jerry; sobre todo cuando vio como iba vestido. Jerry también se sorprendió al verla. Esa mujer era vecina suya desde hacía años y desde que la conocía iba en silla de ruedas.

Sin poder evitarlo, Jerry le preguntó, pero ella dijo que no recordaba haber usado nunca una silla de ruedas. Jerry no insistió y le ayudó con las bolsas. Mientras las guardaba en el maletero, Jerry esperaba que la mujer le preguntara dónde había estado o si sabía algo de Lucy. No obstante, ella no le dijo nada; solo le ofreció llevarle a casa.

Al llegar a la puerta de su casa, Jerry se dio cuenta de que no tenía las llaves. Suspiró desesperado y se quedó inmóvil pensando cómo entrar. Si tuviera un teléfono, avisaría a Damon que siempre tenía una copia de las llaves, pero había perdido la pista de su hermano desde hacía años. No sabía, ni siquiera, si vivía en la ciudad.

De repente, escuchó el sonido de unas llaves girando en la cerradura desde dentro. Jerry se asustó y se apartó de la puerta con una muleta en alto. Las llaves hicieron el último clic en la cerradura y la puerta se abrió. Jerry se quedó paralizado.

---Papi, ¿qué haces así vestido? ¿por qué has tardado tanto?

Lucy se lanzó a sus brazos y le besó en la mejilla.

---¿Quién eres?---dijo Jerry apartándola.

---Papi, soy Lucy.

La niña le miró preocupada. Sus pequeños ojos se volvieron más azules todavía.

---No. A mi hija la secuestraron hace seis años. Es imposible que tú seas ella.

---Pero qué dices, papá.

Jerry se sentó en el suelo del porche y empezó a llorar escondiendo la cara entre las piernas. ¿Por qué le pasaba a él esto? ¿Por qué no le dejaba su mente aceptar que Lucy ya no volvería con él nunca?

La niña se sentó a su lado y le abrazó con fuerza. Era el espejismo más bonito que Jerry había sentido desde hacía mucho tiempo. Si por él fuera, viviría de aquella visión siempre. Sin embargo, sabía que eso no le iba a hacer ningún bien. Así que respiró hondo, se dijo en voz baja que aquella Lucy no existía y levantó la cabeza.

---Papi, ¿qué te pasa? ¿por qué lloras?

Sin dejar de llorar, Jerry le acarició la cara. Había soñado con ese momento tantas veces… Lucy volvió a abrazarle. Le dijo al oído que le quería y que por la noche le contara un cuento antes de dormir. Jerry sonrió y entonces dejó de importarle que aquello fuera real o no.

domingo, 10 de abril de 2016

Escritor de alta tensión

Héctor se despertó. Estaba apoyado en un banco de gimnasio y la boca le sabía a ginebra.  Del techo, caían gotas que sonaban, con fuerza, en una cañería que rodeaba la sala. Héctor se restregó los ojos. ¿Dónde estaba? Intentó incorporarse, pero tenía las piernas entumecidas.  

Con cuidado, descruzó las piernas y miró a su alrededor. En el centro de la sala, había una silla con una cuerda en el respaldo. Al otro lado, en una esquina, había dos bicis. Héctor las reconoció enseguida: eran las bicis de él y Marta. ¿Había pasado la noche en su trastero? Héctor no entendía ni recordaba nada. 

De repente, la puerta se abrió y entró su amigo Lucas encañonando a Marta con una pistola en la espalda. Marta giró la cabeza, un instante, hacia Héctor. Tenía los ojos encharcados de lágrimas y rastros de rímel por las mejillas. Sin dejar de apuntarla, Lucas le agarró de un brazo y la sentó en la silla. Luego, dejó el arma en el suelo y le ató las manos y los pies con la cuerda. 

---¿Qué coño estás haciendo?

La voz de Héctor resonó en el trastero al tiempo que un goterón retumbaba en la cañería. Héctor hizo ademán de levantarse, pero Lucas cogió, rápidamente, la pistola y la puso en la sien de Marta.

---Como te muevas, la mato---dijo Lucas.

Héctor volvió a apoyarse en el banco de gimnasio y se quedó petrificado. Lucas siguió apuntando a Marta sin quitarle los ojos de encima a Héctor. Sin embargo, a Lucas le temblaba el pulso y la pistola no hacía más que golpear la frente de Marta. 

Héctor tenía tanto miedo de que se disparara la pistola que se quedó casi sin respirar. Los latidos de su corazón, acompañados del tintineo de las gotas al golpear en la cañería, era lo único que se escuchaba. Cada vez que la pistola se movía en la mano de Lucas, sentía como la saliva se le atragantaba en el esófago...