lunes, 28 de septiembre de 2015

La chica de papel (III)

Todos los días, hacía el mismo camino y me sentaba en el mismo banco donde la había visto. Y todos los días, regresaba sin verla.


Había momentos en los que me preguntaba si no estaría haciendo el tonto, pero, cada vez que miraba su retrato, crecían las esperanzas de encontrarla.

Al cabo de una semana, mis salidas matutinas despertaron la curiosidad de mis compañeros. Yo les decía que salía a dibujar, aunque, desde que la había pintado a ella, mi bloc estaba guardado en el armario. Lugar del que salió la noche antes de empezar el curso de ilustración.




Esa noche, mis compañeros me prepararon una cena “especial” para celebrar que, en unas horas, estaría en la escuela de cine, teatro y dibujo Metrópolis. Intentaron cocinar una lasaña casera, pero parecía que habían descuartizado a alguien y lo habían servido en la bandeja.

Aun así, me gustó mucho la sorpresa y me animé bastante; llevaba un rato deprimido pensando en que ya no iba a poder ir más a la calle de la Luna.

–– ¿Estás nervioso? ––dijo Jaime.

––Un poco.

–– ¿Por qué? ¿Os hacen prueba de nivel o algo así?––preguntó Sergio.

––No que yo sepa.

–– ¿Entonces?

––Pues porque es el primer día y no sé cómo va a ser la gente de mi clase y los profesores.

––Seguro que son muy majos, no te preocupes––dijo Jaime.

––Esperemos. Mañana os contaré.


Me levanté del sofá, les di las buenas noches y me fui a la cama.




El metro de Argüelles estaba petado. Como pude, saqué el móvil del bolsillo y miré la hora al tiempo que avanzaba, paso a paso, detrás de la multitud. El reloj marcaba las 7:45h. Me quedaba muy poco para entrar a la escuela y me empecé a agobiar.

Conseguí escabullirme de la gente y llegar a un ascensor. Me monté y presione, repetidas veces, el 0. Mientras subía, me sentía como un corredor de footing, pues no podía dejar de dar saltitos sobre los pies.

Sin embargo, mis ganas de salir corriendo cuando se abrieron las puertas, se vieron truncadas por las personas que querían entrar al ascensor y no tuve más remedio que arrollar a algunas para que no me arrastraran dentro otra vez.

Ignoré las quejas y los insultos de la gente a la que había empujado y empecé a correr. Ya iba a llegar tarde, pero por lo menos, tenía que intentar llegar antes de que me nombraran en la lista.


–– ¡Oye, espera! ––Oí detrás de mí.

Me detuve y miré. Un chico y una chica corrían hacia mí y me hacían señas con la mano; así que aguardé a que llegaran.

–– ¿Vas a Metrópolis? ––dijo la chica.

––Sí.

–– ¿A qué curso?

––A dibujo e ilustración.

––Mira, como nosotros; ya tienes acompañantes––dijo el chico.

Estupendo. Si ya llegaba tarde, ahora encima me iban a retrasar más estos dos.

–– ¿Sí?, que bien––Sonreí forzadamente.

––Venga, vamos.

Me agarró cada uno de un brazo y comenzamos a andar.


––Por cierto, nos llamamos Carlos y Helena, ¿y tú?

––Yo, Dani. ¿Sois hermanos?

––Sí, mellizos––dijo Helena.




La escuela era una obra de arquitectura moderna. Estaba formada  por varios cubos de Rubik, que hacían las distintas aulas y departamentos.

Los de dibujo e ilustración resaltaban de entre los demás: eran los únicos cubos adornados con viñetas de cómics. Los otros, en cambio, se distinguían porque encima de la puerta tenían un cartel que anunciaba a que materia pertenecían.

Carlos y Helena me llevaron hasta la puerta de uno de los edificios de ilustración. Un montón de chavales aguardaban, también, sentados en las escaleras de la entrada. Respiré tranquilo; aún no habían empezado.




