Entrada Destacada

Un malentendido

De fondo en la tormenta sus tacones se escuchaban. Entró en la habitación. El pelo detrás de las orejas dejaba ver dos diamantes. Le dio un...

lunes, 25 de enero de 2016

Los amantes en el Mágico Circo de los Monstruos

El telón del Mágico Circo de los Monstruos volvió a abrirse y, del techo, empezaron a llover cartas de póker acompañadas de un humo azul que bañó toda la sala. El público alzó la cabeza, asombrado, y trató de cazar alguna. Sin embargo, antes de que nadie pudiera cogerlas, las cartas salieron disparadas al centro del escenario donde el Mago las atrapó con su chistera.

El  Mago se puso el sombrero en la cabeza. Luego, sacó un tarro vacío de su chaqueta y, con un chasquido de sus dedos, el humo quedó encerrado dentro. Parecía mermelada de arándanos azules.

De nuevo, el público rompió a aplaudir. El Mago se guardó el tarro y dijo:

–– ¡Muy buenas noches! ¡Para el truco de hoy, les traigo algo innovador, algo que les hará volverse locos! ¡Les traigo el truco de los amantes decapitados!

En ese instante, una mujer, con tres jorobas, apareció arrastrando una gran guillotina. La colocó en el centro del escenario y se apartó al lado del Mago.

––Ahora, quiero que todos miren debajo de sus asientos––La gente se agachó llena de curiosidad––. Y que suban aquí quiénes encuentren los dos Ases de corazones.


Juan besó a Antonia y, sin soltarle la mano, la llevó al escenario. Ella sonreía, tímidamente, mientras el público aplaudía a su paso.

––Hoy las cartas han elegido a esta pareja para que la guillotina mágica decida si se quieren de verdad. Si la cuchilla le corta la cabeza a uno y, automáticamente, la cabeza del otro desaparece, entonces su amor es sincero. ¿Estáis dispuestos a perder la cabeza por amor?

Antonia y Juan se miraron. De sus labios, se intuyó un te quiero casi imperceptible. Juan le agarró la mano, la besó con ternura y se acercó a la guillotina.

––Sí.


El Mago preparó el artefacto y Juan metió la cabeza en el hueco. La gente se tapaba la cara con las manos y dejaba rendijas, entre los dedos, para mirar.

Entonces, el Mago le hizo una señal a la mujer jorobada y ella soltó la cuerda. La cuchilla mágica cayó y, de repente, las cabezas de Juan y Antonia se convirtieron en burbujas...



miércoles, 13 de enero de 2016

El secuestro de Lucy (II)

     Cuando se despertó al día siguiente, lo primero que le vino a la cabeza fue su contestador automático. Todos los días, se aseguraba de mirarlo varias veces. De comprobar si había algún mensaje sobre Lucy. Sin embargo, desde hacía un año, la luz del contestador no parpadeaba.

Y al igual que el contestador, tampoco sonaba el teléfono, ni había mensajes en su correo. Era como si a su hija se la hubiese tragado la tierra. Aquello era un sinvivir constante: no saber nada. No saber qué le había pasado, ni a qué hora había desaparecido, ni quién se la había llevado.

Con esas pistas, no había podido poner una demanda en condiciones y la policía parecía haber dejado el caso un poco aparcado. Así que se encontraba más solo que nunca. Aunque tenía a su hermano pequeño, a su cuñada y a su sobrino, que eran un gran apoyo, lo que echaba de menos, de verdad, era abrazar a su hija, sentir que la podía proteger, como lo había hecho hasta que se la arrebataron.



     Tres golpes en la puerta, le sacaron de su ensimismamiento. Damon la abrió y entró en la habitación junto a Amy. Jerry se incorporó un poco.
     
        ¿Qué tal estás?

     Su cuñada se acercó a él y le abrazó con cuidado.
         
        –Un poco mejor.

        –Vaya susto nos diste. Cuando Damon empezó a llamarte y no contestabas, nos imaginamos lo peor. Menos mal que llegamos a tiempo.

        –Ya, lo siento.

        –No te preocupes. Lo importante es que has despertado y que te vas a recuperar.

     Jerry sonrió. Amy se inclinó y le dio un beso en la mejilla.

En ese instante, una enfermera entró con un vaso de leche hirviendo y un paquetito de galletas.

        –Buenos días.

     La mujer dejó el desayuno en la mesita.

        –¿Cómo se encuentra Sr. Miller?

        –Mejor.

        –Así me gusta. Voy a ver como va esto.

     La enfermera se acercó a la bolsa de suero que tenía conectada en el brazo.

        –Aún le queda un rato. Desayune tranquilo; luego vuelvo a cambiarle el suero.

        –Vale, muchas gracias.

     La enfermera se despidió y salió. Damon cogió el paquete de galletas, lo abrió y le dio una a Jerry.

