lunes, 5 de septiembre de 2016

La locura inconfesable

El reloj marcó las doce. Cada campanada iba al compás del viento cuyos silbidos parecían susurrar a los cristales. Tania levantó la cabeza del libro de Historia. Las letras empezaban a emborronarse en las hojas. Cerró los ojos un instante e intentó repetir lo último que había memorizado. Sin embargo un tacto frío y húmedo le recorrió la muñeca.

Sobresaltada abrió los ojos de golpe. Lucky tenía las orejas echadas hacia atrás y miraba fijamente a la ventana. Ella resopló, le acarició un poco el cuello y le ordenó que saliera. Pero el Westy no se movió. Sus ojos de botones siguieron penetrando en la ventana, como si algo en ella lo hubiera hipnotizado.

La chica también escudriñó el cristal aunque el reflejo solo le devolvió una mirada nerviosa. ¿Qué estaría viendo?  Se agachó junto a él y empezó a acariciarle, pero Lucky se revolvió y salió de la habitación.

Tania se encogió de hombros y se incorporó. No sabía qué le pasaba al perro, pero tampoco tenía tiempo para averiguarlo. Al día siguiente, iba a la universidad y lo único que le apetecía era escuchar algo de música antes de acostarse. Así que después de guardar el libro en la bandolera, encendió la radio y se metió en la cama.

Algo empezó a interferir en la frecuencia haciendo que la emisora sonara como el chirrido de una tiza al arrastrarla en una pizarra. Tania apretó los dientes y se levantó a cambiarla, pero en la siguiente que puso el sonido estridente de la tiza seguía escuchándose. 

---Joder, ¿qué le pasa a esta mierda? ---dijo y le dio un golpe a la radio.

De repente las interferencias pararon y una voz empezó a hablar. Tania pegó la oreja al altavoz y escuchó con atención. Entonces todo su cuerpo se volvió de piedra cuando se dio cuenta de que aquella voz era la suya leyendo el libro de Historia.

Aterrada apagó la radio y miró a su alrededor. ¿Quién la había grabado? En ese momento, la radio se encendió y su voz volvió a escucharse en la emisora. Tania la apagó y salió corriendo hacia el salón. Cogió al pequeño Westy del suelo y lo apretó contra su pecho. El perro la miró con tristeza y le lamió las lágrimas que encharcaban sus ojos. 

Ella apartó la cara y se sentó con él en el sofá. Lucky se acurrucó en sus muslos y empezó a chuparle el pantalón del pijama. Tania lo abrazó con fuerza y siguió llorando.

Entonces el móvil empezó a sonar desde la habitación. El perro saltó de sus piernas, fue hasta la puerta del salón y empezó a ladrar hacia el pasillo. Ella le rogó a gritos que parase. Sin embargo sus ladridos siguieron reverberando por toda la casa. Cada vez con más furia. Tania rompió a llorar histérica. Volvió a gritarle desesperada que se callara hasta que finalmente el miedo la venció y se desmayó en el sofá. 

Ya estaba bien entrada la mañana cuando se despertó. El miedo había envuelto sus sueños durante la noche hasta el punto de no querer abrir los ojos. Pero al ver la luz del día se sintió segura, relajada. 

Lucky dormía panza arriba encima de ella. Tania le empezó a rascar la barriga. El perro se giró como un resorte y se lanzó a lamerle la cara. Parecía su perro de siempre y eso también la tranquilizó. El reloj de pared fue lo que volvió a ponerla nerviosa. Eran más de las doce. ¿Cómo no había caído que tenía que ir a la universidad?

A trompicones corrió a la habitación. Se vistió en un momento, agarró la bandolera que había dejado encima de la silla, se guardó el móvil en el vaquero y salió. Entonces se acordó. Dejó la cartera en el suelo, sacó el teléfono y miró las llamadas perdidas.

Veinte llamadas de Alberto, su exnovio. El chico con el que había estado cinco años y de un día para otro había desaparecido. Ahora quería hablar con ella, después de un año, ¿para qué? ¿Acaso le iba a dar alguna explicación? Tania pensó en borrarlas, pero al final no lo hizo. Se guardó el móvil en el bolsillo y se marchó a clase.

---Buenas tardes, don Jacinto ---dijo Tania al abrir la puerta del aula---. ¿Puedo entrar? 

El profesor de Historia Medieval le señaló el asiento sin interrumpir la lección. Tania agachó la cabeza y cruzó corriendo el pasillo de pupitres hasta el suyo. 

---¿Qué te ha pasado? ---dijo su amiga Lucía en voz baja.

---Me ha llamado mi ex ---dijo Tania mientras sacaba el libro de la bandolera. 

---¿El de Burgos? ---dijo Lucía.

---Sí. Ayer por la noche, me llamó veinte veces ---dijo Tania.

---¿Y qué quería? ---dijo Lucía.

---Pues ni lo sé ni me importa. Fue él quien me dejó de repente sin ningún motivo ---dijo Tania.

---A lo mejor quiere pedirte perdón ---dijo Lucía.

Tania se quedó pensativa. Y si era así, ¿qué? ¿tenía que perdonarle? Si hubiera sido ella la que se hubiese largado, seguro que él no la perdonaría. ¿Por qué tenía entonces que escucharle siquiera?

---Tía, me fui de Burgos cuando desapareció precisamente para olvidarle. No me parece justo que ahora me llame después de lo que he pasado por él. 

Lucía asintió al tiempo que suspiraba y giró la cabeza hacia el profesor. Tania empezó a tamborilear la mesa con los dedos. A pesar de lo que había dicho en su interior sí quería saber por qué la había llamado Alberto. Aunque el orgullo que envolvía su exterior la frenaba a devolverle la llamada.

Casi todas las tardes, Tania, Lucía y algunos más iban a Príncipe Pío a tomar algo. Esa tarde, Tania se marchó a casa. Hasta que acabó la clase no recordó el miedo que había pasado la noche anterior y decidió llegar antes de que se hiciera más tarde. 

Antes de tener que encender las luces, quería estar en el salón con Lucky. 
Sin embargo cuando llegó a casa, Lucky estaba muerto. Tenía el cuello partido y estaba tirado en la puerta del salón. Tania gritó aterrorizada y llamó a su madre.

---Hola, hija, ¿cómo estás?

Ella, al borde de la taquicardia, respondió:

---Mamá, han matado a Lucky.

Su madre soltó el auricular de repente. Luego lo cogió y se lo puso en la oreja, pero se quedó en silencio durante unos segundos. 

---Mamá, ¿estás ahí? ---dijo Tania nerviosa.

---Sí, cariño, perdona. ¿Cómo que han matado a Lucky?

---Acabo de volver de la universidad y me lo he encontrado muerto ---dijo Tania.

---Hija los perros se mueren. A lo mejor era su hora.

---No, mamá, tiene el cuello del revés ---dijo Tania y rompió a llorar---. ¿Quién le ha hecho esto a mi perro?

Su madre intentó calmarla, pero la ansiedad de Tania no hacía más que aumentar. 

---¡Quiero a mi Lucky, joder! 

Las lágrimas mojaban sus labios y dejaban en ellos un sabor salado. Tania se llevó una mano al pecho; le empezaba a faltar el aire. El corazón le bombeaba tan fuerte que los gritos de su madre pidiéndole que se calmara se oían como una brisa. 

