miércoles, 23 de enero de 2019

El ascenso


Cuando Ángel abrió la carpeta y vio esas fotos se estremeció. ¿Qué hacía él con unas fotos de Mario casi desnudo? Alguien se las había metido sin que se diera cuenta o a lo mejor era un montaje, pero ¿quién haría algo así?  Ángel no recordaba nada del día. 


Sabía que había ido al trabajo porque llevaba puesto el «uniforme» de profesor: unos vaqueros y una camisa de lino verde caqui. Pero si no fuera por eso ni siquiera sabría si había ido a trabajar. 


De repente, se había despertado en el sofá de casa. Ya era de noche y todo el salón estaba en sombra. Se había levantado somnoliento a encender la luz, había visto la carpeta tirada en el suelo y al abrirla había visto esas fotos. Aquellas fotos depravadas de pornografía infantil que seguían grabadas en su cabeza y que, por lo que temía, se le representarían a la perfección cada vez que cerrara los ojos. 


Para que eso no ocurriera decidió romperlas. Las rompió en mil trozos y luego los quemó. Mientras observaba como las fotos se hacían cenizas, empezó a sonarle el móvil. Ángel salió de la cocina apresuradamente. El humo, del papel quemado, le siguió hasta que cerró la puerta. Fue al salón y cogió el teléfono. Era Carmen.  Él tragó saliva. Las manos le temblaban y el móvil amenazaba con caerse. ¿Sabría lo de las fotos? ¿Sabría que tenía unas fotos de su niño casi desnudo? En ese instante, el móvil dejó de sonar. Carmen siempre le llamaba a esa hora, antes de que llegara Rafa. 


A Ángel le gustaba que le dijera lo cachonda que la ponía y todo lo que le comería la próxima vez que se vieran. Así era su relación desde que se habían conocido en una reunión en el colegio. Él nunca se había sentido culpable. Nunca le  había importado tocar lo que otros habían tocado antes. Sin embargo, al ver las fotos de Mario en su carpeta se había sentido despreciable, como un ladrón que había robado la inocencia de aquel niño. Aunque ni siquiera sabía si él había sacado esas fotos. No lo recordaba.  De nuevo el móvil empezó a sonar. Ángel contestó con la voz quebrada. 


—Hola, Ángel. ¿Estás bien? 


Él se quedó en silencio. No, no estaba bien, pero decírselo implicaría contarle porqué y era lo que quería evitar. Por eso mintió. 


—Sí, estoy aquí en el sofá preparando las fichas para la clase de mañana. 


Entonces, notó como Carmen se despegaba el teléfono de la oreja. 


—Ángel te dejo que acaba de entrar Rafa —dijo deprisa y colgó.   


A la mañana siguiente, Rafa le trajo un café cortado, como todos los días, y se sentó a su lado en la sala de profesores. Hasta entonces, había podido mirarle a la cara aunque, el día anterior, Carmen y él hubieran follado a cuatro patas en su cama. Ella era la adúltera y si no se sentía culpable, ¿por qué iba a hacerlo él? No obstante, aquella mañana ni siquiera era capaz de hablarle.


Cuando Rafa se sentó a su lado en la sala de profesores, Ángel le saludó con un «hola» seco, le dio unos sorbos al cortado y se marchó con un «hasta luego» igual de seco. Y lo mismo le pasó con Mario. Durante toda la mañana, evitó por todos los medios mirar y dirigirse al niño. Aunque en algunas ocasiones no le quedó más remedio y volvió a ver en él las fotos de enfermo que había en su carpeta. 


De repente, el claxon de un coche le despertó. Ángel se incorporó en el sofá y escudriñó la vista hasta que el salón se le hizo visible en la oscuridad. ¿Cuándo había llegado a casa? Igual que el día anterior, no lo recordaba. Se levantó a encender la luz y miró la hora en el móvil. Era más tarde que la noche de ayer, pero Carmen aún no le había llamado. 


Siendo la hora que era, Rafa ya habría llegado con su hijo; esa noche se quedaría sin hablar con ella.  Entonces su atención cambió súbitamente a la carpeta que volvía a estar tirada en el suelo. Se arrodilló junto a ella y la abrió. Las fotos de Mario en calzoncillos volvían a estar ahí.  


—Pero ¿qué cojones está pasando? —dijo y tiró las fotos al suelo—. ¡Yo no he hecho esto, joder! 


O sí. La incertidumbre se apoderó otra vez de él. Se le agarró al estómago y le subió hasta la garganta donde sintió que le faltaba el aire. Jadeando como un perro con la lengua fuera se levantó y se sentó en el sofá. Intentó llenar los pulmones cogiendo una gran bocanada de aire. Luego, lo soltó poco a poco haciendo una «u» con los labios.  Más calmado, decidió deshacerse de las fotos. Las quemó en la cocina. Al día siguiente, no se separaría de la carpeta.  


—Hola tío, ¿qué tal? Rafa le saludó y le dejó un café cortado encima de la mesa. 


—Bien y ¿tú? —dijo Ángel con los codos apoyados en la carpeta. 


—Hasta los huevos y eso que llevo dos clases —dijo Rafa riéndose y se sentó en el sillón de al lado de Ángel—. Los niños agotan más que echar tres polvos seguidos. 


Ángel se rió del chiste. Luego pensó: si Rafa supiera lo que aguantaba su mujer montada sobre él, no se reiría tanto.  


