jueves, 11 de julio de 2019

La juguetería errante de Edmund Crispin


Título: La juguetería errante

Autor: Edmund Crispin

Editorial: Impedimenta

ISBN: 9788415130208

Nº de páginas: 320


Richard Cadogan, un frustrado poeta del siglo XX, decide viajar unos días a Oxford para apartarse de su avaricioso editor. Lo que no se imagina al llegar allí, en plena noche, es que encontrará el cadáver de una mujer en una juguetería inexplicablemente abierta a esas horas. Y menos aún que, cuando regrese con la policía, la juguetería se habrá convertido en una tienda de ultramarinos y no habrá rastro del cuerpo. Cadogan decide resolver el misterio y para ello necesita a Gervase Fen, un extravagante profesor de literatura inglesa y detective aficionado. Así, los dos se enfrentarán a un extraño asesinato; a una herencia cuyas pistas y herederos aparecerán en forma de poema sin sentido y a persecuciones alocadas por la ciudad que convertirán esta aventura en un apasionante juego literario en el que en más de una ocasión Cadogan y Fen verán sus vidas en peligro.

La química que hay entre Cadogan y Fen aparece escrita como un pique literario. A lo largo del libro, no dejan de mencionar citas de autores que aparecen siempre explicadas a pie de página. Ej.: “No llores más por mí cuando esté muerto, / y oigas las lóbregas y tristes campanas” (Primeros versos del soneto LXXI de Shakespeare). Con ambos personajes, Edmun Crispin logra crear una trama confusa, llena de investigaciones que conducen a pistas absurdas y a persecuciones irrealistas por los colleges de Oxford, al volante del deportivo rojo de Gervase Fen: Lily Christine III.

Aparte de estos personajes la novela cuenta con muchos otros que serán esenciales para desentrañar el misterio y para aumentar más el conflicto. Estos van a apareciendo, poco a poco, a lo largo de los capítulos. El autor los describe físicamente con rasgos muy peculiares y hasta grimosos, pero resulta divertido imaginarlos mientras se leen.

La ciudad de Oxford que describe el autor dista mucho de la oscura y tradicional a la que se está acostumbrado. Por eso, no llama la atención la cantidad de cosas que ocurren, por muy raras o rocambolescas que sean.

Respecto al autor se nota su presencia y su amor por las letras en toda la historia. Edmun Crispin, llamado en realidad Bruce Montgomery, nació en Chesham Bois, en 1921, y se licenció en Lenguas Modernas en el St. John´s College en Oxford. La universidad, con distinto nombre, en la que Gervase Fen es profesor.

Sus aficiones eran fumar, nadar, leer a Shakespeare, escuchar óperas de Wagner y Strauss y pasar el rato mirando a los gatos. Rasgos que destaca en el poeta de su libro Richard Cadogan. Así como su afición por las aventuras y su miedo a los perros.

La juguetería errante es el primer título de la saga de Gervase Fen. Obra totalmente recomendable por la originalidad que demuestra al mezclar el clásico género de detectives con el arte de la literatura.


jueves, 4 de julio de 2019

Maniquí armado de Enrique Tejedo


Título: Maniquí armado

Autor: Enrique Tejedo

Editorial: Libros.com

Fecha de publicación:  13 de marzo de 2019


ISBN: 978-8417643652

N° de páginas: 286





El joven Américo Lizandra llega a Madrid para cumplir su sueño de ser escritor. Allí, comparte piso con dos chicos bastante peculiares y comienza a trabajar de portero en un edificio. Por supuesto, esto sus padres no lo saben. Ellos piensan que está trabajando en una multinacional, mientras estudia un máster.


En la portería, Américo aprovecha para escribir la novela que le llevará al estrellato. Sin embargo, hay un vecino que le distrae de su propósito. Un hombre misterioso, que lleva sin salir de casa veinte años y del que le han advertido que tiene un carácter peligroso.


Fuera de allí, aprovecha para salir de fiesta con sus compañeros de piso, intentar ligarse a alguna chica y asistir a presentaciones de escritores en la Casa del Libro. En una de esas presentaciones, conoce a Las Moscas. Un grupo que se reúne de forma clandestina y debate sobre literatura.  