---Tania te compramos otro perro, pero por favor no sigas llorando así que te va a dar algo.

---¡No quiero otro perro! ¡Quiero saber quién ha matado al mío y por qué!

Tania se quedó callada pensando. ¿Y si llamaba a la policía? En estos casos era lo normal. Sin embargo su madre insistió en que no lo hiciera. Le dijo que por un perro la policía no se iba a molestar. Pero el problema no solo era el perro. También era que alguien había entrado en su casa. Un psicópata que, de haber estado ella, podría haberla matado. 

Aun así su madre se empecinó en que no avisara a la policía. ¿A qué venía tanto interés en que no denunciara lo que había pasado? ¿Acaso pensaba que se lo había inventado? 

El disgusto de antes se fue convirtiendo poco a poco en cabreo. Ella no se estaba inventando nada. ¿De qué le servía decir que habían matado a Lucky? 

---Tania solo te he dado un consejo ---dijo su madre.

---Pues no necesito tus consejos, mamá.

Y dicho esto colgó. Respiró profundamente y se secó las lágrimas que aún colgaban de sus pestañas. Más calmada fue a inspeccionar la habitación. La ventana estaba abierta de par en par. Tania se quedó paralizada. No recordaba haberla abierto antes de irse, pero estaba tan nerviosa que no sabía qué pensar. 

El resto de la habitación estaba impecable. No habían tocado nada. Ni siquiera la radio que era lo que más podía valer. Lo único extraño era la ventana. Tania se acercó y empezó a mirar. Si habían entrado por ahí, tenía que haber pisadas o algún desconchón, pero no encontró nada.

Tania resopló. Se apoyó en el alféizar y observó como las farolas pasaban a ser las luces de Madrid ahora que el cielo empezaba a apagarse. No sabía qué hacer ni qué creer. La opción de llamar a la policía había pasado a estar en la cuerda floja. 

De repente un mensaje la sobresaltó. Era de Alberto. Tania dudó si leerlo durante unos segundos, pero al final la curiosidad pudo con ella.

“Aunque no contestes mis llamadas, sé muy bien dónde encontrarte”.

¿La estaba amenazando? Tania apretaba tan fuerte el móvil que las venas empezaron a dibujar caminos en su brazo. Eso ya era el colmo: su ex intimidándola. Pero, ¿quién se creía que era? 

Sintió como la rabia le agarrotaba los dedos. Abrió la lista de llamadas perdidas, pero estaba en blanco, igual que se quedó ella. Estaba segura de que no las había borrado. Desde la noche anterior, estaban pasando cosas muy raras. 

Tania buscó en la agenda el número de su ex, le dio a llamar y se puso el móvil en la oreja. 

---El número marcado no corresponde a ningún cliente ---dijo la operadora.

Colgó y volvió a llamar. Otra vez la misma respuesta. 

---Serás cabrón ---dijo enfadada a la pantalla. 

Al cabo de unos segundos, el fondo de pantalla se volvió negro y se dio cuenta de que tenía un asunto más urgente que atender: Lucky seguía muerto en la puerta del salón. Dejó el móvil encima del escritorio y salió.

La oscuridad que recorría el pasillo hacía que el cuerpo del perro se intuyera como una aparición. Tania encendió la luz y fue hacia él. Conforme se acercaba sentía como si algo le estuviese estrujando el estómago y algunas lágrimas empezaron a resbalar por sus mejillas. 

Seguía sin saber si llamar o no a la policía, pero pensó que sería mejor decidirlo al día siguiente. Ahora tenía que deshacerse del cadáver antes de que empezara a oler. Lo metió en una bolsa de basura grande y lo bajó al contenedor.

---Yo creo que hiciste bien en no avisar a la policía ---dijo Lucía---. Si no te robaron nada, a lo mejor por un perro ni se molestan.

“Eso mismo dijo mi madre” iba a responder Tania antes de mirar hacia atrás y quedarse expectante. Desde que había salido de casa tenía un mal presentimiento.  

---¿Qué pasa? ---dijo Lucía mirando también hacia atrás.

---Creo que me está siguiendo ---dijo Tania inquieta.

---¿Quién?

Tania empezó a mirar entre el alboroto de bolsas de zapatos y ropa que inundaba la calle Princesa. Lucía nerviosa volvió a insistirla.

---Mi ex.

Lucía resopló y tiró de ella. Tania se volvió y le dijo:

---¿Me puedo quedar a dormir en tu casa esta noche?

Su amiga asintió. Tania suspiró tranquila y siguieron andando. Sin embargo la preocupación de que su ex la estaba siguiendo no desapareció. A cada instante, le sentía detrás y se giraba asustada. Y cuando volvía a mirar al frente, la calle Princesa parecía haberse alargado y la obsesión de Tania aumentaba. 

Hasta que llegaron a casa de Lucía en Ventura Rodríguez Tania no le contó lo del mensaje de Alberto. Fue entonces cuando entendió la inquietud de su amiga. 

---Ese tío es gilipollas. Seguro que te llama y te manda mensajes para vacilarte ---dijo Lucía para que Tania le quitara importancia al asunto.

Ella se había acercado a la ventana de la habitación y vigilaba la calle. Esa noche, las nubes sujetaban una luna tan blanca que su resplandor convertía en sombras a las personas que aún paseaban por la calle Princesa. 

Puede que Lucía tuviera razón. El comportamiento de Alberto era de un gilipollas. Pero el mensaje que le había mandado no sonaba a broma. 

---¿Y si me quiere hacer daño?

Tania se dio la vuelta y miró preocupada a su amiga.

---No te rayes tía, que se está cachondeando de ti y punto---dijo Lucía mientras dejaba la mochila apoyada en la puerta---. Lo mejor que puedes hacer es pasar.

Ella se dejó caer en la cama y se tapó la cara con las manos. Si solo fuera pasar del mensaje de su ex, lo tendría chupado, pero lo que de verdad la inquietaba era que las llamadas perdidas y el mensaje habían ocurrido al mismo tiempo que lo de la radio y lo de su perro. Y todo en dos días. 

Claro que esto a Lucía no se lo dijo, como tampoco le contó que las llamadas de Alberto se habían borrado misteriosamente del móvil.

---¿Puedo ver el SMS? ---dijo Lucía de repente.

Tania se incorporó, abrió la bandolera y le dio el teléfono. Lucía abrió los mensajes, pero la carpeta estaba vacía. Desconcertada le quitó el móvil de un tirón. Efectivamente no había ningún mensaje. 

---Te juro que estaba aquí ---dijo y empezó a buscar en los mensajes eliminados, aunque tampoco lo encontró. 

Su amiga no le dio importancia. A veces, en su móvil también se borraban los mensajes y las llamadas solas. Sin embargo ella sabía que aquello no era un simple error del teléfono...

miércoles, 3 de agosto de 2016

El secuestro de Lucy (VIII)

Dentro de Jerry afloraron una serie de sensaciones que en ese momento no supo explicar. Esa voz… Pero enseguida sacudió la cabeza. Acercó otra vez la oreja a la pared. Ya no se oía nada. Una bocanada de alivio se escapó de sus labios.

Se agachó a por las muletas y salió hacia la habitación de Lucy. La niña había cerrado la puerta. Jerry tamborileó con la yema de los dedos.

