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Un malentendido

De fondo en la tormenta sus tacones se escuchaban. Entró en la habitación. El pelo detrás de las orejas dejaba ver dos diamantes. Le dio un...

lunes, 21 de marzo de 2016

El secuestro de Lucy (V)

     Se quedaron de piedra.

–– ¿De dónde has sacado eso? ––dijo Jerry.

––Estaba en tu habitación tío Jerry.

Jerry se levantó cojeando y le quitó la foto. Desconcertado, la observó por todos lados. Era imposible que fuera la foto de su niña. Sin embargo, por mucho que la mirara, la foto no daba paso a la equivocación. Era la foto de Lucy. La foto que él juraba y perjuraba que le habían robado y que le habían cambiado por una nota. ¿Acaso la había devuelto quien se la llevó? ¿Pero por qué haría tal cosa?

Mientras Jerry se estrujaba el seso buscando respuestas, Damon y Amy le observaban preocupados. Sabían que la desaparición de Lucy había afectado a Jerry hasta puntos inimaginables. Casi hasta para quitarse la vida. Pero nunca habían pensado que su cerebro llegaría al punto de inventar y cambiar su entorno real.

Amy se levantó y se acercó a Gillian para decirle que se marchara arriba a jugar. Luego, se colocó al lado de Jerry y, con cuidado, le quitó la foto. La dejó encima de la mesa y le llevó, de un brazo, hasta el sofá.

Damon, mientras tanto, se había marchado a la cocina para hacer una llamada.

Cuando regresó, Jerry y Amy estaban sentados en el sofá. La cara de su hermano seguía con la misma incertidumbre. Damon se sentó a su lado e, intentando poner el tono de voz más suave posible, le dijo:

––Jerry, ¿por qué te has inventado todo esto?

–– ¡No me he inventado nada! ––dijo Jerry indignado––. Os juro que ayer no estaba la foto.

––Acabo de hablar con Michael por teléfono––dijo Damon––. No sabe nada de lo que dices.

–– ¿Me estás llamando loco? ––Jerry apretó los puños.

Damon suspiró hondo y bajó la mirada a sus zapatos.

––Bien no estás––dijo al cabo de un rato––. Nosotros solo queremos ayudarte.

–– ¿Podéis decirme dónde está Lucy? ¿O si está bien? ¿O cuándo va a volver conmigo?

––Eso no lo podemos saber nosotros, Jerry––dijo Amy y le cogió la mano.

––Entonces no podéis ayudarme.
Jerry se soltó de su mano y se levantó.

––Cerrar la puerta cuando os vayáis.

Jerry cojeó hasta la pared donde tenía apoyadas las muletas. Las cogió y subió a su habitación.


No salió de ahí, prácticamente, más que para comer e ir al baño. La mayor parte del tiempo se lo pasaba mirando la foto y preguntándose cómo había regresado a su sitio. Aunque a veces, otra cuestión también se abría paso en su cabeza: ¿por qué había dicho Michael que no sabía de lo que hablaba?

Tres días estuvo así, hasta que una mañana el timbre de la puerta empezó a sonar. Jerry se restregó los ojos; tenía la sensación de haberse quedado dormido hacía muy poco. Se incorporó, agarró las muletas y bajó, descalzo, a abrir.

Damon, Michael y un hombre con sombrero y libreta aguardaban en la entrada.

––Hola Jerry, ¿te importa que entremos? ––dijo Damon.

Sin decir nada, Jerry se apartó a un lado y les dejó vía libre. Damon, Michael y el desconocido, del sombrero y la libreta, entraron en fila hasta el salón.

––Jerry te presento al doctor Anthony Mark––dijo Damon.

Jerry le estrechó la mano.

––Es uno de los mejores psicólogos de Nueva York.

––Tampoco es para tanto––dijo el doctor.

––Bueno, ¿y a qué ha venido? ––dijo Jerry.

––A hablar contigo. El doctor Mark es experto en casos como el tuyo. Le he contado lo que te ocurrió el otro día y se ha ofrecido a ayudarte.