Estas distracciones, sumadas al vecino misterioso, consiguen que acabe descuidando la escritura hasta que conoce a una chica a la que impresionar. Aunque el resultado no sale como esperaba. Preocupado también con demostrarle a ella que puede llegar a ser el próximo Best seller, Américo decide secuestrar a su escritor favorito y obligarle a escribir una novela para él.


Para ello, le pide ayuda a Nacho, un antiguo amigo del instituto que está obsesionado con ascender en la comisaría donde trabaja. Juntos idean un plan infalible, pero a la vez alocado, que les ayudará a conseguir la valoración y el respeto de quienes les rodean.


Esta novela nos introduce en las calles del Madrid hipster y millenial de una manera divertida y peculiar. El comportamiento del protagonista y del resto de personajes es una crítica a la juventud y a la vida moderna. Personas licenciadas y con una cultura sublime que luego se conforman con vivir en pisos compartidos, por precios desorbitados; están en paro o trabajan en cualquier sitio, para comprarse el teléfono de moda y salir de fiesta todos los días, prácticamente. Un claro ejemplo de la inmadurez que los nuevos tiempos han traído a la sociedad.


Inmadurez que luego nadie reconoce, como les ocurre a los personajes de Maniquí armado. Sobre todo, a Américo, el protagonista. Un chico cuyo ego no le permite aceptar que los demás no le consideren un dios. En ciertos momentos, el autor logra que le odiemos; aunque hay otros, en los que demuestra tener un gran corazón. 


Por ejemplo, cuando se empeña en ayudar al vecino misterioso del edificio donde trabaja de portero. Federico Javaloyes, que así se llama este personaje, aporta a la historia el punto de vista de alguien que no ha vivido, ni ha sido alcanzado aún, por las nuevas tecnologías. Un hombre aferrado al pasado, con valores casi impensables en la actualidad. La amistad que acaban teniendo Américo y él nos enseña las cosas buenas y malas de cada época. No obstante, en varias ocasiones el autor logra que valoremos y añoremos más las épocas pasadas.


Otra amistad a tener en cuenta en la novela es la de Américo y Nacho. Desde el principio, este último demuestra que es una persona muy insegura y cobarde. Por esa razón, Américo se aprovecha de él para que le ayude a secuestrar a Lorenzo Trías, el escritor favorito de la chica que le gusta. Las escenas en las que se narra cómo idean el secuestro y cómo lo llevan a cabo resultan divertidas y exageradas. Sin embargo, luego se les presentarán ciertos problemas que tendrán que resolver lo mejor que puedan, aunque sus técnicas no serán siempre las más éticas y morales.


El poder de persuasión de las mujeres sobre los hombres también queda reflejado en la historia. Así como el tipo de relaciones de pareja que existen hoy en día. Relaciones ajenas de todo respeto y valor muy bien criticadas por Enrique Tejedo que, con humor, consigue transmitir el vacío existencial que siente la gente así.


En conclusión, Maniquí armado es el manual perfecto para aprender a moverse y entender el Madrid actual. Un libro ameno en el que vivirás aventuras de todo tipo y con el que quizás identifiques a alguien que conozcas, o puede que a ti mismo.

miércoles, 26 de junio de 2019

El extraño secuestro de Lucy Miller y otros relatos



Descripción


ISBN: 978-1983176760  


Editorial: Publicado de manera independiente, 15 junio 2018  



Precio: 10,40 €  



Tapa: Blanda   



Páginas: 151




Sinopsis


El rencor, el miedo, la culpabilidad, la locura, lo paranormal y otras emociones de la psique humana recorren las páginas de El extraño secuestro de Lucy Miller y otros relatos.



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Relatos fantásticos, de amor y misterio



Descripción


ISBN: 978-1980974734  

Editorial: Publicado de manera independiente, 4 mayo 2018  

Precio: 10,40 €  

Tapa: Blanda   

Páginas: 122



Sinopsis


Colección de nueve relatos y micro relatos basados en la ficción y el misterio, escritos en escenarios realistas.