De repente, la puerta se abrió y salieron 3 hombres y una mujer. Llevaban camisetas, a juego, pintadas con dibujos a acuarela. Todo el mundo supuso que serían profesores y se levantó. Ellos bajaron las escaleras y se colocaron frente a los alumnos.

–– ¡Buenos días! Me llamo Anaïs y estos son mis compañeros Tony, Hugo e Iván. Somos los tutores de los grupos de dibujo e ilustración de este año.

––Ahora, iremos pasando lista––dijo un profesor––. Cuando oigáis vuestro nombre, colocaros al lado de quien os haya llamado.

Cada uno, nombraba a un alumno y así se iban formando, poco a poco, los grupos. A los mellizos y a mí nos tocó con Anaïs.




Cuando ya estaban las clases completas, los tutores nos guiaron a las aulas. La nuestra estaba en el segundo piso. Era una sala cuadrada con los pupitres colocados de tres en tres. Un espejo enorme ocupaba una de las paredes, lo que causaba el efecto visual de que el tamaño de la clase aumentara. En otra pared, había dos armarios llenos de materiales y entre ambos, una ventana. La pizarra era una pantalla de cine que la profesora manejaba desde su ordenador. Y en la pared que quedaba, había una galería con los cuadros de los alumnos de otros años.

Carlos, Helena y yo entramos los primeros y nos sentamos en la última fila. Anaïs esperó a que todos cogieran sitio, luego entró ella y, desde su mesa, comenzó a hablar.

Nos explicó las asignaturas que íbamos a dar, la forma de evaluar los exámenes, las editoriales donde podíamos hacer las prácticas… En fin, lo típico que te cuentan un primer día de clase en un curso como ese.

Yo prestaba atención a duras penas; mis compañeros habían sacado sus blocs de dibujo y me los estaban enseñando.

––Joder, son impresionantes, ¿dónde habéis aprendido a pintar así?

––En ningún sitio, siempre se nos ha dado bien––dijo Helena.

–– ¿Y tú tienes algún dibujo? ––preguntó Carlos.

––Alguno, pero no son tan buenos como los vuestros.

––Que sí, venga, enséñanoslos.

Saqué mi bloc y lo abrí.

––Oye, pues pintas muy bien––dijo Helena.

––Gracias.

Siguieron pasando las hojas hasta que llegaron al retrato de la chica.

–– ¡Hala, que guapa! ¿Es tu novia? ––preguntó Carlos.

––Ojalá––dije poniendo los ojos en blanco––. Es solo una chica que vi y dibujé.

––Venga, chicos, vamos a callarnos ya que nos va a echar la bronca la profe.

––Calla, coño. Dani, ¿dónde la viste?

––Pero es que la vamos a liar al final.

Carlos resopló.

–– ¿Estás pesada, eh?

––Da igual, tío, luego te lo cuento.

––Vale.



Llegué a casa agotado; aunque relajado porque sabía que iba a estar solo unas horas hasta que Jaime y Sergio volvieran. Dejé la mochila en mi habitación, fui a la cocina a prepararme un bocadillo y me lo comí tirado en el sofá.

Después de ver un rato la tele, volví a mi cuarto. En clase, nos habían mandado dibujar un boceto, a carboncillo, de alguna parte de nuestra casa. Yo había pensado en el salón. Saqué el bloc de la mochila, los carboncillos, me senté en el escritorio e intenté visualizar lo que quería pintar.
Sin embargo, lo único que podía trazar mi mente era mi amor de papel.

Cerré los ojos y traté de concentrarme. Era inútil; de ese modo, solo conseguía imaginarla con más intensidad. Me llevé las manos a la cabeza y apreté con fuerza; necesitaba distraerme. Abrí los ojos, me levanté y bajé al chino a por una bolsa de patatas.




De regreso a casa, me llamó Carlos. Habíamos dejado a la mitad la conversación de clase y estaba ansioso porque le contara dónde había visto a la chica.

Se lo dije y, rápidamente, cambié de tema. Él siguió hablando de ella, pero al ver que no le seguía el royo, la conversación fluyó hacia donde yo quise.