—¿Qué haces con la carpeta? —dijo Rafa. 


—Nada, me la he traído sin darme cuenta. Ángel dejó la carpeta en la mesa y se quedó absorto mirándola.  


—Tío, ¿estás bien? —dijo Rafa. 


Ángel asintió sin dejar de mirar la carpeta. Alargó el brazo, cogió el café y se lo bebió de un trago. 


—Bueno, me voy que tengo clase con los de tercero —dijo y se marchó. 


Si dio la clase o no, nunca lo sabría; cuando se quiso dar cuenta era de noche y estaba en la cama con Carmen. Debían de haber quedado, pero no lo recordaba. Ella sintió que se había despertado pues dejó de acariciarle el brazo y se incorporó. Acercó sus labios a los suyos y se los humedeció con la lengua. Ángel se apartó y se incorporó. ¿Qué le estaba pasando últimamente?  


Carmen enarcó las cejas. No estaba acostumbrada a que le rechazara un beso. Se levantó y caminó hasta una silla con los pechos al aire. Cogió la camisa que colgaba del respaldo, se la puso y se la abotonó hasta el cuello. Los pezones se le transparentaban a través del amarillo claro de la tela.  


—Deberías vestirte ya —dijo ella—. No les debe de quedar mucho a Rafa y a Mario para llegar. 


Sin embargo, Ángel no la escuchó. La carpeta estaba tirada en el suelo, en su lado de la cama. ¿Por qué se la había traído? Se levantó y la recogió. Carmen se sentó a su lado. 


—¿Qué haces Ángel? Vístete que van a llegar mi marido y mi hijo. 


Él dio un respingo. Carmen le agarró la mano. 


—¿Estás bien? 


En realidad no sabía qué contestar. No sabía si debería estar mal o bien porque al llegar las noches no se acordaba de nada. 


—Dame la ropa, por favor —Se limitó a decir. 


Carmen se la trajo, él se vistió e hicieron la cama. Al marcharse Ángel, ella abrió la ventana del dormitorio y el olor a traición se marchó con su amante. Nada más llegar a casa, Ángel abrió la carpeta y vio de nuevo las fotos de Mario casi desnudo. Esto ya no era normal. Las fotos, el no recordar nada cuando llegaban las noches… Parecía que el tiempo jugaba con él, con su vida. 


Después de quemar las fotos en la cocina, fue al salón y se sentó en el sofá a ver la tele. Las voces del programa le interrumpían los pensamientos, así que lo bajó. ¿De verdad era él tan miserable? 


La mañana amaneció envuelta en un tren de nubes de humo. Solo que todos los coches que lo formaban hacían de locomotoras. Ángel se había quedado dormido en el sofá y cuando se despertó decidió no ir al trabajo. Llamaría al colegio y se excusaría diciendo que estaba enfermo. En su lugar iría al médico a ver si averiguaba qué le producía esas pérdidas de memoria. 


Ángel acudió de urgencias a su ambulatorio y tras esperar diez pacientes la doctora le llamó. Por suerte había ido temprano y cuando salió de la consulta solo eran las once. Lo malo fue que la doctora no supo diagnosticar qué problema tenía. Por supuesto a la doctora no le habló de las fotos. Solo le contó sus despertares nocturnos en el salón de su casa y el no recordar cuándo ni cómo había llegado allí. 


—Pues no sé qué decirle Ángel —había dicho la doctora—. Es la primera vez que oigo algo así. 


¿Qué iba a hacer entonces? ¿Tendría que vivir el resto de su vida con el miedo a despertarse de repente con la carpeta llena de fotos pederastas? Ángel se detuvo en seco en mitad de la calle. Una señora que iba detrás se chocó con él. 


—¡Será imbécil parándose en todo el medio! 


Ángel no respondió. Sacudió la cabeza y siguió andando hasta su casa. Se preparó un café cortado y se lo tomó sentado en el sofá. Cuando abrió los ojos, era de noche. Los murmullos de la tele se oían muy lejanos. Ángel se incorporó sobresaltado. Estaba desnudo en la cama de Carmen. Ella le observaba de pie con la carpeta en las manos. 


—¿Qué coño es esto? —dijo y le tiró la carpeta a la cara.  


Ángel la abrió. Las fotos de Mario estaban ahí de nuevo. 


—No lo sé, Carmen —dijo Ángel sollozando—. Te juro que no sé que son estas fotos. 


—Pues la policía sí lo sabe.  


Carmen se marchó de la habitación. Al cabo de unos segundos, apareció acompañada de dos policías y de Rafa. Ángel se tiró corriendo de la cama y empezó a buscar los calzoncillos por el suelo. Uno de los policías fue hasta él y lo esposó. El otro cogió la carpeta de encima de la cama.   


—Así te gustaba ver a mi hijo, ¿verdad hijo de puta? —dijo Rafa. 


El odio con el que le miró Rafa le heló la sangre. 


—¿Qué pena le van a imponer? —dijo Carmen. 


—Veinte años de cárcel no se los quita nadie —dijo el policía que llevaba a Ángel esposado. 


Ángel forcejeó, pero las tenazas que tenía por manos el policía le oprimían tan fuerte el brazo que creía que se lo iba a romper.  


—¡Carmen, Rafa dejad que os lo explique! ¡No sé por qué tengo esas fotos, lo juro! 


Entonces, el policía sacó la porra y le dio un golpe en la nuca. Ángel perdió el conocimiento y se lo llevaron. 