La chica de papel




Descripción


ISBN: 978-1793049858

Editorial: Publicado de manera independiente, 2 enero 2019  

Precio: 10,40 €  


Tapa: Blanda   

Páginas: 139



Sinopsis


¿Quién es la chica de papel? ¿Por qué parece siempre tan triste? ¿Qué callarán sus labios? El amor a primera vista es una carta bocabajo. Hasta que no la levantas, no sabes de qué palo es ni quién lo lleva. Como ocurre en esta historia que se presenta así:

 

«Dani vive obsesionado con la chica que vio en la calle. Necesita volver a verla, saber quién es, pero por más que la ha buscado lo único que conserva de ella es el retrato que le dibujó». 


La chica de papel es una historia de amor escrita sobre un lienzo a base de pinceladas. Trazos que te acercarán poco a poco a un final bastante alejado de «y fueron felices para siempre». O no, depende de quién seas.


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El extraño secuestro de Lucy Miller


Descripción



ISBN: 9781792139208  


Editorial: Publicado de manera independiente, 22 diciembre 2018  


Precio: 9,88 €  

Tapa: Blanda   

Páginas: 115                                          


Sinopsis


¿Quién secuestró a Lucy Miller? ¿Qué motivos le llevaron a ello? ¿Dónde se la llevó? Hay preguntas cuyas respuestas las tienes delante y no las ves por más que las busques. Muchas veces las cosas no son lo que parecen, tal y como sucede en “el secuestro de Lucy Miller”, historia de suspense que así se presenta:


«Seis años después de la desaparición de su hija, Jerry escapa del hospital psiquiátrico en el que su hermano y su cuñada le ingresaron para regresar a casa y descubrir que el tiempo parece no haber pasado. Todo sigue igual, incluso Lucy parece no haber desaparecido nunca, circunstancia que le hace dudar sobre qué es real y qué es mentira».


El extraño secuestro de Lucy Miller revela que cada detalle importa. Ayuda al lector a descubrir, no solo qué sucedió aquel fatídico día, también a detectar pruebas en un rompecabezas compuesto de muchas preguntas y ninguna respuesta clara. Este libro te permitirá descubrir si tienes madera de detective.


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martes, 25 de junio de 2019

Almas perpendiculares de Daniel Barbadillo Dubón


Título: Almas perpendiculares

Autor: Daniel Barbadillo Dubón

Editorial: Arcopress Ediciones

Fecha de publicación:  11 de marzo de 2019

ISBN: 978-8417057947

N° de páginas: 128





Hay gente que para olvidar a aquellas personas con las que han compartido un pedazo de sus vidas solo les basta con borrar su móvil y no verse más. Un corto y cierro en toda regla. Sin embargo, para Dani Barbadillo Dubon, no es tan simple. El escritor de este libro necesita la poesía para liberarse de los sentimientos y el cariño que le atan a una relación pasada. Sin embargo, lo que consigue es que cada verso que crea le encierre aún más en el recuerdo de esa mujer que, por suerte o desgracia, se cruzó en su camino.
Valiéndose solo de la poesía, el autor nos cuenta las experiencias compartidas con un alma que se bajó en la estación de su vida durante un tiempo. Momentos de felicidad que parecía que iba a ser eterna, pero que acabaron convirtiéndose en decepciones, discusiones y reproches. Con este libro, creo que Dani ha inventado otra forma de plasmar los sentimientos sobre el papel. Desde el principio hasta el final, cada página es un poema que nos acerca a los lectores, y a él, a entender mejor la relación que tuvo. Relación con la que consigue emocionarnos gracias a la rabia, la sinrazón y la desesperanza que transmite por haber amado a la mujer que él pensaba sería su alma gemela.
Algo que no le reprocha pues ella también pensaba que él sería la suya. Ambos comenzaron la relación con la mejor de las intenciones, pero él era el loco que amaba sin pensar y ella la que tenía demasiado miedo a arriesgarse a amar y a que la amasen. Esta diferencia fue abriendo una brecha en la relación. Una herida en la que el escritor iba guardando sus sentimientos y recuerdos en forma de verso, para escribirlos en este libro cuando se viera preparado. Lo que no sabía es que escribir esos sentimientos no le harían olvidarla; si no pensar aún más en ella y preguntarse dónde estará, qué hubiera sido de sus vidas de haber seguido juntos.
En cada poema, están esparcidos los trozos del alma que esa chica le rompió. Aunque también, las alegrías y besos que compartieron. Leerlos es como nadar en un mar de sentimientos enfrentados. Unos versos transmiten tristeza; otros, ilusión, pero sobre todo muestran que, detrás de ellos, se esconde un hombre que solo sabe amar, a pesar de la cruda realidad que el amor le ha hecho vivir.
En cuanto a la estética y presentación del libro, creo que expresan sencillez y buen gusto. Algunas de sus páginas están ilustradas con bocetos en blanco y negro. Dibujos hechos con pequeños trazos que aportan más originalidad a la historia y que ayudan a ponerle una imagen real al cuadro abstracto de sentimientos que ha escrito Dani. Esta fiera de la poesía, o también del rap; muchos de sus versos podrían ir acompañados por melodías, capaz de descolocarnos y volver nuestro mundo del revés.
En definitiva, Almas perpendiculares es un libro para quienes disfrutan de la compañía de unos versos que les transporten a ver un mundo donde el amor no se forma de felicidad ni de caricias, si no de instantes teñidos de miedo y frustración.