Estuvimos charlando casi toda la tarde y, durante unas horas, conseguí sacármela de la cabeza. Aunque también me olvidé del trabajo para el día siguiente y luego se me hizo tardísimo.


jueves, 17 de septiembre de 2015

La chica de papel (II)

Todo el cuerpo se me había paralizado y, para cuando quise reaccionar, ya se había ido. Corrí hacia la esquina por la que se había marchado, y anduve unos metros, a ver si la alcanzaba, pero no había rastro de ella.

Me llamé imbécil por no haberle preguntado quién era. Ahora, solo la podría tener en el recuerdo y, seguramente, acabaría por borrarse. Así que para evitarlo, se me ocurrió una cosa: retratarla. Fue ahí, cuando me di cuenta de que había dejado todo en el banco y volví corriendo. En cuanto comprobé que no faltaba nada, me senté, abrí el bloc y comencé a pintar.

Cuando terminé, alcé el retrato estirando los brazos y sonreí orgulloso. De esa forma, podría verla siempre que quisiera. Guardé el cuaderno y el lápiz en la mochila y miré la hora en el móvil. Tenía varios WhatsApp de Jaime, pero no los leí; directamente, me levanté, me colgué la mochila a la espalda, cogí la bolsa de la papelería y me dirigí al autobús.




Esta vez, el 25 no tardó nada en llegar y enseguida estaba en casa. Entré derecho a mi habitación y saqué el retrato. Lo dejé encima del escritorio y, de nuevo, me quedé ensimismado contemplándola.

Cuanto más admiraba el cuadro, más dudas surgían en mi cabeza: ¿cómo se llamaría?, ¿de dónde sería?, ¿la volvería a ver?...

Sergio tuvo el detalle de sacarme de mi ensoñación cuando llamó a la puerta.


––Dani, ¿estás ahí?

Sobresaltado, guardé el dibujo en el cajón del escritorio y fui a abrirle.

––Hola, tío, pasa.

–– ¿Llevas aquí mucho?

Sergio se sentó en la cama y yo me quedé apoyado en el escritorio.

––No, acabo de llegar.

–– ¿Y dónde has estado?

––En el centro. He ido a comprar unas cosas para el curso. ¿Y tú que has hecho?

––Poca cosa: ver la tele, básicamente. Y ahora, iba a preparar la comida.

––Venga, pues te ayudo.




Fuimos a la cocina y abrimos la nevera. Ninguno éramos de cocinar mucho, así que nos hicimos una pizza barbacoa en el microondas.

Mientras Sergio la cortaba por la mitad, me fijé en las sartenes y los cubiertos que había en la pila. Eran de la noche anterior y, sabiendo lo maniático que era Jaime, seguro que le había repetido cien veces a su compañero que los recogiera.

Cogí dos platos y la botella de Coca-Cola de la nevera y nos fuimos al salón. Comimos viendo el último capítulo de los Simpson y a las tres y cuarto, Sergio se fue a trabajar.

Yo me quedé un rato más viendo la tele tirado en el sofá. Luego, recogí la cocina y fui a mi cuarto. Ordené los materiales, que había comprado, en mi armario, y cogí un libro de la estantería. Casi todos mis libros eran de arte o estaban ilustrados. Lo abrí por una página cualquiera y comencé a leer las técnicas sobre cómo se había pintado la ilustración que venía.

Leía sin prestar atención. Las palabras se agolpaban en mi cabeza, un segundo, y luego se esfumaban. No podía evitarlo; lo único que permanecía en mi mente era esa chica.

Dejé el libro en la estantería y fui al escritorio a coger su retrato. Necesitaba volver a verlo. Cuando lo tenía en mis manos, suspiré. Solo era un dibujo, pero cada vez que lo miraba, sentía que el corazón se me salía del pecho.




Jaime llegó a las ocho. Le oí entrar en su habitación y estampar la mochila contra la pared. Trabajaba de comercial, en el Corte Inglés de Goya, en la sección de perfumería, y todos los días volvía harto. Al cabo de un rato, salió y llamó a mi puerta.