La madrugada ya había apagado las farolas desde hacía rato. Rafa y Carmen veían una película en el salón y Mario soñaba tranquilo en su cama. De repente el timbre de la puerta sonó. Rafa fue a abrir y volvió al salón acompañado de un hombre. 


—Buenas noches, Carmen —dijo el hombre e inclinó la cabeza. 


Ella apagó la tele, se levantó y le estrechó la mano. 


—¿Ha salido todo bien? —dijo el hombre. 


—De maravilla —dijo Rafa—. Es usted un experto de la hipnosis. Y ahora sin Ángel de por medio, el único candidato a director soy yo. 


El hombre hizo un gesto con la mano como para quitarse importancia. No obstante, los pómulos le brillaban del orgullo.  


—Ha sido pan comido. Las personas como Ángel que repiten todos los días un mismo ritual, como tomarse un café cortado, son las más fáciles de hipnotizar. 


Ellos intercambiaron miradas cómplices y sonrieron. 


—Ahora lo que quiero es cobrar lo que me pertenece. 


Carmen asintió y se fue. Sacó de la cama a su hijo y lo llevó al salón. 


—Aquí le tiene —dijo y empujó al niño al lado del hombre.  


Horas más tarde, Mario murió violado por varios hombres. Entre ellos el hipnotizador. Sus padres no volvieron a preguntarse por él; ellos solo habían cumplido el acuerdo: deshacerse de Ángel a cambio de su hijo.  


Ángel fue condenado a veintisiete años de cárcel. Sin embargo, la depresión y la angustia de creerse inocente y no saber demostrarlo lo acabó matando en menos de un mes. Justo el tiempo que tardaron en nombrar a Rafa director del colegio.  


martes, 18 de diciembre de 2018

"Perfectos" enemigos


El chico sacó el móvil y volvió a comprobar cuánto le faltaba al autobús. Veinte minutos. Resopló y puso los ojos en blanco. La otra vez, ponía lo mismo. Se guardó el teléfono en el abrigo y se acomodó en el asiento de la marquesina. Encima de él, la lluvia golpeaba con furia el techo. Por suerte, había conseguido resguardarse antes de que empezara el temporal.


Suerte que no tuvo el siguiente hombre que llegó a la parada. Empapado hasta las pestañas, arrastraba una maleta que, por lo que le costaba moverla, debía llevar dentro su casa entera. Cuando por fin logró arrimarla a la pared de la marquesina, se sentó y le preguntó si llevaba mucho esperando. Él asintió y miró de nuevo la aplicación de la EMT. Sin embargo, ahora no funcionaba.


«Da igual», le dijo y giró la cabeza hacia la maleta. El chico se levantó y empezó a caminar de un lado a otro. El viajero de la maleta le observaba de reojo.


―A este paso, lo mismo mañana he llegado a casa ―dijo al cabo de un rato.


―Sí, esto de los autobuses es una vergüenza.


―Ya ve…


Se sentó y comprobó, por incontable vez, cuando llegaba el autobús.


―Sigue estropeada, dice. Me cago en su puta madre.


El otro se encogió de hombros y suspiró. Total, a dónde iba tampoco tenía prisa por llegar.


―Pues yo si tengo ganas de llegar a mi casa, ponerme el pijama y sentarme en el sofá a ver The expanse.


«¿A ver el qué?», pensó el hombre, al tiempo que asentía y le miraba fingiendo que sabía de lo que hablaba.


―Joder, es que sale uno reventado del trabajo y encima tiene que estar aquí más de una hora esperando el autobús.


El hombre se arremangó la cazadora y miró el reloj. Eran las once pasadas.


―¿Vives muy lejos?


―Bastante ―dijo el chaval―. Después de este autobús, tengo que coger la Renfe hasta Parla, pero hoy seguro que me toca pillar un taxi.


―Ostras, pues sí que es un paseo.


―A ver… donde me han contratado ―dijo y señaló las oficinas que había enfrente.


El otro se disculpó; no lo había dicho a malas. Todos los días, él iba a trabajar a Getafe. El chico le preguntó a qué se dedicaba. Él le contó que era reponedor en un Día.


―Bueno, yo llamo a la gente para venderle seguros y encima cobro según los que venda.


―Sí, si el trabajo ahora mismo es una mierda ―Abrió el bolsillo delantero de la maleta y sacó un bocadillo envuelto en papel de plata―. A ver cuando reforman la ley laboral.


El joven se mostró de acuerdo. El mes pasado había ganado solo doscientos euros y no había podido pagar la habitación que alquilaba.


―Es que con eso no se puede vivir ―Desenvolvió el bocadillo y lo mordió―. Pero vamos, ahora es que no se vive ni con mil.


―Ya… ¿Y qué hacemos?


El de la maleta se encogió de hombros, dio otro bocado y se quedó pensativo escuchando las gotas golpear en el cristal.


―Oiga, ¿qué está comiendo?


Él partió un trozo y se lo ofreció. Al ver que era chorizo, el chico sacudió la cabeza. Él era vegano, no asesinaba animales. El otro se rió. No había matado a ningún animal en su vida, pero le gustaba comérselos.


―Pero es que si se los come, se convierte en cómplice de asesinato.


―Bueno, si usted lo dice… No voy a entrar en esa discusión; estoy muy cansado ―dijo y echó un fugaz vistazo a la maleta.


―Yo tampoco quiero discutir con gentuza como usted.