Reseña de Almas perpendiculares en la revista Culturamas

miércoles, 23 de enero de 2019

El ascenso


Cuando Ángel abrió la carpeta y vio esas fotos se estremeció. ¿Qué hacía él con unas fotos de Mario casi desnudo? Alguien se las había metido sin que se diera cuenta o a lo mejor era un montaje, pero ¿quién haría algo así?  Ángel no recordaba nada del día. 


Sabía que había ido al trabajo porque llevaba puesto el «uniforme» de profesor: unos vaqueros y una camisa de lino verde caqui. Pero si no fuera por eso ni siquiera sabría si había ido a trabajar. 


De repente, se había despertado en el sofá de casa. Ya era de noche y todo el salón estaba en sombra. Se había levantado somnoliento a encender la luz, había visto la carpeta tirada en el suelo y al abrirla había visto esas fotos. Aquellas fotos depravadas de pornografía infantil que seguían grabadas en su cabeza y que, por lo que temía, se le representarían a la perfección cada vez que cerrara los ojos. 


Para que eso no ocurriera decidió romperlas. Las rompió en mil trozos y luego los quemó. Mientras observaba como las fotos se hacían cenizas, empezó a sonarle el móvil. Ángel salió de la cocina apresuradamente. El humo, del papel quemado, le siguió hasta que cerró la puerta. Fue al salón y cogió el teléfono. Era Carmen.  Él tragó saliva. Las manos le temblaban y el móvil amenazaba con caerse. ¿Sabría lo de las fotos? ¿Sabría que tenía unas fotos de su niño casi desnudo? En ese instante, el móvil dejó de sonar. Carmen siempre le llamaba a esa hora, antes de que llegara Rafa. 


A Ángel le gustaba que le dijera lo cachonda que la ponía y todo lo que le comería la próxima vez que se vieran. Así era su relación desde que se habían conocido en una reunión en el colegio. Él nunca se había sentido culpable. Nunca le  había importado tocar lo que otros habían tocado antes. Sin embargo, al ver las fotos de Mario en su carpeta se había sentido despreciable, como un ladrón que había robado la inocencia de aquel niño. Aunque ni siquiera sabía si él había sacado esas fotos. No lo recordaba.  De nuevo el móvil empezó a sonar. Ángel contestó con la voz quebrada. 


—Hola, Ángel. ¿Estás bien? 


Él se quedó en silencio. No, no estaba bien, pero decírselo implicaría contarle porqué y era lo que quería evitar. Por eso mintió. 


—Sí, estoy aquí en el sofá preparando las fichas para la clase de mañana. 


Entonces, notó como Carmen se despegaba el teléfono de la oreja. 


—Ángel te dejo que acaba de entrar Rafa —dijo deprisa y colgó.   


A la mañana siguiente, Rafa le trajo un café cortado, como todos los días, y se sentó a su lado en la sala de profesores. Hasta entonces, había podido mirarle a la cara aunque, el día anterior, Carmen y él hubieran follado a cuatro patas en su cama. Ella era la adúltera y si no se sentía culpable, ¿por qué iba a hacerlo él? No obstante, aquella mañana ni siquiera era capaz de hablarle.