––Pasa.

––Ay, por fin en casa. Pensaba que no se acabaría nunca el día.

Se acercó a mi cama y se dejó caer en ella.

––Me duele la mandíbula de sonreír tanto, joder. Puta gente; dicen que hay crisis, pero bien que se gastan pasta en perfumes.

––Ya, y en otras gilipolleces, también.

––Pues sí. Bueno y ¿tú que tal? ¿Te has comprado todo?

––Sí, mira.

Fui al armario y cogí los materiales.

––Oye, te he hablado por WhatsApp antes y no me has contestado––dijo mientras se los enseñaba.

––Se me ha pirado mirarlo, perdona. ¿Qué me habías dicho?

––Que recogierais la cocina, pero ya he visto que lo habéis hecho.

Me reí.

––Seguro que se lo has dicho a Sergio un montón de veces.

––Ya ves––Él también se rió.

Acabé de enseñarle lo que había comprado y volví a guardarlo en el armario. Seguimos charlando hasta que llegó Sergio y nos fuimos al salón.

Sergio había comprado comida china. Delante del bar en el que curraba, había un restaurante y muchas noches pillaba ahí la cena.

Para no fregar luego, cogimos tenedores y comimos de los boles directamente. Y todo lo que sobró, lo guardamos para el día siguiente.


––Mañana voy al Fnac, por la mañana, a por unas entradas para la nueva peli de pixar que están echando, ¿te vienes? ––preguntó Sergio.

––No puedo, tío; quiero quedarme aquí dibujando. Además, me quedan tres semanas para poder levantarme tarde y hay que aprovecharlo.

Me dio palo decirle que no, pero ya tenía planes en mente.

–– ¿Y tú Jaime? Es que son entradas dobles y no me apetece ir solo.

–– ¿Cuándo es la peli?

––Este sábado.

––Vale, me apunto, pero no te puedo acompañar mañana.

––Da igual––Sonrió––. Me voy a dormir.

––Hasta mañana, descansa mucho––dijimos.

––Igualmente.

Jaime y yo nos quedamos un rato más haciendo zapping, pero como tenía que madrugar, enseguida nos mandó a la cama.




A día siguiente, me desperté mucho antes de que amaneciera. Me levanté, me senté en el escritorio y cogí el retrato. Mis labios dibujaron una sonrisa.

Lo dejé, otra vez, en su sitio, volví a la cama y permanecí tumbado mirando al techo hasta que mis párpados cayeron.




Oí a Sergio levantarse. Aún me parecía muy temprano y, efectivamente, solo eran las seis y media. La peli que quería ver debía ser buena para madrugar tanto.

Me di la vuelta e intenté dormirme, de nuevo, pero no pude; ya me había desvelado. Y encima, a Sergio se le sumó Jaime, que también se había levantado. Así que yo hice lo mismo y salí de la habitación.

––Hola, ¿te hemos despertado?––preguntó Sergio cuando entré al salón.

––No, tranquilo. ¿Y Jaime?

––Duchándose. ¿Quieres café con hielo o algo?

Sentí como se me revolvía el estómago cuando me acercó la cafetera.

––No, gracias. Es muy pronto todavía para cafés.

En ese momento, Jaime apareció por la puerta. Saludó, agarró la cafetera y se bebió más de la mitad. Sergio y yo nos miramos desconcertados.

––Uf, lo siento. Con el calor que hace, he dormido fatal y necesitaba esto  para espabilarme. Ahora preparo más.

––No, déjalo––dijo Sergio––. Siéntate y desayuna tranquilo.

Jaime asintió y se sentó en el sofá con nosotros. Sergio le ofreció una bandeja con cruasanes y le sirvió un poco más de café en un vaso.


––Oye, ¿a qué hora quieres ir al Fnac? ––dijo Jaime un rato después.

Sergio se quedó pensativo.

––Pues a las ocho u ocho y media estaría bien.

––Genial, te llevo entonces. Hoy entro a trabajar antes y me pilla de paso.