Se levantó, escupió al suelo y se marchó. El hombre le observó alejarse hasta que la lluvia se lo tragó por completo. Luego, soltó un largo suspiro. Otro, que como su mujer, se había arrepentido de estar con él aquella noche.

 


lunes, 19 de noviembre de 2018

Apocalipsis

La calidez de mi cuarto me sigue protegiendo del rencor y el rechazo recíproco que la ciudad y yo nos tenemos. Contando hoy, ya llevo dos meses encerrado. Escribiendo, en este diario, lo que veo desde mi ventana. Como cada mañana, unos transeúntes han formado varios grupos y desfilan, cual soldados, a La Fábrica; mientras otros, mendigan, tirados en la acera, algo que llevarse a la boca.


La Fábrica es un complejo industrial que abrieron dos estadounidenses, hace un año, delante de mi edificio y que comenzó a robar la mano de obra del resto de negocios y empresas de la zona, causando así la quiebra de muchos. 


Pero cómo no iba a preferir la gente trabajar allí con el bombardeo de promesas y campañas de márquetin que hacía. En la televisión, en cada farola y escaparate, en cualquier medio que se les ocurriera, La Fábrica les hacía salivar con esas aspiraciones que, en otras empresas, nunca alcanzarían. 



Al principio, reconozco que a mí también consiguieron embaucarme. No como para trabajar allí, pero sí, para reconocerles su mérito. Sin embargo, comencé a fijarme en que todo el que entraba, a firmar un contrato, salía con un punto metálico en medio de la frente, como una especie de placa metálica pequeña. 


Curioso, quise saber qué era y todos, con una alegría ficticia y exagerada, me respondían que con eso se iban a sentir mejor. Más capaces de alcanzar cualquier objetivo, más positivos para afrontar cualquier reto. Además, de poder conectarse a internet, pagar sin necesidad de usar una tarjeta o efectivo, atención médica...


No obstante, al poco tiempo esas personas comenzaron a sufrir un deseo impulsivo por consumir. Comprar lo que fuera, daba igual, el caso era adquirirlo y echarle el ojo a otra cosa que se pudiese conseguir con dinero. O, mejor dicho, con el punto metálico de sus frentes. El problema era que cada vez necesitaban cosas más caras, para satisfacerse, lo que conllevó a que rogaran a La Fábrica que les aumentara las horas de trabajo.


La empresa, como es lógico, se lo concedió y les hizo un contrato de sesenta horas semanales. Aún así, seguían sin poder complacer, plenamente, su ansia de consumo. Por lo que empezaron a financiar y a pedir créditos. Recuerdo ver inmensas colas de gente esperando delante de la puerta del banco para hipotecar sus vidas por, yo qué se, que gilipolleces.


Pero entonces, ocurrió lo que nadie parece esperarse nunca: despidieron a la gran mayoría. De un momento a otro, todos esos bienes que habían financiado se convirtieron en deudas imposibles de pagar, porque la chapa tecnológica, que La Fábrica les había insertado en la cabeza, dejó de funcionar.


Y como nadie, o casi nadie, había ahorrado algo de efectivo, los bancos comenzaron a cobrarse la justicia por su mano. Sin importarle el sufrimiento de aquellas personas, familias que, día tras día, imploraban y peleaban, con la policía, por volver a entrar en sus hogares, aunque fuera a coger el cepillo de dientes. 


Las entidades solo reclamaban lo que era suyo por derecho y ellos solo tenían derecho a callarse y a aceptar el castigo. Asumir que, a partir de entonces, su cama sería un cartón meado que compartirían con alguna de las ratas que infectaban la ciudad. 

Quienes tuvieran algún familiar o amigo que les pudiese ayudar, supongo que no se verían en esa situación, pero yo os cuento lo que lloran las calles.    


sábado, 27 de octubre de 2018

Otro caso de maltrato

El ruido de la puerta al cerrarse, la sobresaltó. Miriam se enjugó las lágrimas, escondió el álbum debajo de la cama y se encerró en el baño de la habitación. Se lavó la cara en el lavabo, apoyó las manos en él y practicó, frente al espejo, un rostro que camuflara sus brechas emocionales. 


Una vez conseguido, suspiró y salió. Alex la esperaba de pie junto a la cama. Se acercó a ella, la agarró del mentón y la besó sin ninguna delicadeza. Miriam tomó una gran bocanada de aire y fingió una sonrisa.


—¿Qué tal hoy?


—Cómo siempre, ¿no sabes preguntar otra cosa?


Alex torció el gesto en una mueca de asco. Esa que a Miriam le producía naúseas, pero que tenía que disimular con un «lo siento». Alex sacudió la cabeza, al tiempo que ponía los ojos en blanco, y se quitó las botas. Se agachó para coger la caja donde las guardaba y vio el álbum.


—¿Y esto?


Miriam empezó a balbucear, mientras buscaba una explicación convincente. Alex lo puso encima de la cama y lo abrió.


—Aquí sí que estabas buena.


Miriam apretó los labios. Esa foto tenía solo dos años. Tiempo demasiado corto para cualquiera, pero suficiente para que olvidara a la persona que le regalaba el alma cada vez que la miraba.


—En fin —Alex cerró el álbum y se lo dio —. Supongo que peor lo pasarás tú viendo lo gorda que te has puesto.


Miriam agachó la cabeza y comenzó a llorar.


—Si te pones así, es porque sabes que tengo razón.