---Hija, ¿puedo pasar?

Lucy no contestó.

---Venga no te enfades ---dijo Jerry y volvió a llamar---, que te dejo ir a dormir con tus tíos y con Gillian.

Aguardó unos segundos, pero al ver que tampoco respondía esa vez abrió de golpe la puerta. Lucy no estaba y el ambiente de la habitación olía a cerrado. Entonces sintió como una alarma en su pecho. Tiró las muletas al suelo y cojeando la buscó dentro del armario, debajo de la cama, a gritos fuera del cuarto.

Cada vez que la llamaba y no recibía respuesta la voz se le resquebrajaba. ¿Tan poco tiempo se merecía volver a ver a su hija que el destino ya se la había arrebatado? Las lágrimas empezaron a encharcar sus mejillas.

Jerry se arrimó a la pared del pasillo y se dejó escurrir hasta el suelo. Escondió la cara entre las piernas y siguió sollozando.

Damon subía por la escalera cuando los alaridos de Jerry le sobresaltaron; eran tan fuertes y dolorosos que al escucharlos se vio caminando hacia la propia muerte.

---Jerry, ¿qué pasa?

Damon subió corriendo al piso de arriba y se agachó al lado de su hermano. Jerry levantó la cabeza. Tenia la cara enrojecida y los ojos a punto de salírsele de las órbitas.

---¡Lucy ha desaparecido!

Damon le miró con lástima y sin decir nada le abrazó.

---Dime que está en tu casa, Damon ---dijo Jerry con la boca apoyada en el hombro de su hermano.

Damon se apartó.

---¿Cómo va a estar en mi casa?

---No sé, a lo mejor se le había ocurrido ir allí. Como antes en la comida no la he dejado irse a dormir a tu casa...

Ahora el rostro de Damon se tornó de terror.

---Jerry, esta tarde solo estábamos Amy, Gillian, tú y yo.

En aquel momento, los puños de Jerry se tensaron.

---Tendríamos que haberte ingresado de verdad en el hospital del doctor Mark ---dijo Damon con voz desesperada.

Jerry sintió como la ira hinchaba cada vena de su cuerpo. ¿Acaso iban a estar así toda la vida? Primero que si Lucy nunca había desaparecido; luego que sí, que nunca había vuelto. ¿Hasta cuándo iban a cambiarle la realidad? ¿Cuál era la realidad verdadera?

---¡Basta, joder! ---dijo Jerry y lanzó un gancho hacia la barbilla de Damon.

Su hermano consiguió esquivarlo por poco. Se levantó, volvió a mirarle con pena y se marchó a su casa. Jerry se quedó sentado en el pasillo hasta que la cara empezó a ensombrecérsele.

Giró la cabeza hacia un lado. Llamó a Lucy. Esperó. Las lágrimas que ya se le habían secado volvieron a mojarle los ojos. Luego miró hacia el otro lado, pero no dijo nada. Solo suspiró y se puso de pie.

Las muletas seguían tiradas en la habitación de Lucy, sin embargo se sintió incapaz de cruzar la puerta.





viernes, 15 de julio de 2016

Las gemelas de Aswen

El único hostal que había en aquel pueblo estaba encima de una colina donde nunca desaparecía la niebla. Era un edificio con muchos años, sin embargo, las reformas habían logrado modernizarlo un poco. No tenía más que seis habitaciones y en todas se asomaba a olisquear algún ratoncillo de vez en cuando.

Ana llegó a aquel pueblo una mañana temprano. De madrugada había recibido una llamada de su jefe diciéndole que fuera a ese hostal y Samuel nunca ordenaba nada si no era realmente importante. Así que en cuanto colgó preparó una maleta y se marchó.

¿Qué clase de misión le tocaría investigar esta vez? Ana empezó a sacar pañuelos y pañuelos de ideas de su imaginación. Pero hasta que llegó al hostal tuvo que conformarse con eso; Samuel no contestó el móvil durante todo el trayecto.

---Hola Ana, siento haberte hecho venir tan pronto ---dijo Samuel y le dio dos besos en las mejillas.

Ana encontró a su jefe apoyado en la puerta del hostal. Parecía llevar allí bastante tiempo.

---No te preocupes ---dijo Ana y dejó la maleta en el suelo---. ¿Qué ha ocurrido?

Antes de contárselo Ana y Samuel entraron al hostal y reservaron dos habitaciones contiguas en la tercera planta. Subieron a dejar el equipaje y se reunieron de nuevo en el vestíbulo.

Samuel la condujo hasta un sofá apartado de oídos curiosos y susurrando le explicó el motivo de su llamada.

Ana escuchaba atenta sin dejar de mirarle los labios. Aunque a veces tenía que girar la cabeza y pegar la oreja a su boca para oírle. Hacía dos días, Samuel había recibido una llamada de alguien de aquel pueblo y le había pedido que fuera a investigar porque en ese hostal se creía desde hacía años que había fantasmas. Y no fantasmas cualquiera; espíritus de unas chicas que desaparecieron del pueblo de repente y a quienes se creía que habían asesinado en el hostal.

---¿Y sabes quién te llamo? ¿Te dijo su nombre? ---dijo Ana susurrando.

---No me lo quiso decir. Solo sé que era un hombre ---susurró Samuel.

---¿Crees que nos podemos fiar entonces?

Samuel afirmó despacio con la cabeza.

---Después de la llamada busqué en internet el caso de las chicas y encontré esto ---dijo Samuel y sacó del bolsillo una hoja de periódico doblada.

Ana la desdobló y leyó: 

MIÉRCOLES 12 de Marzo de 2013

“Las gemelas de Aswen”.

Rachel y Hana Sellers; Amy y Connie Tyler y Susan y Brenda  Hunter  fueron vistas por última vez hace tres días en el pueblo de Aswen. Las seis jóvenes salieron por la tarde de sus casas y se alejaron hasta el pie de la colina. Nadie las vio marcharse de allí… 

Ana quitó los ojos del periódico.

---Que curioso que todas fueran gemelas, ¿verdad? ---dijo Ana.

---Sí y al parecer eran las únicas gemelas del pueblo ---dijo Samuel.

Ana frunció los labios y echó los ojos hacia un lado. Pensar así le daba un toque interesante, sexy.

---Yo también me llevo preguntando dos días que les pasaría a esas chicas ---dijo Samuel.

Ana suspiró.

---¿Tú crees en los fantasmas? ---dijo Ana.

---Te da miedo dormir sola ¿o qué? ---dijo Samuel con una sonrisa burlona.

---Si me diera miedo, tú serías el último al que le pediría que durmiera conmigo ---dijo Ana y le pellizcó la pierna.

Después de una ducha y una breve siesta, Ana y Samuel salieron del hostal. Mientras bajaban la colina y la niebla se despegaba de ellos sintieron como el pueblo iba cobrando vida a medida que se acercaban. 

No obstante, el entusiasmo que parecía conducir a esas gentes se esfumó por completo cuando Ana y Samuel preguntaron en mitad de la plaza por las familias de las gemelas. Nadie quiso decirles dónde vivían ni quiénes eran y más de una madre apretó a su hijo contra su pecho y se marchó corriendo.

---Que supersticiosos son en los pueblos, ¿eh? ---dijo Samuel.