        –¿Has hablado con el médico?---dijo Jerry masticando.

        –Sí, antes de subir. Dice que tendrás que quedarte aquí una semana más, por lo menos.

        –¿Una semana? Pero si en dos días, como mucho, estaré bien del todo.

        –Es lo que ha dicho---Damon se encogió de hombros, al tiempo que le daba otra galleta.

        –Bueno, pero cuanto más tiempo estés aquí mejor---dijo Amy---. Yo me quedo más tranquila sabiendo que estás rodeado de médicos.

        –Y yo también---dijo Damon.

     Sinceramente, le importaba una mierda que estuviesen más tranquilos o no. Lo único que quería era volver a casa y saber si había alguna noticia sobre su hija. Aunque supuso que, de haber alguna, ellos lo sabrían. Así que asintió y siguió desayunando.

sábado, 9 de enero de 2016

El secuestro de Lucy (I)

     Una noche, Jerry decidió acabar con todo. Dejó la copa de whisky en la mesa, agarró las muletas, se levantó y fue a la cocina. Con las manos temblorosas, abrió el armario, sacó su bote de pastillas para dormir y, de un trago, se las metió todas en la boca.



     De repente, una pequeña franja de luz empezó a vislumbrarse. Jerry intentó acercarse a ella, pero era incapaz de moverse. Se sentía tan débil que los ojos se le cerraban y en el brazo derecho notaba algo punzante.

Entonces, la franja se hizo más grande y algunas voces empezaron a colarse por ella. Hablaban en susurros tan suaves que era imposible distinguir lo que decían.

Jerry intentó moverse, de nuevo, pero seguía muy débil. ¿De quiénes eran aquellas voces? ¿Dónde estaba? Como pudo, preguntó esto en voz alta, aunque de su boca solo salieron gemidos.

        ¿Jerry eres tú?

     Aquella voz le resultó familiar.

        ¿Damon?

     Una figura traspasó la franja de luz y se acercó a él.

        Sí, soy yo. ¿Cómo estás?

     Damon le agarró la mano y se sentó junto a él.

        ¿Qué ha pasado?

        Te intentaste suicidar. Estás en el hospital, llevas una semana en coma.

     Jerry se quedó en silencio. El recuerdo de las pastillas le vino como un fogonazo.

        ¿Por qué lo hiciste?

        –Déjame en paz.

        Eres gilipollas. ¿Qué haría Lucy cuando volviera y viera que no estás?

        Lucy no va a volver.

        ¿Y tú qué sabes? Vamos a ser positivos, coño, que todo tiene solución en esta vida.

        Para ti es muy fácil decirlo. Tú no has perdido a tu mujer ni a tu hijo. Tú no llevas un año sin dormir bien, esperando a que alguien te llame y te diga que tu hijo sigue vivo, que va a volver a tu lado.

     Conforme hablaba, las lágrimas iban brotando de sus ojos. Damon se alejó, un momento de él, para encender la luz. Ya se estaba cansando de hablar a oscuras; de no poder ver a su hermano. Quería abrazarle. Casi le pierde y eso le destrozaba.

        CálmateDamon le incorporó con cuidado y le apretó contra su pecho, ya verás como todo se arregla.

     Jerry hundió la cabeza en su hombro. Suspiró, profundamente, y siguió llorando en silencio. Su hermano le abrazó aun más fuerte. Sin embargo, lo único que consiguió es que su cuerpo convulsionara con más fuerza por el llanto, que ahora era una cascada cayendo de sus ojos.

Damon se separó de él, sacó un paquete de clínex del pantalón y le dio un pañuelo.

        Como sigas así, te vas a secar.

     Una pequeña sonrisa asomó en los labios de Jerry.

        Me tengo que ir, le he dicho a Amy que cenaba en casa. Mañana vuelvo y desayunamos juntos.
   
      Damon se inclinó y volvió a abrazarle.
     
        ¿Cuándo me dan el alta?
     
        No lo sé. Hasta ahora, no sabíamos si ibas a despertar. Mañana cuando venga, se lo pregunto al médico.

        Vale, hasta mañana.

     Al rato de irse Damon, entró una enfermera a llevarle la cena. No tenían que ser más de las ocho, pero llevaba tanto a oscuras que había perdido la noción del tiempo.

        Perdone, ¿qué hora es?
     
        Las siete y media.

     La enfermera dejó la bandeja en la mesita, de la cama, y se marchó. Jerry alzó el cuello hacia el plato con cara de pereza. Podía tener ganas de otra cosa, pero de comer y encima ese mejunje verde, no.
Volvió  a tumbarse y se tapó hasta la nariz; el puré soltaba un humillo que le revolvía el estómago. Cerró los ojos y, en un momento, se durmió.