Alex le levantó el rostro y le dio una pequeña bofetada. Luego, la besó y salió del cuarto. Miriam cogió un cojín y lo estampó en la puerta, nada más cerrarse. Se encerró, de nuevo, en el baño y llamó al 016.


—¿Dígame?


—Sí, hola, quería denunciar que mi pareja me maltrata.


Miriam lloraba tanto que apenas se la entendía.


—De acuerdo, cálmese —dijo la teleoperadora—. ¿Qué clase de maltrato sufre?


—Psicológico, sobre todo.


—¿Y desde hace cuánto que ocurre esto?


Miriam soltó un resoplido.


—Vale, no se preocupe. Si lo desea, podemos buscarle alojamiento para pasar la noche y mañana comenzamos con la denuncia.


Ella aceptó. La chica le preguntó su nombre y su dirección.


—De acuerdo, Miriam. En unos cinco minutos, irán a buscarla dos mujeres de nuestro equipo. Quédese tranquila que ese mal nacido ya no volverá a hacerle daño.


—No, si mi pareja es una mujer. Somos lesbianas.


Un largo silencio se escuchó al otro lado del auricular antes de que la llamada se cortara. 

lunes, 1 de octubre de 2018

Víctimas del invierno

Sonia se detuvo, en seco, a pocos metros del edificio. La tenue luz de las farolas, dejaba ver a una chica sentada en la cornisa del tercer piso. Ella empezó a agitar los brazos y a llamarla, a implorarla que volviera dentro. Sin embargo, la joven se tiró. 


Sonia se acercó corriendo y se arrodilló a su lado. Aún respiraba. Su rostro y sus manos estaban salpicados de sangre y escarcha. Se quitó el abrigo y le cubrió el cuerpo. Luego, se levantó, sacó el móvil, del bolso, y llamó a una ambulancia.  


Al cabo de unos minutos, la sirena de las urgencias atrajo varias miradas desde las ventanas. Sonia, que tenía las manos apoyadas sobre  la chica, se levantó y se dirigió a las dos médicas. 


—Hagan algo, por favor, no creo que aguante mucho.


Ellas asintieron y se agacharon junto a la joven. Una le tomó el pulso, mientras la otra, comprobaba la temperatura.


—Está en estado crítico de hipotermia. ¿Cuánto tiempo lleva así?


Sonia le explicó que ya estaba así cuando había saltado. Las doctoras se miraron desconcertadas. 


—Pueden salvarla, ¿no?


Una volvió a poner los dedos sobre su cuello y sacudió la cabeza. La frecuencia de los latidos había disminuido. 


—Vamos a llevarla al hospital, pero no creo que lleguemos a tiempo.


La doctora trasladó, al vehículo, a la chica y arrancó. Su compañera se quedó con Sonia.  


—¿La conocías?


Sonia se enjugó las lágrimas y respondió que no. Ella solo volvía de trabajar, por la misma ruta de siempre, y se había visto envuelta en ese altercado. 


—Siento que hayas tenido que vivir esto. Si quieres, en el hospital contamos con un equipo de psicólogos. 


Sonia se lo agradeció. No obstante, prefería marcharse a casa.


—Lo comprendo, pero antes de irte, ¿podrías decirme desde qué ventana ha saltado?


Ella se lo indicó y se alejó de allí. La doctora avisó a la policía y pocos minutos después, subieron al piso. A su paso, los vecinos abrían las puertas y les acosaban a preguntas. Ellos no respondían, así que muchos les siguieron hasta el tercero. 


Uno de los policías forzó la cerradura y entró en un pequeño salón. Un salón oscuro y congelado, con una mesa llena de velas derretidas y dos sillones puff a cada lado. Él empezó a tiritar, a castañearle los dientes. Cruzo los brazos y pulsó el interruptor, pero no funcionaba. 


Salió al rellano y le pidió a su compañero el abrigo y una linterna. Luego, volvió a entrar y empezó a inspeccionar. Entonces, tirado en medio de la cocina, encontró a un chico. Él se acercó y le incorporó. Tenía el rostro y los labios morados, la nariz cubierta de rajas y de sus pestañas colgaban trozos de hielo.


Él frunció el ceño y regresó al descansillo. 


—Oiga, ¿qué ha ocurrido? —dijo una señora que intentaba colarse entre los brazos del otro policía. 


—Sí, que nos tienen aquí desinformados —dijo un hombre.


Ellos les narraron lo sucedido. Varios vecinos se llevaron las manos a la cabeza. Algunos, incluso, estallaron en lágrimas. 


—Qué pena. Una pareja tan joven —dijo una mujer.


Un vecino asintió y apretó los labios.


—A mí, alguna vez, ella me había comentado que, a duras penas, podían pagar las facturas, pero nunca había imaginado que sería hasta este punto. 


—Pero, ¿qué pasa? ¿qué no trabajaban? —dijo otro.


El hombre se encogió de hombros. Su vecino empezó a mover la cabeza de un lado a otro, el disgusto reflejado en su rostro. Entonces, uno de los policías les ordenó que despejaran el rellano; su compañero y la médica sacaban al chico metido en una bolsa. 


martes, 11 de septiembre de 2018

El reportaje de Elsa Norton

Casa abandonada en Holland. Michigan. Once y media de la mañana. 


   Elsa entornó la puerta y observó el interior de la casa. Arañas de polvo colgaban de algunos rincones. Recovecos de líneas redondeadas, por el desgaste de la madera. Elsa avanzó unos metros. El suelo, enmoquetado también en suciedad, crujía bajo sus tacones.