---Que mal lo tienen que pasar las familias de esas chicas ---dijo Ana---. Pobre gente.

---Suponiendo que aún vivan aquí ---dijo Samuel---. Lo mismo la superstición de la gente les obligó a marcharse hace tiempo.

De repente la voz de un hombre les hizo girarse.

---Las muchachas caminaron hacia la niebla. Un terrible rugido envolvió el aire y desde entonces no pueden regresar.

El hombre llevaba una máscara hecha de papel de aluminio sujeta con una cuerda a la nuca. Sacó una lengua bífida por la rendija que hacía de boca y se marchó corriendo. Ana y Samuel no se movieron, incapaces de creer lo que habían visto...


martes, 28 de junio de 2016

Réquiem por un recuerdo

Cuando Ángel abrió la carpeta y vio esas fotos se estremeció. ¿Qué hacía él con unas fotos de Mario, uno de sus alumnos, casi desnudo? Alguien se las había metido sin que se diera cuenta en la carpeta o a lo mejor era un montaje, pero ¿quién haría algo así? 

Ángel no recordaba nada del día. Sabía que había ido al trabajo porque llevaba puesto el “uniforme” de profesor: unos vaqueros y una camisa de lino verde caqui. Pero si no fuera por eso, ni siquiera sabría si había ido a trabajar.

De repente se había despertado en el sofá de casa. Ya era de noche y todo el salón estaba en sombra. Se había levantado somnoliento a encender la luz, había visto la carpeta tirada en el suelo y al abrirla había visto esas fotos. Aquellas fotos depravadas de pornografía infantil que seguían grabadas en su cabeza y que por lo que temía se le representarían a la perfección cada vez que cerrara los ojos.

Para que eso no ocurriera decidió romperlas. Las rompió en mil trozos y luego los quemó. Mientras observaba como las fotos se hacían cenizas empezó a sonarle el móvil. Salió de la cocina apresuradamente; el humo del papel quemado le siguió hasta que cerró la puerta. Fue al salón y cogió el teléfono. Era Carmen. 

Ángel tragó saliva. Las manos le temblaban y el móvil amenazaba con caerse. ¿Sabría lo de las fotos? ¿Sabría que él tenía unas fotos de su niño casi desnudo? En ese instante, el móvil dejó de sonar. Carmen siempre le llamaba a esa hora, antes de que llegara Rafa, su marido. 

A Ángel le gustaba que le dijera lo cachonda que la ponía y todo lo que le comería la próxima vez que se vieran. Así era su relación desde que se habían conocido en una reunión en el colegio. Él nunca se había sentido culpable. Nunca le  había importado tocar lo que otros habían tocado antes. Sin embargo, al ver las fotos de Mario en su carpeta se había sentido despreciable, como un ladrón que había robado la inocencia de aquel niño. Aunque ni siquiera sabía si él había sacado esas fotos. No lo recordaba. 

De nuevo el móvil empezó a sonar. Ángel contestó con la voz quebrada...


martes, 21 de junio de 2016

El secuestro de Lucy (VII)

A la mañana siguiente, Jerry recordaba el día anterior como un sueño difuso. Se levantó, cogió las muletas del suelo y fue a la habitación de Lucy. La niña dormía con la sábana enredada en los tobillos. Jerry suspiró hondo. Las lágrimas querían volver a escaparse de sus ojos. 

Sin hacer ruido se marchó a la cocina y le preparó a Lucy el desayuno. Luego subió a despertarla. Cada vez que se dirigía a la habitación de la niña sentía como aumentaba el miedo de no encontrarla, de que todo hubiera sido un sueño. Sin embargo, cuando entró en la habitación Lucy seguía allí y el miedo desapareció. La pequeña ya se había despertado y contemplaba por la ventana la mañana llena de claxon y gente de Nueva York. 

---Buenos días papá ---dijo Lucy sin girarse.

---¿Cómo está lo más bonito de esta casa? ---dijo Jerry soltando una muleta y abrazándola por la cintura. 

Lucy se rio, se dio la vuelta y abrazó a su padre. Jerry la apretó con fuerza en su pecho y la besó en la cabeza. 

---¿Vamos a desayunar? ---dijo Lucy.

Jerry y Lucy bajaron a la cocina. Lucy empezó a devorar sus tortitas con sirope de chocolate. En cambio Jerry se quedó embobado removiendo el café. 

---¿Qué te pasa papá?

---Nada cariño. Es que estoy muy contento de volverte a tener aquí conmigo.

---Pero si nunca me he separado de ti papá ---dijo Lucy y le cogió de la mano.

Jerry se la apretó con fuerza.

---No sabes lo mal que lo he pasado sin ti cariño.

Lucy quiso contestar, pero el timbre la interrumpió. Jerry cogió las muletas y se levantó a abrir. Eran Amy y Gillian. Damon estaría dando clases de robótica en la universidad.

---Hola tío Jerry ---dijo Gillian y le abrazó---. Venimos a desayunar con vosotros.

---¿Con nosotros? ---dijo Jerry.

---Claro, con Lucy y contigo ---dijo Amy.

Jerry se quedó inmóvil. ¿Cómo sabían que Lucy estaba allí? ¿Qué había vuelto?

---¿Quién os ha dicho que Lucy ha vuelto?

---¿Es que se había ido? ---dijo Amy mirando confusa a su cuñado.

Jerry resopló y se llevó las manos a la cabeza. Amy le dijo a Gillian que fuera a jugar con Lucy. Entonces ella agarró del brazo a Jerry y casi arrastrándole se lo llevó al salón.

---¿Qué te pasa? ---dijo Amy. 

---Pues que de un día para otro mi vida vuelve a ser como hace seis años.

Amy le miró desconcertada.

---¿Te ha vuelto a llamar Nikky o qué? 

---No, ha vuelto Lucy conmigo. Hace seis años la secuestraron y ayer por la noche cuando regresé a casa estaba aquí.

Amy se quedó sin habla. Jerry le narró cómo se había escapado del psiquiátrico después de cinco años ingresado; cómo había regresado a casa en el coche de su vecina y cómo había reaccionado al ver a Lucy abrir la puerta. Fue la sensación más rara que había sentido en la vida. Era como si el tiempo hubiera retrocedido y le estuviera dando otra oportunidad. La oportunidad de proteger a su hija y de impedir que nadie se la volviera a llevar. 

Jerry paró de hablar y miró a su cuñada.

---No me crees, ¿verdad?

---No entiendo nada de lo que dices, Jerry ---dijo Amy---. ¿No habrás vuelto a tomar pastillas?

---No me estoy drogando, joder. Solo te estoy diciendo la verdad.

---Pero qué verdad Jerry. Si el otro día estuvimos aquí comiendo.

---Amy hacía años que no os veía a ninguno ---dijo Jerry y golpeó el suelo con una muleta---. Desde que me ingresasteis en el psiquiátrico.

Amy resopló. Definitivamente su cuñado había perdido la cabeza. ¿Cómo iba a dejar que Lucy se quedara sola con él? Tenía que llamar a Damon y contárselo. Pedirle que viniera y que convenciera a su hermano de que dejara a Lucy pasar el día y la noche con ellos. O los días que hicieran falta hasta que Jerry estuviera mejor. 

