lunes, 19 de noviembre de 2018

Apocalipsis

La calidez de mi cuarto me sigue protegiendo del rencor y el rechazo recíproco que la ciudad y yo nos tenemos. Contando hoy, ya llevo dos meses encerrado. Escribiendo, en este diario, lo que veo desde mi ventana. Como cada mañana, unos transeúntes han formado varios grupos y desfilan, cual soldados, a La Fábrica; mientras otros, mendigan, tirados en la acera, algo que llevarse a la boca.


La Fábrica es un complejo industrial que abrieron dos estadounidenses, hace un año, delante de mi edificio y que comenzó a robar la mano de obra del resto de negocios y empresas de la zona, causando así la quiebra de muchos. 


Pero cómo no iba a preferir la gente trabajar allí con el bombardeo de promesas y campañas de márquetin que hacía. En la televisión, en cada farola y escaparate, en cualquier medio que se les ocurriera, La Fábrica les hacía salivar con esas aspiraciones que, en otras empresas, nunca alcanzarían. 



Al principio, reconozco que a mí también consiguieron embaucarme. No como para trabajar allí, pero sí, para reconocerles su mérito. Sin embargo, comencé a fijarme en que todo el que entraba, a firmar un contrato, salía con un punto metálico en medio de la frente, como una especie de placa metálica pequeña. 


Curioso, quise saber qué era y todos, con una alegría ficticia y exagerada, me respondían que con eso se iban a sentir mejor. Más capaces de alcanzar cualquier objetivo, más positivos para afrontar cualquier reto. Además, de poder conectarse a internet, pagar sin necesidad de usar una tarjeta o efectivo, atención médica...


No obstante, al poco tiempo esas personas comenzaron a sufrir un deseo impulsivo por consumir. Comprar lo que fuera, daba igual, el caso era adquirirlo y echarle el ojo a otra cosa que se pudiese conseguir con dinero. O, mejor dicho, con el punto metálico de sus frentes. El problema era que cada vez necesitaban cosas más caras, para satisfacerse, lo que conllevó a que rogaran a La Fábrica que les aumentara las horas de trabajo.


La empresa, como es lógico, se lo concedió y les hizo un contrato de sesenta horas semanales. Aún así, seguían sin poder complacer, plenamente, su ansia de consumo. Por lo que empezaron a financiar y a pedir créditos. Recuerdo ver inmensas colas de gente esperando delante de la puerta del banco para hipotecar sus vidas por, yo qué se, que gilipolleces.


Pero entonces, ocurrió lo que nadie parece esperarse nunca: despidieron a la gran mayoría. De un momento a otro, todos esos bienes que habían financiado se convirtieron en deudas imposibles de pagar, porque la chapa tecnológica, que La Fábrica les había insertado en la cabeza, dejó de funcionar.


Y como nadie, o casi nadie, había ahorrado algo de efectivo, los bancos comenzaron a cobrarse la justicia por su mano. Sin importarle el sufrimiento de aquellas personas, familias que, día tras día, imploraban y peleaban, con la policía, por volver a entrar en sus hogares, aunque fuera a coger el cepillo de dientes. 


Las entidades solo reclamaban lo que era suyo por derecho y ellos solo tenían derecho a callarse y a aceptar el castigo. Asumir que, a partir de entonces, su cama sería un cartón meado que compartirían con alguna de las ratas que infectaban la ciudad. 

Quienes tuvieran algún familiar o amigo que les pudiese ayudar, supongo que no se verían en esa situación, pero yo os cuento lo que lloran las calles.    


sábado, 27 de octubre de 2018

Otro caso de maltrato

El ruido de la puerta al cerrarse, la sobresaltó. Miriam se enjugó las lágrimas, escondió el álbum debajo de la cama y se encerró en el baño de la habitación. Se lavó la cara en el lavabo, apoyó las manos en él y practicó, frente al espejo, un rostro que camuflara sus brechas emocionales. 


Una vez conseguido, suspiró y salió. Alex la esperaba de pie junto a la cama. Se acercó a ella, la agarró del mentón y la besó sin ninguna delicadeza. Miriam tomó una gran bocanada de aire y fingió una sonrisa.


—¿Qué tal hoy?


—Cómo siempre, ¿no sabes preguntar otra cosa?


Alex torció el gesto en una mueca de asco. Esa que a Miriam le producía naúseas, pero que tenía que disimular con un «lo siento». Alex sacudió la cabeza, al tiempo que ponía los ojos en blanco, y se quitó las botas. Se agachó para coger la caja donde las guardaba y vio el álbum.


—¿Y esto?


Miriam empezó a balbucear, mientras buscaba una explicación convincente. Alex lo puso encima de la cama y lo abrió.


—Aquí sí que estabas buena.


Miriam apretó los labios. Esa foto tenía solo dos años. Tiempo demasiado corto para cualquiera, pero suficiente para que olvidara a la persona que le regalaba el alma cada vez que la miraba.


—En fin —Alex cerró el álbum y se lo dio —. Supongo que peor lo pasarás tú viendo lo gorda que te has puesto.


Miriam agachó la cabeza y comenzó a llorar.


—Si te pones así, es porque sabes que tengo razón.


Alex le levantó el rostro y le dio una pequeña bofetada. Luego, la besó y salió del cuarto. Miriam cogió un cojín y lo estampó en la puerta, nada más cerrarse. Se encerró, de nuevo, en el baño y llamó al 016.


—¿Dígame?