Sacó la cámara de la funda y comenzó a fotografiar todo lo que se ponía delante del objetivo. Luego, continuó y entró en la cocina. La joven bajó la cámara y reparó, extrañada, en una niña. La pequeña, que acariciaba el pelo de una muñeca de trapo, le indicó, con un gesto, que la siguiera.


Elsa fue tras ella hasta un despacho. La niña se agachó junto a la pared y señaló un diminuto orificio. Ella se descolgó la cámara, la colocó encima de la mesa, se acuclilló a su lado y miró a través de él. Tres esqueletos parecían buscar aún el calor de las manos de los otros.


Elsa se apartó y miró la angosta soledad del despacho. ¿Dónde estaba la niña? Desconcertada, la buscó por la casa y los alrededores, pero no apareció.


Una semana más tarde, el Old Times publicó un reportaje muy distinto al que había programado.


Los esqueletos hallados por la señorita Norton pertenecían a la familia Oswen. La madre, Rita Oswen, colaboró, durante la década de los setenta, con una red de narcotraficantes. Escondía la droga en su casa y se encargaba de protegerla hasta que regresaban a por ella. 


Sin embargo, todo se torció cuando, una noche, la banda criminal se percató de que faltaban dos kilos de cocaína. Sin darle tregua para explicarse, la asesinaron. Acto seguido, entraron hasta el comedor y vaciaron sus armas contra Harry Oswen y su hijo Allan. Llevaron los cuerpos al despacho, los apilaron y construyeron un tabique. 


De quien no se ha encontrado ninguna pista ha sido de July, la hija menor de los Oswen.


sábado, 18 de agosto de 2018

Yrina

No se sentía precisamente orgulloso de ir a aquel burdel. Era algo que no podía evitar. Noche tras noche, cuando pasaba delante con el coche los ojos se le volvían del color de las luces de neón del cartel. Luego, al salir, los pinchazos de culpa le atormentaban hasta que se dormía.


Su mujer, al lado, abrazaba el torso que otra había besado hacía un rato. Esa otra se llamaba Yrina. Siempre iba por ella. Una rumana de apenas veinte años.


Una noche, entró en el burdel y pagó una hora. Él, desnudo sobre el colchón, observaba como Yrina le sonreía. Entonces, ella chascó los dedos y dos hombres corpulentos irrumpieron en la habitación y le ataron.


Él pataleó, entre gritos y preguntas de desconcierto. Yrina se acercó a él con una bolsa y le cubrió la cabeza.
Poco a poco, el forcejeo fue perdiendo intensidad. Los jadeos cada vez eran más suaves, pero ella siguió apretando la bolsa hasta que el cuerpo dejó de convulsionar por completo.


Luego, le desvalijó los bolsillos y ordenó a sus secuaces que arrojaran el cadáver a una cuneta.


Dos días después, la mujer recibió una llamada. Su marido había sido encontrado muerto con ese número de teléfono y una tarjeta del burdel. Lo que nunca supo fue quien telefoneó.

viernes, 3 de agosto de 2018

La bruja

––Papá, ¿qué son esos gritos que escucho por las noches?

––Es la Bruja que viene todas las noches para ver si has recogido los juguetes, pero como nunca lo haces se enfada.

La pequeña aprieta las comisuras de la boca y observa los muñecos esparcidos por la habitación. Papá la arropa, la besa en la frente y se dirige a la puerta. Entonces, ella  se incorpora y le dice:

––¿Y por qué mamá tiene el ojo morado?

––Porque, a veces, discute con la Bruja. Quiere llevarse los juguetes que vea sin recoger y mamá se lo quiere impedir.

Él apaga la luz y cierra la puerta. La niña se queda mirando al techo. Los pasos de papá, por el pasillo, marcan el compás de sus pensamientos. Sin embargo, un grito la devuelve a la habitación. Ella salta de la cama y sale corriendo al dormitorio de sus papás.

Él, de pie junto al armario, pega un puñetazo a la puerta. Todo el mueble vibra. Mamá está en el suelo llorando y, con una mano, se cubre la boca. La pequeña se acerca y se agacha a su lado.

––Mamá, no te pelees más con la Bruja, por favor. Os prometo que voy a recoger mis juguetes, todos los días, para que no quiera quitármelos.

Ella sonríe y le acaricia la cara. La niña la abraza con fuerza.




viernes, 29 de junio de 2018

Una gota, dos gotas, tres gotas

  Marina se asomó a la soledad del pasillo. Nada interrumpía a la noche en su silencio, salvo aquel ruido de gotas cayendo. Avanzó, despacio, hacia el baño, la respiración entrecortada. Las gotas continuaban retumbando en su cabeza. El espejo le devolvió la imagen de su padre en la bañera, los ojos abiertos. 
Ojos que aún parecían mirarla con aquel deseo repugnante que durante tantos años había aguantado. Pero eso no le importó; lo que, de verdad, la estremecía era ese ruido de gotas.

Nerviosa, comprobó el grifo. Estaba bien cerrado. ¿De dónde venía, entonces, ese maldito goteo? Trató de calmarse. Salió del baño y escuchó con atención. Las gotas volvían a salpicar el agua lentamente. Se giró asustada. El grifo seguía cerrado. 