Cuando Rafa se sentó a su lado en la sala de profesores, Ángel le saludó con un «hola» seco, le dio unos sorbos al cortado y se marchó con un «hasta luego» igual de seco. Y lo mismo le pasó con Mario. Durante toda la mañana, evitó por todos los medios mirar y dirigirse al niño. Aunque en algunas ocasiones no le quedó más remedio y volvió a ver en él las fotos de enfermo que había en su carpeta. 


De repente, el claxon de un coche le despertó. Ángel se incorporó en el sofá y escudriñó la vista hasta que el salón se le hizo visible en la oscuridad. ¿Cuándo había llegado a casa? Igual que el día anterior, no lo recordaba. Se levantó a encender la luz y miró la hora en el móvil. Era más tarde que la noche de ayer, pero Carmen aún no le había llamado. 


Siendo la hora que era, Rafa ya habría llegado con su hijo; esa noche se quedaría sin hablar con ella.  Entonces su atención cambió súbitamente a la carpeta que volvía a estar tirada en el suelo. Se arrodilló junto a ella y la abrió. Las fotos de Mario en calzoncillos volvían a estar ahí.  


—Pero ¿qué cojones está pasando? —dijo y tiró las fotos al suelo—. ¡Yo no he hecho esto, joder! 


O sí. La incertidumbre se apoderó otra vez de él. Se le agarró al estómago y le subió hasta la garganta donde sintió que le faltaba el aire. Jadeando como un perro con la lengua fuera se levantó y se sentó en el sofá. Intentó llenar los pulmones cogiendo una gran bocanada de aire. Luego, lo soltó poco a poco haciendo una «u» con los labios.  Más calmado, decidió deshacerse de las fotos. Las quemó en la cocina. Al día siguiente, no se separaría de la carpeta.  


—Hola tío, ¿qué tal? Rafa le saludó y le dejó un café cortado encima de la mesa. 


—Bien y ¿tú? —dijo Ángel con los codos apoyados en la carpeta. 


—Hasta los huevos y eso que llevo dos clases —dijo Rafa riéndose y se sentó en el sillón de al lado de Ángel—. Los niños agotan más que echar tres polvos seguidos. 


Ángel se rió del chiste. Luego pensó: si Rafa supiera lo que aguantaba su mujer montada sobre él, no se reiría tanto.  


—¿Qué haces con la carpeta? —dijo Rafa. 


—Nada, me la he traído sin darme cuenta. Ángel dejó la carpeta en la mesa y se quedó absorto mirándola.  


—Tío, ¿estás bien? —dijo Rafa. 


Ángel asintió sin dejar de mirar la carpeta. Alargó el brazo, cogió el café y se lo bebió de un trago. 


—Bueno, me voy que tengo clase con los de tercero —dijo y se marchó. 


Si dio la clase o no, nunca lo sabría; cuando se quiso dar cuenta era de noche y estaba en la cama con Carmen. Debían de haber quedado, pero no lo recordaba. Ella sintió que se había despertado pues dejó de acariciarle el brazo y se incorporó. Acercó sus labios a los suyos y se los humedeció con la lengua. Ángel se apartó y se incorporó. ¿Qué le estaba pasando últimamente?  


Carmen enarcó las cejas. No estaba acostumbrada a que le rechazara un beso. Se levantó y caminó hasta una silla con los pechos al aire. Cogió la camisa que colgaba del respaldo, se la puso y se la abotonó hasta el cuello. Los pezones se le transparentaban a través del amarillo claro de la tela.  


—Deberías vestirte ya —dijo ella—. No les debe de quedar mucho a Rafa y a Mario para llegar. 


Sin embargo, Ángel no la escuchó. La carpeta estaba tirada en el suelo, en su lado de la cama. ¿Por qué se la había traído? Se levantó y la recogió. Carmen se sentó a su lado. 


—¿Qué haces Ángel? Vístete que van a llegar mi marido y mi hijo. 


Él dio un respingo. Carmen le agarró la mano. 


—¿Estás bien? 


En realidad no sabía qué contestar. No sabía si debería estar mal o bien porque al llegar las noches no se acordaba de nada. 


—Dame la ropa, por favor —Se limitó a decir. 


Carmen se la trajo, él se vistió e hicieron la cama. Al marcharse Ángel, ella abrió la ventana del dormitorio y el olor a traición se marchó con su amante. Nada más llegar a casa, Ángel abrió la carpeta y vio de nuevo las fotos de Mario casi desnudo. Esto ya no era normal. Las fotos, el no recordar nada cuando llegaban las noches… Parecía que el tiempo jugaba con él, con su vida. 