––Pues se lo agradezco mucho, pero el único que podría ayudarme, y no lo hace, es este subnormal que está aquí––Jerry señaló a Michael.

––Que yo sepa, no soy experto en gente que está mal de la cabeza––dijo el policía.

Damon tuvo que parar a su hermano, pues de no hacerlo, una de las muletas le hubiera saltado los dientes a Michael.

––Jerry, sé por lo que está pasando––dijo el psicólogo––. He conocido a varias personas en su misma situación y en algún momento sus mentes les han jugado malas pasadas y les han hecho confundir la realidad.

––Yo no he confundido nada. Lo que pasó con la foto fue real.

––El cerebro es nuestra arma más poderosa. No se imagina hasta qué punto puede crear realidades paralelas, con tal de conseguir que veamos lo que queremos.
Jerry tosió para tapar la risa. Ahora resultaba que su cerebro había inventado lo de la nota de amenaza en el marco de la foto, porque era lo que él quería ver. Muy lógico todo.

––No te cuesta nada ir a su consulta algún día y hablar con él––dijo Damon––. Aunque sea solo por probar.

––Vale, iré. Pero quiero saber una cosa: Michael, ¿por qué le dijiste a mi hermano que no sabías de lo que hablaba cuando te preguntó por lo de la foto?

El policía se encogió de hombros.

––Es que no sabía lo que me estaba diciendo. Yo ni sabía que existía esa foto.

––Pero si estuviste aquí en casa y me estuviste preguntando si sospechaba quien se la había llevado y si había notado algún signo de violencia en la casa…

Michael empezó a negar con la cabeza.

––Jerry, yo ese día libraba. Es imposible que estuviera aquí contigo. A lo mejor te estás confundiendo y fue otro compañero.

––Que no me estoy confundiendo. En cuanto vi lo de la foto, llamé a comisaría y hablé contigo. Luego, viniste aquí y te llevaste el marco y la nota de amenaza. Eso fue lo que pasó. Lo que no entiendo es por qué lo niegas.

Michael echó la cabeza hacia atrás y resopló poniendo los ojos en blanco.

––Te repito que yo nunca he visto ni me he llevado la nota, esa que dices, ni el marco ni nada.

Jerry sintió como se le empezaban a marcar las venas de los brazos de lo fuerte que estaba apretando las manos en las muletas.

––Jerry, ¿le parece bien ir a verme pasado mañana? ––dijo el doctor.

Jerry no reaccionó. Su corazón parecía, en ese momento, una olla a presión a punto de estallar. Damon le quitó las muletas, despacio, y le llevó al sofá.

––Allí estará, doctor––dijo Damon––. Dígame la hora.

––A las 12:30. Tome mi tarjeta.



Jerry fue a la consulta del doctor Anthony Mark durante un mes. Siempre acompañado por su hermano o su cuñada. En las primeras sesiones, las ideas de Jerry eran claras: lo que había ocurrido con la foto de Lucy había sido real. Sin embargo, eso fue solo la primera semana, pues a partir de la segunda, las sesiones del doctor empezaron a convencerle de que quizás estaba equivocándose. Que todo podría haber sido un mal sueño o una táctica de su mente por encontrar pistas que ayudaran a buscar a Lucy.

Según el psicólogo, la mente de Jerry podía haber creado ese escenario por la desesperación de no tener nada a lo que aferrarse. Nada que pudiera ayudarle a saber si su hija estaba bien, por lo menos.



Una mañana, el doctor llamó a Damon y a Amy para que fueran a hablar con él. Les propuso ingresar a Jerry en un hospital que dirigía él en Ontario.

–– ¿Cree usted que es necesario llegar a eso, doctor? ––dijo Amy angustiada.

––Me temo que sí. Viniendo a mi consulta, estoy consiguiendo avances, pero son muy lentos. Allí en mi hospital, tengo a un equipo de médicos especializados y tecnología que sé que pueden ayudarle mucho mejor.

–– ¿Y qué tenemos que hacer nosotros? ––dijo Damon.

––Firmar la autorización para el ingreso.

El doctor abrió un cajón de su mesa y sacó los papeles. Damon y Amy autorizaron el ingreso.