Corrió a la habitación, el ruido de las gotas la persiguió por el pasillo, se cubrió la cara con el edredón, se tapó los oídos.  Entonces, un grito la sobresaltó. Era su madre. Se destapó y se quedó inmóvil, la mirada fija en la puerta. ¿Y si se daba cuenta de que había sido ella? Una gota, dos gotas, tres gotas… El corazón de Marina empezó a latir con fuerza. 

Se llevó una mano al pecho, respiró hondo. No había porqué preocuparse. Una gota, dos gotas, tres gotas… Era imposible que descubriera la sobredosis de ibuprofeno. 

Un nuevo grito, desgarrado, la sacó de su pensamiento. Marina salió corriendo al baño. A medida que se acercaba, las gotas caían con más rapidez. Su madre lloraba apoyada en el borde de la bañera. Observó el grifo, seguía cerrado. Se agachó junto a ella, la abrazó con fuerza. 

Los ojos de su padre volvían a mirarla, pero no con lujuria si no castigadores. Marina agachó la cabeza. El sonido de las gotas empezó a aumentar su intensidad. Lo escuchaba salpicar en el agua incluso con los sollozos de su madre. ¿Por qué, por qué no podía dejar de oír ese maldito goteo?

De repente, un policía y un médico aparecieron en la puerta. Su rostro se volvió del color de la cera. Ahora sí que estaba perdida. El doctor empezó a examinar el cuerpo mientras el agente les hacía unas cuantas preguntas rutinarias. 

Todo indicaba que la causa de la muerte había sido un paro cardiaco. Así lo dictaminó el médico. Afortunadamente, no sospechaban de Marina. Aun así, deseaba, con toda su alma, que se marcharan. 

Tras acompañarlas al salón y tranquilizarlas, el policía y el médico volvieron al baño. Un sudor frío empezó a empaparle la frente. Una gota, dos gotas, tres gotas… ¿Qué querían ver más? Su madre le ofreció la mano, ella se la agarró temblando. 

Las gotas no paraban de caer. Casi las podía sentir mojándole el cuello. Una gota, dos gotas, tres gotas… igual que los besos de su padre por las noches. 

Besos que nadie sabía. Una gota, dos gotas, tres gotas… Besos, con sabor a whisky, que, durante años, habían impregnado el olor por todo su cuerpo. Una gota, dos gotas, tres gotas… Apretó la mano de su madre con más fuerza. 

¿Qué pensaría ella de lo que hacía su padre? Las gotas caían, caían, caían… ¿Estaría de acuerdo en haberle matado? ¿Habría decidido denunciarle? Las gotas seguían cayendo. Marina sacudió la cabeza; las preguntas se le ahogaban con aquel sonido infernal. 

Las voces de los hombres se acercaban. Su madre se levantó, tiró de ella. Marina intentó escuchar qué decían, pero el goteo continuaba martilleando sus oídos. Al entrar al salón, se quedaron, en silencio, mirándola. 

Una gota, dos gotas, tres gotas… Sentía que le empezaba a faltar el aire. Seguro que la habían descubierto. Una gota, dos gotas, tres gotas… Sí, eso era. Sabían que había sido ella y estaban tensando el momento para revelárselo a su madre.

O a lo mejor estaban esperando a que lo confesase ella. Las gotas empezaron a caer más rápido. Pero era injusto, ella solo había acabado con el sufrimiento que aquel monstruo le estaba causando. Las gotas seguían cayendo. Llevaba meses estudiando, con precisión milimétrica, los movimientos de su padre, sus horarios, sus momentos a solas con las botellas y por fin había llegado el día. 

Aquella tarde del miércoles, su padre se tomaría su típico whisky sentado en el sofá viendo la tele. Después de dos copas, se levantaría para ir al baño y ella aprovecharía para vaciarle en la botella una caja, entera, de ibuprofeno en sobres. 

Había leído que en grandes dosis el ibuprofeno podía producir infartos. Por eso, había decidido utilizarlo como su arma. Horas después, su padre se daría un baño. Entonces, los sobres, que llevarían tiempo actuando en su organismo, le provocarían la muerte instantánea. 

Creía que era un plan perfecto, que lo tenía todo calculado. Sin embargo, la llamada de su madre a la policía había abierto una brecha sin solución en su partida. Juego en el que las tornas habían cambiado y ahora le tocaba a ella ser la culpable. Pero, ¿y si nunca habían cambiado los papeles? ¿Y si ella había tenido la culpa desde el principio?

La voz de su conciencia empezó a devorarla a gritos. El sonido de las gotas se volvió más penetrante. Una gota, dos gotas, tres gotas… Marina las escuchaba caer, despacio, llenando los recovecos más profundos de su cuerpo. Una gota, dos gotas, tres gotas… 

Asustada, observó a sus acusadores. El policía y el médico seguían mirándola. Una gota, dos gotas, tres gotas… Sus labios se movían, parecía que le decían algo, pero ella solo podía oír las gotas cayendo. 

Era inútil tratar de ignorar aquel chapoteo. Una gota, dos gotas, tres gotas… La única forma de dejar de oírlo era revelando su crimen. Y eso fue lo que hizo. Mientras hablaba, las gotas, que hasta ahora caían en su cabeza, empezaron a desbordarse por sus ojos. Sin embargo, por mucho que insistió, ni su madre ni los hombres la creyeron.