A la hora de comer llegó Damon. Amy le había llamado en una visita al baño y le había puesto al corriente de lo que Jerry le había contado. Por eso Damon ideó una estrategia por el camino y pensó que lo mejor era proponerle a Gillian si quería que su prima durmiera con él esa noche.

---Sí, quédate Lucy ---dijo Gillian con la boca llena de pan.

---Claro, y esta tarde nos vamos al cine ---dijo Damon.

---No. Lucy se queda aquí conmigo ---dijo Jerry tajante. 

---Papá, solo es esta noche. Déjame irme por favor.

Jerry soltó el tenedor y le agarró las manos a Lucy.

---Te la vamos a cuidar muy bien, ¿eh? ---dijo Damon. 

---Me da lo mismo. He dicho que se queda conmigo y punto.

Jerry le susurró a Lucy que subiera corriendo a su habitación y cerrara la puerta. La niña lo hizo sin rechistar. Luego echó a los demás de la casa, recogió los platos aún sin terminar de la mesa, los apiló todos en la encimera de la cocina y subió a su cuarto. Tiró las muletas al suelo, se tumbó en la cama y escuchó atentamente el viento silbando en las cortinas.

De repente, un golpe en la pared le sobresaltó. Jerry se levantó, cojeó hasta donde había escuchado el sonido y pegó la oreja a la pared. De nuevo, otro golpe. Pero más fuerte que el anterior y al cabo de unos segundos una voz que decía:

---Quiero salir de aquí. Papá, ¿dónde estás?








domingo, 29 de mayo de 2016

La leyenda de los Cavallosa

Merche detuvo el coche. La noche empezaba a caer y la majestuosa casa de piedra se distinguía como una enorme sombra entre las espigas de aquel secarral. La chica bajó del coche y anduvo hacia la casa. No hacía especialmente frío, pero el tacto de las espigas al rozarle en las manos le hacía estremecerse.

Al llegar a la puerta, Merche se acarició el vientre ya un poco abultado y respiró hondo. Agarró la aldaba y llamó. Al cabo de unos segundos, una anciana en camisón abrió y la estudió detenidamente por encima de las gafas.

---¿Eres Merche? ---dijo la anciana.

Merche asintió.

La mujer se dio la vuelta y empezó a andar hacia el interior de la casa. Merche la siguió por un estrecho pasillo cuyas paredes estaban repletas de cuadros. Cuadros pequeños, sobre todo, pero también grandes; todos de muñecas de porcelana.

Al llegar al final del pasillo, la anciana entró en una sala iluminada con velas. Debía de ser el salón. Allí también había muñecas, pero estaban sentadas en una estantería y sus ojos parecían acusar a todo el que las mirara. Así se sintió Merche cuando vio sus caras reflejadas en el fuego.

La anciana se sentó en un sillón enfrente de una mesa. Acercó una vela al centro y le señaló a Merche el sillón que había al lado.

---Bueno, comencemos con la entrevista ---dijo la anciana.

Merche volvió a asentir.

La anciana empezó a hablarle de una familia: los Cavallosa. Una familia que había vivido en esa casa hacía cien años. Le dijo que tenían una tienda donde vendían muñecas de porcelana y que durante muchos años esas muñecas fueron populares por toda España.

Merche sintió en la nuca la mirada acusadora de las muñecas.

La mujer siguió narrando la historia y le dijo que de un día para otro, la gente dejó de comprar en la tienda y los Cavallosa tuvieron que poner el negocio en venta. Tras largos años de espera sin haber vendido el local, doña Matilde Cavallosa fue a la tienda, guardó todas las muñecas que pudo en unas cajas y prendió fuego al resto...


sábado, 30 de abril de 2016

El secuestro de Lucy (VI)

Cinco años pasaron desde que Jerry se despertó una mañana en aquel hospital psiquiátrico. Cinco años sin saber cómo le habían conseguido ingresar Damon y Amy sin que él se enterara; sin que pusiera resistencia. Cinco años sometido a medicamentos que le dejaban ido durante horas.

Al principio, Damon y Amy iban a verle todos los días. Sin embargo, conforme pasaba el tiempo, sus visitas empezaron a bajar a una por semana, una por mes, hasta que al final dejaron de ir. Entonces, Jerry se vio más solo que nunca. Varias veces tuvieron que sedarle, porque la desesperación le hacía dejar de comer y la única solución eran sondarle y darle la comida con suero.

El doctor Anthony Mark también dejó de ir a hablar con él de un día para otro. Aunque eso a Jerry no le afectó tanto. Lo mismo que le decía el doctor Mark, se lo decía otro médico que iba a verle y que había estudiado su caso. Y a la semana siguiente, venía otro y le decía lo mismo que el anterior. Llegó un momento, en que Jerry relataba la historia de Lucy como quien dicta, de memoria, la lista de la compra.

Sabía a ciencia cierta que ya no volvería a ver a su hija así que ya no se molestaba en pensar en ella como antes. Ya no imaginaba teniéndola en sus brazos, ni oyendo su risa, ni escuchando su voz cuando por las noches se tumbaban en la cama y hablaban hasta quedarse dormidos.

Una mañana, Jerry esperó que alguna enfermera entrara a la habitación y le llevara al despacho del psiquiatra que hubiera venido. Sin embargo, no entró nadie a verle en toda la mañana, ni tampoco por la tarde. Jerry, extrañado, cogió las muletas, se acercó a la puerta y pegó la oreja. Era imposible escuchar nada. Entonces, agarró el pomo y lo giró. La puerta se abrió y Jerry se asomó a un pasillo oscuro y vacío. ¿Dónde estaba todo el mundo? Jerry salió de la habitación y anduvo hasta el final del pasillo. Bajó las escaleras que llevaban al vestíbulo. En la recepción, tampoco había nadie. ¿Qué estaba pasando? Jerry fue a la puerta de entada y la abrió.

La calle había sido como un lienzo en blanco que se dibujó ante sus ojos. Cinco años encerrado habían hecho que perdiera el recuerdo de los colores, del sol, de los sonidos de la ciudad… Jerry salió, aspiró, profundamente, el aroma de la libertad y se alejó del psiquiátrico. El pijama blanco que llevaba llamaba la atención de la gente, que se giraba cuando él pasaba. Pero eso a Jerry le daba igual; ahora su preocupación era ver cómo volvía a casa.

Había salido del hospital con una mano delante y otra atrás. La última vez que había visto sus pertenencias había sido cuando le internaron. No tenía nada, salvo las muletas y ese pijama blanco. Tendría que pedirle dinero a alguien, pero en cuanto le vieran así pensarían que era un loco y saldrían corriendo.

Jerry pensó en sentarse en la esquina de un edificio y esperar que la gente le echara alguna moneda. Entonces, se encontró una vecina que iba hacia el coche. La mujer acababa de comprar e iba cargada con tres bolsas en cada mano. Se alegró y se sorprendió mucho al ver a Jerry; sobre todo cuando vio como iba vestido. Jerry también se sorprendió al verla. Esa mujer era vecina suya desde hacía años y desde que la conocía iba en silla de ruedas.

Sin poder evitarlo, Jerry le preguntó, pero ella dijo que no recordaba haber usado nunca una silla de ruedas. Jerry no insistió y le ayudó con las bolsas. Mientras las guardaba en el maletero, Jerry esperaba que la mujer le preguntara dónde había estado o si sabía algo de Lucy. No obstante, ella no le dijo nada; solo le ofreció llevarle a casa.