Después de quemar las fotos en la cocina, fue al salón y se sentó en el sofá a ver la tele. Las voces del programa le interrumpían los pensamientos, así que lo bajó. ¿De verdad era él tan miserable? 


La mañana amaneció envuelta en un tren de nubes de humo. Solo que todos los coches que lo formaban hacían de locomotoras. Ángel se había quedado dormido en el sofá y cuando se despertó decidió no ir al trabajo. Llamaría al colegio y se excusaría diciendo que estaba enfermo. En su lugar iría al médico a ver si averiguaba qué le producía esas pérdidas de memoria. 


Ángel acudió de urgencias a su ambulatorio y tras esperar diez pacientes la doctora le llamó. Por suerte había ido temprano y cuando salió de la consulta solo eran las once. Lo malo fue que la doctora no supo diagnosticar qué problema tenía. Por supuesto a la doctora no le habló de las fotos. Solo le contó sus despertares nocturnos en el salón de su casa y el no recordar cuándo ni cómo había llegado allí. 


—Pues no sé qué decirle Ángel —había dicho la doctora—. Es la primera vez que oigo algo así. 


¿Qué iba a hacer entonces? ¿Tendría que vivir el resto de su vida con el miedo a despertarse de repente con la carpeta llena de fotos pederastas? Ángel se detuvo en seco en mitad de la calle. Una señora que iba detrás se chocó con él. 


—¡Será imbécil parándose en todo el medio! 


Ángel no respondió. Sacudió la cabeza y siguió andando hasta su casa. Se preparó un café cortado y se lo tomó sentado en el sofá. Cuando abrió los ojos, era de noche. Los murmullos de la tele se oían muy lejanos. Ángel se incorporó sobresaltado. Estaba desnudo en la cama de Carmen. Ella le observaba de pie con la carpeta en las manos. 


—¿Qué coño es esto? —dijo y le tiró la carpeta a la cara.  


Ángel la abrió. Las fotos de Mario estaban ahí de nuevo. 


—No lo sé, Carmen —dijo Ángel sollozando—. Te juro que no sé que son estas fotos. 


—Pues la policía sí lo sabe.  


Carmen se marchó de la habitación. Al cabo de unos segundos, apareció acompañada de dos policías y de Rafa. Ángel se tiró corriendo de la cama y empezó a buscar los calzoncillos por el suelo. Uno de los policías fue hasta él y lo esposó. El otro cogió la carpeta de encima de la cama.   


—Así te gustaba ver a mi hijo, ¿verdad hijo de puta? —dijo Rafa. 


El odio con el que le miró Rafa le heló la sangre. 


—¿Qué pena le van a imponer? —dijo Carmen. 


—Veinte años de cárcel no se los quita nadie —dijo el policía que llevaba a Ángel esposado. 


Ángel forcejeó, pero las tenazas que tenía por manos el policía le oprimían tan fuerte el brazo que creía que se lo iba a romper.  


—¡Carmen, Rafa dejad que os lo explique! ¡No sé por qué tengo esas fotos, lo juro! 


Entonces, el policía sacó la porra y le dio un golpe en la nuca. Ángel perdió el conocimiento y se lo llevaron. 


La madrugada ya había apagado las farolas desde hacía rato. Rafa y Carmen veían una película en el salón y Mario soñaba tranquilo en su cama. De repente el timbre de la puerta sonó. Rafa fue a abrir y volvió al salón acompañado de un hombre. 


—Buenas noches, Carmen —dijo el hombre e inclinó la cabeza. 


Ella apagó la tele, se levantó y le estrechó la mano. 


—¿Ha salido todo bien? —dijo el hombre. 


—De maravilla —dijo Rafa—. Es usted un experto de la hipnosis. Y ahora sin Ángel de por medio, el único candidato a director soy yo. 


El hombre hizo un gesto con la mano como para quitarse importancia. No obstante, los pómulos le brillaban del orgullo.  


—Ha sido pan comido. Las personas como Ángel que repiten todos los días un mismo ritual, como tomarse un café cortado, son las más fáciles de hipnotizar. 