  Ya han pasado muchos años desde entonces. Los recuerdos de aquella noche se le pintan incompletos. No obstante, cuando nada interrumpe al silencio en la soledad de su habitación… una gota, dos gotas, tres gotas…



martes, 19 de junio de 2018

El extraño secuestro de Lucy Miller (parte 3)

Cinco años pasaron desde que Jerry se despertó una mañana en aquel psiquiátrico. Cinco años sin saber cómo le habían conseguido ingresar Damon y Amy sin que él se enterara, sin que pusiera resistencia. Cinco años sometido a medicamentos que le dejaban ido durante horas.

Al principio, iban a verle todos los días, pero, conforme pasaba el tiempo, sus visitas empezaron a bajar a una por semana, una por mes, hasta que al final dejaron de ir. 
Entonces, Jerry se vio más solo que nunca. Varias veces, tuvieron que sedarle, porque la desesperación le hacía dejar de comer y la única solución eran sondarle y alimentarle con suero.

El doctor Anthony Mark también dejó de ir a hablar con él de un día para otro. Aunque eso a Jerry no le afectó tanto. Lo mismo que le decía el doctor Mark, se lo decía otro médico que iba a verle y que había estudiado su caso. Y a la semana siguiente, venía otro y le decía lo mismo que el anterior. Llegó un momento, en que Jerry relataba la historia de Lucy como quien dicta, de memoria, la lista de la compra.

Sabía a ciencia cierta que ya no volvería a ver a su hija así que no se molestaba en pensar en ella como antes. Ya no imaginaba teniéndola en sus brazos, ni oyendo su risa, ni escuchando su voz cuando por las noches se tumbaban en la cama y hablaban hasta quedarse dormidos.

Una mañana,  esperó a que alguna enfermera entrara, en la habitación, y le llevara al despacho del psiquiatra que hubiera venido. Sin embargo, no entró nadie a verle. Extrañado, cogió las muletas, se acercó a la puerta y se apoyó en ella para escuchar. Entonces, esta se abrió y Jerry se asomó a un pasillo oscuro y vacío. 

Empezó a andar despacio. Las puertas de las demás habitaciones también estaban abiertas, pero no encontró a nadie en ninguna. Todo era silencio, abandono. 
Siguió andando hasta el final del pasillo y bajó, a tientas, las escaleras que llevaban al vestíbulo. En la recepción, tampoco había nadie y a Jerry se le iluminó la oportunidad de salir, por fin, de aquel horrible sitio. 

La calle había sido como un lienzo en blanco que se dibujó ante sus ojos. Todo ese tiempo encerrado había hecho que perdiera el recuerdo de los colores, del sol, de los sonidos de la ciudad… 
Jerry salió, aspiró, profundamente, el aroma de la libertad y se alejó del psiquiátrico. El pijama blanco que llevaba llamaba la atención de la gente que se giraba cuando él pasaba, pero eso le daba igual; ahora, su preocupación era ver cómo volvía a casa.

Había salido con una mano delante y otra atrás. Lo único que tenía eran las muletas. Jerry pensó en sentarse en la esquina de un edificio y esperar que la gente le echara alguna moneda. Sin embargo, la suerte, que parecía haberle cambiado, hizo que se encontrara con una vecina. 

La mujer iba andando hacia el coche con tres bolsas de la compra en los brazos, algo que le sorprendió mucho; si no recordaba mal, desde que la conocía, iba en silla de ruedas. Sin poder evitarlo, le preguntó, pero ella le dijo que nunca había sido inválida. 

Jerry no insistió, apoyó las muletas en el coche y le ayudó con las bolsas. Mientras las guardaba en el maletero, esperaba que la mujer le preguntara qué hacía así vestido o dónde había estado o si sabía algo de Lucy. No obstante, no le dijo nada; solo le ofreció llevarle a casa.

Al llegar a la puerta, se dio cuenta de que no tenía las llaves. Suspiró, desesperado, y se quedó inmóvil pensando cómo entrar. Si tuviera un teléfono, avisaría a Damon que siempre tenía una copia, pero había perdido la pista de su hermano desde hacía años. No sabía, ni siquiera, si vivía en la ciudad.

De repente, escuchó ruidos dentro. Jerry se asustó y se alejó, de la puerta, con una muleta en alto. Entonces, una niña abrió y se lanzó a sus brazos. 

––Papi, ¿qué haces con este pijama? ¿por qué has tardado tanto?

––¿Quién eres? ––dijo Jerry y la apartó.

––Papi, soy Lucy.

La niña le miró preocupada. Sus pequeños ojos se volvieron más azules todavía.

––No. A mi hija la secuestraron hace seis años. Es imposible que tú seas ella.

Jerry se sentó, en el banco del porche, y empezó a llorar, la cara escondida entre las piernas. ¿Por qué le pasaba a él esto? ¿Por qué no le dejaba su mente aceptar que Lucy ya no volvería con él nunca? La niña se sentó a su lado y le abrazó con fuerza. 

Era el espejismo más bonito que había sentido desde hacía mucho tiempo. Si por él fuera, viviría de aquella visión siempre. Sin embargo, sabía que eso no le iba a hacer ningún bien. Así que respiró hondo, se dijo en voz baja que aquella Lucy no existía y levantó la cabeza.

––Papi, ¿qué te pasa?

Sin dejar de llorar, Jerry le acarició la cara. Había soñado con ese momento tantas veces… Lucy volvió a abrazarle. Le dijo al oído que le quería y que por la noche le contara un cuento antes de dormir. Él sonrió y entonces dejó de importarle que aquello fuera real o no.




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