Al llegar a la puerta de su casa, Jerry se dio cuenta de que no tenía las llaves. Suspiró desesperado y se quedó inmóvil pensando cómo entrar. Si tuviera un teléfono, avisaría a Damon que siempre tenía una copia de las llaves, pero había perdido la pista de su hermano desde hacía años. No sabía, ni siquiera, si vivía en la ciudad.

De repente, escuchó el sonido de unas llaves girando en la cerradura desde dentro. Jerry se asustó y se apartó de la puerta con una muleta en alto. Las llaves hicieron el último clic en la cerradura y la puerta se abrió. Jerry se quedó paralizado.

---Papi, ¿qué haces así vestido? ¿por qué has tardado tanto?

Lucy se lanzó a sus brazos y le besó en la mejilla.

---¿Quién eres?---dijo Jerry apartándola.

---Papi, soy Lucy.

La niña le miró preocupada. Sus pequeños ojos se volvieron más azules todavía.

---No. A mi hija la secuestraron hace seis años. Es imposible que tú seas ella.

---Pero qué dices, papá.

Jerry se sentó en el suelo del porche y empezó a llorar escondiendo la cara entre las piernas. ¿Por qué le pasaba a él esto? ¿Por qué no le dejaba su mente aceptar que Lucy ya no volvería con él nunca?

La niña se sentó a su lado y le abrazó con fuerza. Era el espejismo más bonito que Jerry había sentido desde hacía mucho tiempo. Si por él fuera, viviría de aquella visión siempre. Sin embargo, sabía que eso no le iba a hacer ningún bien. Así que respiró hondo, se dijo en voz baja que aquella Lucy no existía y levantó la cabeza.

---Papi, ¿qué te pasa? ¿por qué lloras?

Sin dejar de llorar, Jerry le acarició la cara. Había soñado con ese momento tantas veces… Lucy volvió a abrazarle. Le dijo al oído que le quería y que por la noche le contara un cuento antes de dormir. Jerry sonrió y entonces dejó de importarle que aquello fuera real o no.

domingo, 10 de abril de 2016

Escritor de alta tensión

Héctor se despertó. Estaba apoyado en un banco de gimnasio y la boca le sabía a ginebra.  Del techo, caían gotas que sonaban, con fuerza, en una cañería que rodeaba la sala. Héctor se restregó los ojos. ¿Dónde estaba? Intentó incorporarse, pero tenía las piernas entumecidas.  

Con cuidado, descruzó las piernas y miró a su alrededor. En el centro de la sala, había una silla con una cuerda en el respaldo. Al otro lado, en una esquina, había dos bicis. Héctor las reconoció enseguida: eran las bicis de él y Marta. ¿Había pasado la noche en su trastero? Héctor no entendía ni recordaba nada. 

De repente, la puerta se abrió y entró su amigo Lucas encañonando a Marta con una pistola en la espalda. Marta giró la cabeza, un instante, hacia Héctor. Tenía los ojos encharcados de lágrimas y rastros de rímel por las mejillas. Sin dejar de apuntarla, Lucas le agarró de un brazo y la sentó en la silla. Luego, dejó el arma en el suelo y le ató las manos y los pies con la cuerda. 

---¿Qué coño estás haciendo?

La voz de Héctor resonó en el trastero al tiempo que un goterón retumbaba en la cañería. Héctor hizo ademán de levantarse, pero Lucas cogió, rápidamente, la pistola y la puso en la sien de Marta.

---Como te muevas, la mato---dijo Lucas.

Héctor volvió a apoyarse en el banco de gimnasio y se quedó petrificado. Lucas siguió apuntando a Marta sin quitarle los ojos de encima a Héctor. Sin embargo, a Lucas le temblaba el pulso y la pistola no hacía más que golpear la frente de Marta. 

Héctor tenía tanto miedo de que se disparara la pistola que se quedó casi sin respirar. Los latidos de su corazón, acompañados del tintineo de las gotas al golpear en la cañería, era lo único que se escuchaba. Cada vez que la pistola se movía en la mano de Lucas, sentía como la saliva se le atragantaba en el esófago...


lunes, 21 de marzo de 2016

El secuestro de Lucy (V)

     Se quedaron de piedra.

–– ¿De dónde has sacado eso? ––dijo Jerry.

––Estaba en tu habitación tío Jerry.

Jerry se levantó cojeando y le quitó la foto. Desconcertado, la observó por todos lados. Era imposible que fuera la foto de su niña. Sin embargo, por mucho que la mirara, la foto no daba paso a la equivocación. Era la foto de Lucy. La foto que él juraba y perjuraba que le habían robado y que le habían cambiado por una nota. ¿Acaso la había devuelto quien se la llevó? ¿Pero por qué haría tal cosa?

Mientras Jerry se estrujaba el seso buscando respuestas, Damon y Amy le observaban preocupados. Sabían que la desaparición de Lucy había afectado a Jerry hasta puntos inimaginables. Casi hasta para quitarse la vida. Pero nunca habían pensado que su cerebro llegaría al punto de inventar y cambiar su entorno real.

Amy se levantó y se acercó a Gillian para decirle que se marchara arriba a jugar. Luego, se colocó al lado de Jerry y, con cuidado, le quitó la foto. La dejó encima de la mesa y le llevó, de un brazo, hasta el sofá.

Damon, mientras tanto, se había marchado a la cocina para hacer una llamada.

Cuando regresó, Jerry y Amy estaban sentados en el sofá. La cara de su hermano seguía con la misma incertidumbre. Damon se sentó a su lado e, intentando poner el tono de voz más suave posible, le dijo:

––Jerry, ¿por qué te has inventado todo esto?

–– ¡No me he inventado nada! ––dijo Jerry indignado––. Os juro que ayer no estaba la foto.

––Acabo de hablar con Michael por teléfono––dijo Damon––. No sabe nada de lo que dices.

–– ¿Me estás llamando loco? ––Jerry apretó los puños.

Damon suspiró hondo y bajó la mirada a sus zapatos.

––Bien no estás––dijo al cabo de un rato––. Nosotros solo queremos ayudarte.

–– ¿Podéis decirme dónde está Lucy? ¿O si está bien? ¿O cuándo va a volver conmigo?

––Eso no lo podemos saber nosotros, Jerry––dijo Amy y le cogió la mano.

––Entonces no podéis ayudarme.
Jerry se soltó de su mano y se levantó.

––Cerrar la puerta cuando os vayáis.

Jerry cojeó hasta la pared donde tenía apoyadas las muletas. Las cogió y subió a su habitación.


No salió de ahí, prácticamente, más que para comer e ir al baño. La mayor parte del tiempo se lo pasaba mirando la foto y preguntándose cómo había regresado a su sitio. Aunque a veces, otra cuestión también se abría paso en su cabeza: ¿por qué había dicho Michael que no sabía de lo que hablaba?

Tres días estuvo así, hasta que una mañana el timbre de la puerta empezó a sonar. Jerry se restregó los ojos; tenía la sensación de haberse quedado dormido hacía muy poco. Se incorporó, agarró las muletas y bajó, descalzo, a abrir.

Damon, Michael y un hombre con sombrero y libreta aguardaban en la entrada.

––Hola Jerry, ¿te importa que entremos? ––dijo Damon.