Ellos intercambiaron miradas cómplices y sonrieron. 


—Ahora lo que quiero es cobrar lo que me pertenece. 


Carmen asintió y se fue. Sacó de la cama a su hijo y lo llevó al salón. 


—Aquí le tiene —dijo y empujó al niño al lado del hombre.  


Horas más tarde, Mario murió violado por varios hombres. Entre ellos el hipnotizador. Sus padres no volvieron a preguntarse por él; ellos solo habían cumplido el acuerdo: deshacerse de Ángel a cambio de su hijo.  


Ángel fue condenado a veintisiete años de cárcel. Sin embargo, la depresión y la angustia de creerse inocente y no saber demostrarlo lo acabó matando en menos de un mes. Justo el tiempo que tardaron en nombrar a Rafa director del colegio.  


martes, 18 de diciembre de 2018

"Perfectos" enemigos


El chico sacó el móvil y volvió a comprobar cuánto le faltaba al autobús. Veinte minutos. Resopló y puso los ojos en blanco. La otra vez, ponía lo mismo. Se guardó el teléfono en el abrigo y se acomodó en el asiento de la marquesina. Encima de él, la lluvia golpeaba con furia el techo. Por suerte, había conseguido resguardarse antes de que empezara el temporal.

Suerte que no tuvo el siguiente hombre que llegó a la parada. Empapado hasta las pestañas, arrastraba una maleta que, por lo que le costaba moverla, debía llevar dentro su casa entera. Cuando por fin logró arrimarla a la pared de la marquesina, se sentó y le preguntó si llevaba mucho esperando. Él asintió y miró de nuevo la aplicación de la EMT. Sin embargo, ahora no funcionaba.

«Da igual», le dijo y giró la cabeza hacia la maleta. El chico se levantó y empezó a caminar de un lado a otro. El viajero de la maleta le observaba de reojo.


―A este paso, lo mismo mañana he llegado a casa ―dijo al cabo de un rato.


―Sí, esto de los autobuses es una vergüenza.


―Ya ve…

Se sentó y comprobó, por incontable vez, cuando llegaba el autobús.

―Sigue estropeada, dice. Me cago en su puta madre.


El otro se encogió de hombros y suspiró. Total, a dónde iba tampoco tenía prisa por llegar.

―Pues yo si tengo ganas de llegar a mi casa, ponerme el pijama y sentarme en el sofá a ver The expanse.


«¿A ver el qué?», pensó el hombre, al tiempo que asentía y le miraba fingiendo que sabía de lo que hablaba.

―Joder, es que sale uno reventado del trabajo y encima tiene que estar aquí más de una hora esperando el autobús.


El hombre se arremangó la cazadora y miró el reloj. Eran las once pasadas.


―¿Vives muy lejos?


―Bastante ―dijo el chaval―. Después de este autobús, tengo que coger la Renfe hasta Parla, pero hoy seguro que me toca pillar un taxi.


―Ostras, pues sí que es un paseo.


―A ver… donde me han contratado ―dijo y señaló las oficinas que había enfrente.


El otro se disculpó; no lo había dicho a malas. Todos los días, él iba a trabajar a Getafe. El chico le preguntó a qué se dedicaba. Él le contó que era reponedor en un Día.


―Bueno, yo llamo a la gente para venderle seguros y encima cobro según los que venda.


―Sí, si el trabajo ahora mismo es una mierda ―Abrió el bolsillo delantero de la maleta y sacó un bocadillo envuelto en papel de plata―. A ver cuando reforman la ley laboral.


El joven se mostró de acuerdo. El mes pasado había ganado solo doscientos euros y no había podido pagar la habitación que alquilaba.


―Es que con eso no se puede vivir ―Desenvolvió el bocadillo y lo mordió―. Pero vamos, ahora es que no se vive ni con mil.


―Ya… ¿Y qué hacemos?


El de la maleta se encogió de hombros, dio otro bocado y se quedó pensativo escuchando las gotas golpear en el cristal.


―Oiga, ¿qué está comiendo?


Él partió un trozo y se lo ofreció. Al ver que era chorizo, el chico sacudió la cabeza. Él era vegano, no asesinaba animales. El otro se rió. No había matado a ningún animal en su vida, pero le gustaba comérselos.