–– ¡Qué guay! Gracias.

Jaime le dio un último mordisco a un cruasán, se levantó y le hizo una seña a Sergio para que se moviera. Él corrió a coger la mochila de su habitación, volvió al salón y se marcharon.

Por fin me había quedado solo. Ahora podría ducharme y prepararme para ir a la calle de la Luna. Hasta que empezara el curso, había prometido volver, cada mañana, para ver a la chica de nuevo. 


martes, 15 de septiembre de 2015

La chica de papel (I)

La alarma del móvil comenzó a sonar; eran las nueve de la mañana de un dieciocho de agosto. A tientas, alargué el brazo, lo cogí de la mesilla y paré la música. Somnoliento aún, me incorporé y contemplé, desde la ventana, el cielo coloreado de un azul intenso.


Me sequé el sudor de la frente y de la nuca, me bajé de la cama y entré al baño a ducharme. Cinco minutos después, me sentía como nuevo. Salí desnudo a la habitación, busqué en los cajones unos calzoncillos, unos vaqueros y una camiseta y me vestí. Volví al baño a por mis converse, me calcé y fui a la cocina a prepararme el desayuno.

Al entrar, aspiré el aroma a café recién hecho. Abrí el armario, saqué una taza y, tras servirme, fui a sentarme al salón. Jaime, uno de mis compañeros, ya estaba allí. Tenía el café a medio terminar y miraba el correo en su Tablet.

––Que pronto te has levantado––dijo sin apartar la vista de la pantalla––. ¿Vas a algún lado?

––Sí, tengo que comprar unas cosas para clase.

––Como vivís Sergio y tú, macho. Aquí el único que trabaja 8 horas diarias soy yo.

Sergio era mi otro compañero. También trabajaba, aunque solo por las tardes. Mi parte de alquiler la abonaban mis padres, que desde mi pueblo, en Sevilla, me mandaban todos los meses dinero.

––Ya, es lo que hay, tío. Bueno, me voy, luego os veo.

Me terminé el café de un trago y fui a mi habitación. Lo primero que hice, fue coger de la mesilla el móvil y los cascos y metérmelos en el bolsillo. Luego, abrí el armario, saqué la mochila y guardé en ella mi bloc de dibujo, mi estuche, mi cartera y mis llaves y me marché.




Antes de salir del portal, enchufé los cascos al móvil y puse mi lista de música. Abrí la puerta y eché a andar hacia la parada del 25. Cuando llegué, me senté y miré en el móvil cuánto le quedaba al autobús, pero la aplicación no funcionaba.

Quince minutos después, el autobús no había aparecido y la parada se había abarrotado. Me pregunté a dónde iría toda esa gente, un miércoles, a las diez de la mañana y me agobié al pensar cómo vendría de lleno el 25. Sin embargo, cuando apareció por la esquina y se detuvo en la parada, comprobé que estaba casi vacío.
Tras abrir las puertas traseras para que se bajaran un par de personas, el conductor abrió la delantera. Subí, piqué mi abono y fui a sentarme al fondo. Poco a poco, los asientos se fueron ocupando. Cuanto ya estaba todo el mundo sentado, el conductor cerró la puerta y arrancó.    

Mucha gente, todo personas mayores, se bajó en la parada del ambulatorio. Luego, hasta Príncipe Pío, el autobús continuó casi sin detenerse. Desde la parada anterior, la gente se iba empujando para salir. Más de la mitad del autobús se desmontó, pero las plazas libres pronto fueron ocupadas, de nuevo, por los que se montaron.




Al llegar a Ópera, esperé a que todos salieran mientras yo desconectaba los cascos y me los guardaba. Me bajé y empecé a andar hacia Sol, por la calle Arenal. Ir al centro por las mañanas, me gustaba mucho más que por las tardes. Por las mañanas, podía caminar tranquilo, disfrutar de las calles sin el agobio de la multitud.

Me detuve, un instante, delante de la Joy. Dos chicos, que  bailaban break, habían formado un corro de gente a su alrededor que les animaba y les lanzaba monedas a la gorra que habían dejado en el suelo. Incluso estas cosas se disfrutaban más por la mañana.