Sin decir nada, Jerry se apartó a un lado y les dejó vía libre. Damon, Michael y el desconocido, del sombrero y la libreta, entraron en fila hasta el salón.

––Jerry te presento al doctor Anthony Mark––dijo Damon.

Jerry le estrechó la mano.

––Es uno de los mejores psicólogos de Nueva York.

––Tampoco es para tanto––dijo el doctor.

––Bueno, ¿y a qué ha venido? ––dijo Jerry.

––A hablar contigo. El doctor Mark es experto en casos como el tuyo. Le he contado lo que te ocurrió el otro día y se ha ofrecido a ayudarte.

––Pues se lo agradezco mucho, pero el único que podría ayudarme, y no lo hace, es este subnormal que está aquí––Jerry señaló a Michael.

––Que yo sepa, no soy experto en gente que está mal de la cabeza––dijo el policía.

Damon tuvo que parar a su hermano, pues de no hacerlo, una de las muletas le hubiera saltado los dientes a Michael.

––Jerry, sé por lo que está pasando––dijo el psicólogo––. He conocido a varias personas en su misma situación y en algún momento sus mentes les han jugado malas pasadas y les han hecho confundir la realidad.

––Yo no he confundido nada. Lo que pasó con la foto fue real.

––El cerebro es nuestra arma más poderosa. No se imagina hasta qué punto puede crear realidades paralelas, con tal de conseguir que veamos lo que queremos.
Jerry tosió para tapar la risa. Ahora resultaba que su cerebro había inventado lo de la nota de amenaza en el marco de la foto, porque era lo que él quería ver. Muy lógico todo.

––No te cuesta nada ir a su consulta algún día y hablar con él––dijo Damon––. Aunque sea solo por probar.

––Vale, iré. Pero quiero saber una cosa: Michael, ¿por qué le dijiste a mi hermano que no sabías de lo que hablaba cuando te preguntó por lo de la foto?

El policía se encogió de hombros.

––Es que no sabía lo que me estaba diciendo. Yo ni sabía que existía esa foto.

––Pero si estuviste aquí en casa y me estuviste preguntando si sospechaba quien se la había llevado y si había notado algún signo de violencia en la casa…

Michael empezó a negar con la cabeza.

––Jerry, yo ese día libraba. Es imposible que estuviera aquí contigo. A lo mejor te estás confundiendo y fue otro compañero.

––Que no me estoy confundiendo. En cuanto vi lo de la foto, llamé a comisaría y hablé contigo. Luego, viniste aquí y te llevaste el marco y la nota de amenaza. Eso fue lo que pasó. Lo que no entiendo es por qué lo niegas.

Michael echó la cabeza hacia atrás y resopló poniendo los ojos en blanco.

––Te repito que yo nunca he visto ni me he llevado la nota, esa que dices, ni el marco ni nada.

Jerry sintió como se le empezaban a marcar las venas de los brazos de lo fuerte que estaba apretando las manos en las muletas.

––Jerry, ¿le parece bien ir a verme pasado mañana? ––dijo el doctor.

Jerry no reaccionó. Su corazón parecía, en ese momento, una olla a presión a punto de estallar. Damon le quitó las muletas, despacio, y le llevó al sofá.

––Allí estará, doctor––dijo Damon––. Dígame la hora.

––A las 12:30. Tome mi tarjeta.



Jerry fue a la consulta del doctor Anthony Mark durante un mes. Siempre acompañado por su hermano o su cuñada. En las primeras sesiones, las ideas de Jerry eran claras: lo que había ocurrido con la foto de Lucy había sido real. Sin embargo, eso fue solo la primera semana, pues a partir de la segunda, las sesiones del doctor empezaron a convencerle de que quizás estaba equivocándose. Que todo podría haber sido un mal sueño o una táctica de su mente por encontrar pistas que ayudaran a buscar a Lucy.

Según el psicólogo, la mente de Jerry podía haber creado ese escenario por la desesperación de no tener nada a lo que aferrarse. Nada que pudiera ayudarle a saber si su hija estaba bien, por lo menos.



Una mañana, el doctor llamó a Damon y a Amy para que fueran a hablar con él. Les propuso ingresar a Jerry en un hospital que dirigía él en Ontario.

–– ¿Cree usted que es necesario llegar a eso, doctor? ––dijo Amy angustiada.

––Me temo que sí. Viniendo a mi consulta, estoy consiguiendo avances, pero son muy lentos. Allí en mi hospital, tengo a un equipo de médicos especializados y tecnología que sé que pueden ayudarle mucho mejor.

–– ¿Y qué tenemos que hacer nosotros? ––dijo Damon.

––Firmar la autorización para el ingreso.

El doctor abrió un cajón de su mesa y sacó los papeles. Damon y Amy autorizaron el ingreso.


jueves, 18 de febrero de 2016

El secuestro de Lucy (IV)


El teléfono empezó a sonar. Damon salió de la habitación y corrió a cogerlo.

–– ¿Diga?
––Dam, soy yo, ¿puedes venir a casa?
––Ahora no. Tengo que ir a trabajar.
––Joder, ¿no puedes llegar más tarde?
––Ya estoy llegando tarde, Jerry. Me he quedado dormido.

Damon se abotonaba, con la mano libre, los botones de la camisa.

–– ¿Y a qué hora sales?
––Sobre las doce.
––Pues vente directo a casa. Tengo que contarte algo.

Sin darle tiempo a contestar, Jerry colgó.

Aquella mañana, antes del mediodía, Damon se despidió de sus alumnos y se fue. Damon era profesor de robótica en la Universidad de Nueva York.
Jerry le esperaba sentado en el banco que había al lado de su puerta.

––Ya estoy aquí, ¿qué me querías contar?

Jerry y él entraron y se sentaron en el sofá. Jerry le narró lo sucedido la noche anterior. Damon escuchaba concentrado, con las manos entrecruzadas sobre la frente.

––Jerry, ¿has pensado alguna vez en dejar la desaparición de Lucy en manos de otros policías?
––La verdad es que no. Estos chicos siempre han sido mis compañeros y confié en ellos, desde el principio, para ayudarme.
––Jerry, dejaron de ser tus compañeros hace cinco años, cuando tuviste el accidente.

Jerry se miró el hueco del pie.

––Y aunque Michael sea un gilipollas, entiendo que te guarde rencor. Jerry mataste a su padre.
–– ¿A qué has venido? ¿A hundirme?

Jerry no levantó la vista. Habló lento, marcando cada sílaba.

––No, lo que quiero es que te des cuenta de que por mucho perdón que hayas pedido nunca olvidarán lo que ocurrió y que quizás es mejor confiarle tu caso a otros.

Jerry se mordió el labio inferior y miró a su hermano con ojos de cristal.

––Nunca quise que le pasara nada a Harry y nunca me perdonaré lo que hice. Pero aquel día, solo veía que Niky me había dejado, que se había ido con otro que la satisfacía más que yo––Jerry apretó los puños––. Quince años juntos se fueron a la mierda en un instante y yo no supe afrontarlo de otra forma que bebiendo. No pensé en las consecuencias que tendría luego coger el coche. Ahora las sé y ojalá pudiera volver atrás para rectificar mi error.

Algunas lágrimas empezaron a caer por su rostro.