―Pero es que si se los come, se convierte en cómplice de asesinato.


―Bueno, si usted lo dice… No voy a entrar en esa discusión; estoy muy cansado ―dijo y echó un fugaz vistazo a la maleta.


―Yo tampoco quiero discutir con gentuza como usted.


Se levantó, escupió al suelo y se marchó. El hombre le observó alejarse hasta que la lluvia se lo tragó por completo. Luego, soltó un largo suspiro. Otro, que como su mujer, se había arrepentido de estar con él aquella noche.

 


lunes, 19 de noviembre de 2018

Apocalipsis

La calidez de mi cuarto me sigue protegiendo del rencor y el rechazo recíproco que la ciudad y yo nos tenemos. Contando hoy, ya llevo dos meses encerrado. Escribiendo, en este diario, lo que veo desde mi ventana. Como cada mañana, unos transeúntes han formado varios grupos y desfilan, cual soldados, a La Fábrica; mientras otros, mendigan, tirados en la acera, algo que llevarse a la boca.


La Fábrica es un complejo industrial que abrieron dos estadounidenses, hace un año, delante de mi edificio y que comenzó a robar la mano de obra del resto de negocios y empresas de la zona, causando así la quiebra de muchos. 


Pero cómo no iba a preferir la gente trabajar allí con el bombardeo de promesas y campañas de márquetin que hacía. En la televisión, en cada farola y escaparate, en cualquier medio que se les ocurriera, La Fábrica les hacía salivar con esas aspiraciones que, en otras empresas, nunca alcanzarían. 



Al principio, reconozco que a mí también consiguieron embaucarme. No como para trabajar allí, pero sí, para reconocerles su mérito. Sin embargo, comencé a fijarme en que todo el que entraba, a firmar un contrato, salía con un punto metálico en medio de la frente, como una especie de placa metálica pequeña. 


Curioso, quise saber qué era y todos, con una alegría ficticia y exagerada, me respondían que con eso se iban a sentir mejor. Más capaces de alcanzar cualquier objetivo, más positivos para afrontar cualquier reto. Además, de poder conectarse a internet, pagar sin necesidad de usar una tarjeta o efectivo, atención médica...


No obstante, al poco tiempo esas personas comenzaron a sufrir un deseo impulsivo por consumir. Comprar lo que fuera, daba igual, el caso era adquirirlo y echarle el ojo a otra cosa que se pudiese conseguir con dinero. O, mejor dicho, con el punto metálico de sus frentes. El problema era que cada vez necesitaban cosas más caras, para satisfacerse, lo que conllevó a que rogaran a La Fábrica que les aumentara las horas de trabajo.


La empresa, como es lógico, se lo concedió y les hizo un contrato de sesenta horas semanales. Aún así, seguían sin poder complacer, plenamente, su ansia de consumo. Por lo que empezaron a financiar y a pedir créditos. Recuerdo ver inmensas colas de gente esperando delante de la puerta del banco para hipotecar sus vidas por, yo qué se, que gilipolleces.


Pero entonces, ocurrió lo que nadie parece esperarse nunca: despidieron a la gran mayoría. De un momento a otro, todos esos bienes que habían financiado se convirtieron en deudas imposibles de pagar, porque la chapa tecnológica, que La Fábrica les había insertado en la cabeza, dejó de funcionar.


Y como nadie, o casi nadie, había ahorrado algo de efectivo, los bancos comenzaron a cobrarse la justicia por su mano. Sin importarle el sufrimiento de aquellas personas, familias que, día tras día, imploraban y peleaban, con la policía, por volver a entrar en sus hogares, aunque fuera a coger el cepillo de dientes. 


Las entidades solo reclamaban lo que era suyo por derecho y ellos solo tenían derecho a callarse y a aceptar el castigo. Asumir que, a partir de entonces, su cama sería un cartón meado que compartirían con alguna de las ratas que infectaban la ciudad. 

Quienes tuvieran algún familiar o amigo que les pudiese ayudar, supongo que no se verían en esa situación, pero yo os cuento lo que lloran las calles.    


Entrada Destacada

Dos buenos profesionales

   Asomado a la ventana se encendió un cigarro. El humo se escapaba hacia la noche. Le dio una larga calada y observó, pensativo, la calle ...