Continué mi camino, con la canción que estaban bailando pegada en la cabeza. En Sol, me dirigí a la calle del Carmen. Subí hasta la plaza y llegué a Casa Pontes. Entré en la papelería; aquello era un paraíso artístico. Me acerqué al mostrador y saludé al dependiente, que estaba agachado. El hombre terminó de colocar un par de cajas de minas y se incorporó.

––Buenos días. ¿En qué puedo ayudarte?

––Quería comprar dos lápices de grafito, uno del 2H y otro del B; un portaminas de 2 milímetros; una caja de minas; una barra de carbón prensado; dos frascos de tinta, negra y blanca Winsor Newton de 14 mililitros; una plumilla de dibujo Brause 513; un lápiz borrador y una regla de acero.

––Madre mía, voy a necesitar que me lo apuntes­––dijo el dependiente al tiempo que soltaba una carcajada––. Creo que lo tengo todo, pero voy a mirar un segundo. Ahora vuelvo.

––Vale.

El hombre entró en la trastienda.  Al cabo de un rato, salió con una bolsa llena de todo lo que le había pedido.

––Aquí tienes, chaval.

––Pues muchas gracias, ¿cuánto le debo?

El dependiente sacó el móvil y se puso a calcular.

––25,81€.

Saqué la cartera de la mochila y le di un billete de 50€. Cogí el cambio, guardé, otra vez, la cartera, agarré la bolsa y salí.




Anduve de vuelta a Sol con la intención de volver a casa. Sin embargo, mi conciencia no me dejaba pasar la oportunidad de dibujar algo en mi bloc de aquellas calles. Así que en cuanto llegué a Sol, me desvié, por la calle Preciados, hasta Callao.

Allí, me senté en las escaleras del cine. Saqué el bloc de la mochila y el lápiz y comencé a trazar algunas líneas. Aunque, con lo vacía que estaba la plaza, tampoco lograba encontrar nada para dibujar que mereciera la pena.

De modo, que decidí guardar el bloc y buscar la inspiración en otro lugar. Me levanté y comencé a andar hacia Plaza de España. No obstante, cuando  llegué a la altura del Teatro Lope de Vega, crucé a la acera de enfrente y, en lugar de continuar hacia abajo, subí en dirección a Callao.

Mi idea no era volver allí; sino dejar que mis pies me guiaran solos a donde quisieran. Y donde quisieron llevarme fue a la calle San Bernardo. Los edificios que había a un lado y a otro de la calle creaban la sensación de engullirte y sus ventanas parecían observar a todo el que pasara. Continué andando hasta Elektra –– una tienda de cómics –– y giré a la derecha, por la calle Estrella. El empedrado del suelo dejaba huella en mis suelas desgastadas y tuve que caminar de puntillas. Pasé por un par de tiendas frikis más y, al llegar al final de la calle, me detuve.

Delante de mí, se abría un enorme espacio en cuyo centro había una plaza semicircular de piedra, rodeada por un muro. Nunca había estado en ese sitio y, al mirarlo, me encantó para dibujar. Me acerqué al muro, cogí impulso y salté a la explanada.

––Perdone––La señora a la que me dirigí se paró––, ¿dónde  estamos?

––En la calle de la Luna, guapo.

Igual que el lugar, el nombre me pareció muy bonito. Le di las gracias y fui a sentarme a un banco, mientras sacaba el bloc y el lápiz antes de llegar. Dejé la mochila en el suelo, me coloqué el cuaderno en las rodillas y empecé a bocetar. Dibujé la callejuela, por la que había llegado; una pareja de viejecitos agarrados de la mano; el banco en el que estaba sentado… No pensaba, solo dejaba que mi mano se moviera sola.




Entonces la vi. Lucía un vestido blanco hasta los tobillos, su melena, rojiza, reflejaba, en cada rizo, los rayos del sol y sus ojos negros parecían enormes agujeros en su rostro nacarado.

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