––Perdóname, no tendría que haberte recordado esto––Damon le abrazó––. ¿Te apetece salir a comer fuera?

Jerry se secó los ojos con la manga y aceptó la invitación.


A la vuelta, Damon acompañó a Jerry a casa. Había avisado a Amy para que fuera con Gillian a las seis. Gillian era el hijo de Damon.
Ilusionado por ver a su sobrino, Jerry preparó una pequeña merienda. Incluso mandó a Damon a comprar una bolsa de las patatas favoritas del niño. Damon suspiró, contento de ver a su hermano feliz.

–– ¡Hola tío Jerry!

El niño le abrazó con fuerza. Jerry se tambaleó con las muletas.

––Hola Gill, ¿cómo estás?
––Bien. ¿Y la prima? ¿Sigue en el internado?

Jerry asintió. Detestaba mentir y más a su sobrino, pero ¿cómo se le dice a un niño de seis años que su prima ha desaparecido y que lo mismo no vuelve? Eso fue lo primero que se les ocurrió contarle y llevaban alargando la mentira ya un año.

––Pues a ver si viene, que tengo ganas de jugar con ella.
––La próxima vez que hablemos, se lo digo.

Jerry le removió el pelo cariñosamente.



La merienda había acabado hace rato. Jerry había aprovechado las danzas de su sobrino para contarle a Amy lo ocurrido con la foto.
De repente, el niño apareció con ella en la mano.

––Mira mamá, que bien sale Lucy en esta foto.


martes, 9 de febrero de 2016

El secuestro de Lucy (III)

Jerry suspiró. No podía creer que estuviera en casa. Por fin, después de una semana que le había resultado interminable. Damon y Amy habían ido a buscarle con el coche. Su idea era que Jerry pasara un tiempo con ellos, pero él se negó. Necesitaba un momento a solas. O mejor dicho, unos días.

Avanzó desde la puerta hasta el contestador automático y pulsó el botón. Como siempre, cero mensajes. Sin sorprenderse, se encogió de hombros. Luego, subió a su habitación, apoyó las muletas en la pared y se echó en la cama.

Bocarriba, Jerry empezó a tamborilear, con los dedos, el colchón. Pensaba en Lucy. Recordaba cuando se tumbaban los dos en la cama, por las noches, y hablaban hasta que ella se quedaba dormida. Ya hacía un año de eso. Jerry cerró los ojos, con fuerza, para contener las lágrimas.

Respiró hondo, aún con los ojos cerrados, y alargó el brazo hasta la mesilla de noche. Cogió la fotografía de Lucy y abrió los ojos. En lugar de su niña, la foto enmarcaba un folio en el que ponía «dile adiós para siempre». Jerry se incorporó y desmontó el marco. Las manos temblando y el aire sin llegarle a los pulmones.

Por detrás, la hoja estaba en blanco. Jerry se agarró el pecho y empezó a hiperventilar. Le habían quitado la foto de Lucy. La única forma que le quedaba para ver su sonrisa. Y luego estaba el mensaje. Jerry volvió a leer el folio. ¿Qué significaba? ¿Quién lo había escrito?




Diez minutos más tarde, un policía llamó al timbre.

–– ¿Qué ocurre Jerry, qué era eso tan urgente que tenía que ver?

El policía pasó al salón. Jerry se acercó a la mesa y señaló la hoja y el marco.

–– ¿Qué es esto?

––Eso es lo que me gustaría saber. Ahí antes estaba la foto de mi hija y hoy, cuando me he dado cuenta, he visto esto.

El policía le miró extrañado.

–– ¿No te  habías fijado hasta ahora?

––No, acabo de volver a casa. He estado una semana fuera.

Jerry esperaba que le preguntara dónde, pero la conversación siguió por otro lado.

–– ¿Has visto algún signo de violencia en la casa?

––No, nada.

–– ¿Y sospechas quién puede haber sido?

––Sí, el que se llevó a Lucy. Esto es una pista clarísima.

––Bueno, clarísima, clarísima, tampoco––dijo el policía––. Solo es un folio con una frase escrita a boli.

Jerry se encendió. Los colores empezaron a marcársele en las mejillas y su boca se torció en una mueca de ira.

––Vamos, que ahora tampoco me vais a ayudar.

––No es eso Jerry, lo que pasa es...

–– ¡Cállate Michael!––Levantó una muleta en señal de amenaza––. Me tenéis hasta los huevos. Si yo siguiera en el cuerpo, no descansaría hasta encontrar a vuestros hijos. Que he sido compañero vuestro, coño, y me estáis dando la espalda cuando más os necesito.

––Hacemos cuanto podemos, Jerry.

–– ¿Cuánto podéis? Sois todos unos hipócritas.

Michael se guardó la contestación. Entendía  la frustración de Jerry, pero por mucho que se empeñara aquella nota no llevaba a ninguna parte.

––Me tengo que ir. Dame la hoja y el marco y si averiguamos algo, te aviso.

Jerry se los dio y se fue, otra vez, a la habitación. Antes de llegar a la escalera, escuchó la puerta cerrarse.


lunes, 25 de enero de 2016

Los amantes en el Mágico Circo de los Monstruos

El telón del Mágico Circo de los Monstruos volvió a abrirse y, del techo, empezaron a llover cartas de póker acompañadas de un humo azul que bañó toda la sala. El público alzó la cabeza, asombrado, y trató de cazar alguna. Sin embargo, antes de que nadie pudiera cogerlas, las cartas salieron disparadas al centro del escenario donde el Mago las atrapó con su chistera.

El  Mago se puso el sombrero en la cabeza. Luego, sacó un tarro vacío de su chaqueta y, con un chasquido de sus dedos, el humo quedó encerrado dentro. Parecía mermelada de arándanos azules.

De nuevo, el público rompió a aplaudir. El Mago se guardó el tarro y dijo:

–– ¡Muy buenas noches! ¡Para el truco de hoy, les traigo algo innovador, algo que les hará volverse locos! ¡Les traigo el truco de los amantes decapitados!

En ese instante, una mujer, con tres jorobas, apareció arrastrando una gran guillotina. La colocó en el centro del escenario y se apartó al lado del Mago.

––Ahora, quiero que todos miren debajo de sus asientos––La gente se agachó llena de curiosidad––. Y que suban aquí quiénes encuentren los dos Ases de corazones.


Juan besó a Antonia y, sin soltarle la mano, la llevó al escenario. Ella sonreía, tímidamente, mientras el público aplaudía a su paso.

––Hoy las cartas han elegido a esta pareja para que la guillotina mágica decida si se quieren de verdad. Si la cuchilla le corta la cabeza a uno y, automáticamente, la cabeza del otro desaparece, entonces su amor es sincero. ¿Estáis dispuestos a perder la cabeza por amor?

Antonia y Juan se miraron. De sus labios, se intuyó un te quiero casi imperceptible. Juan le agarró la mano, la besó con ternura y se acercó a la guillotina.

––Sí.


El Mago preparó el artefacto y Juan metió la cabeza en el hueco. La gente se tapaba la cara con las manos y dejaba rendijas, entre los dedos, para mirar.

Entonces, el Mago le hizo una señal a la mujer jorobada y ella soltó la cuerda. La cuchilla mágica cayó y, de repente, las cabezas de Juan y Antonia se convirtieron en burbujas...



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