—Sí, hola, quería denunciar que mi pareja me maltrata.


Miriam lloraba tanto que apenas se la entendía.


—De acuerdo, cálmese —dijo la teleoperadora—. ¿Qué clase de maltrato sufre?


—Psicológico, sobre todo.


—¿Y desde hace cuánto que ocurre esto?


Miriam soltó un resoplido.


—Vale, no se preocupe. Si lo desea, podemos buscarle alojamiento para pasar la noche y mañana comenzamos con la denuncia.


Ella aceptó. La chica le preguntó su nombre y su dirección.


—De acuerdo, Miriam. En unos cinco minutos, irán a buscarla dos mujeres de nuestro equipo. Quédese tranquila que ese mal nacido ya no volverá a hacerle daño.


—No, si mi pareja es una mujer. Somos lesbianas.


Un largo silencio se escuchó al otro lado del auricular antes de que la llamada se cortara. 

lunes, 1 de octubre de 2018

Víctimas del invierno

Sonia se detuvo, en seco, a pocos metros del edificio. La tenue luz de las farolas, dejaba ver a una chica sentada en la cornisa del tercer piso. Ella empezó a agitar los brazos y a llamarla, a implorarla que volviera dentro. Sin embargo, la joven se tiró. 


Sonia se acercó corriendo y se arrodilló a su lado. Aún respiraba. Su rostro y sus manos estaban salpicados de sangre y escarcha. Se quitó el abrigo y le cubrió el cuerpo. Luego, se levantó, sacó el móvil, del bolso, y llamó a una ambulancia.  


Al cabo de unos minutos, la sirena de las urgencias atrajo varias miradas desde las ventanas. Sonia, que tenía las manos apoyadas sobre  la chica, se levantó y se dirigió a las dos médicas. 


—Hagan algo, por favor, no creo que aguante mucho.


Ellas asintieron y se agacharon junto a la joven. Una le tomó el pulso, mientras la otra, comprobaba la temperatura.


—Está en estado crítico de hipotermia. ¿Cuánto tiempo lleva así?


Sonia le explicó que ya estaba así cuando había saltado. Las doctoras se miraron desconcertadas. 


—Pueden salvarla, ¿no?


Una volvió a poner los dedos sobre su cuello y sacudió la cabeza. La frecuencia de los latidos había disminuido. 


—Vamos a llevarla al hospital, pero no creo que lleguemos a tiempo.


La doctora trasladó, al vehículo, a la chica y arrancó. Su compañera se quedó con Sonia.  


—¿La conocías?


Sonia se enjugó las lágrimas y respondió que no. Ella solo volvía de trabajar, por la misma ruta de siempre, y se había visto envuelta en ese altercado. 


—Siento que hayas tenido que vivir esto. Si quieres, en el hospital contamos con un equipo de psicólogos. 


Sonia se lo agradeció. No obstante, prefería marcharse a casa.


—Lo comprendo, pero antes de irte, ¿podrías decirme desde qué ventana ha saltado?


Ella se lo indicó y se alejó de allí. La doctora avisó a la policía y pocos minutos después, subieron al piso. A su paso, los vecinos abrían las puertas y les acosaban a preguntas. Ellos no respondían, así que muchos les siguieron hasta el tercero. 


Uno de los policías forzó la cerradura y entró en un pequeño salón. Un salón oscuro y congelado, con una mesa llena de velas derretidas y dos sillones puff a cada lado. Él empezó a tiritar, a castañearle los dientes. Cruzo los brazos y pulsó el interruptor, pero no funcionaba. 


Salió al rellano y le pidió a su compañero el abrigo y una linterna. Luego, volvió a entrar y empezó a inspeccionar. Entonces, tirado en medio de la cocina, encontró a un chico. Él se acercó y le incorporó. Tenía el rostro y los labios morados, la nariz cubierta de rajas y de sus pestañas colgaban trozos de hielo.


Él frunció el ceño y regresó al descansillo. 


—Oiga, ¿qué ha ocurrido? —dijo una señora que intentaba colarse entre los brazos del otro policía. 


—Sí, que nos tienen aquí desinformados —dijo un hombre.


Ellos les narraron lo sucedido. Varios vecinos se llevaron las manos a la cabeza. Algunos, incluso, estallaron en lágrimas. 


—Qué pena. Una pareja tan joven —dijo una mujer.


Un vecino asintió y apretó los labios.


—A mí, alguna vez, ella me había comentado que, a duras penas, podían pagar las facturas, pero nunca había imaginado que sería hasta este punto. 


—Pero, ¿qué pasa? ¿qué no trabajaban? —dijo otro.


El hombre se encogió de hombros. Su vecino empezó a mover la cabeza de un lado a otro, el disgusto reflejado en su rostro. Entonces, uno de los policías les ordenó que despejaran el rellano; su compañero y la médica sacaban al chico metido en una bolsa. 


martes, 11 de septiembre de 2018

El reportaje de Elsa Norton

Casa abandonada en Holland. Michigan. Once y media de la mañana. 


   Elsa entornó la puerta y observó el interior de la casa. Arañas de polvo colgaban de algunos rincones. Recovecos de líneas redondeadas, por el desgaste de la madera. Elsa avanzó unos metros. El suelo, enmoquetado también en suciedad, crujía bajo sus tacones.


Sacó la cámara de la funda y comenzó a fotografiar todo lo que se ponía delante del objetivo. Luego, continuó y entró en la cocina. La joven bajó la cámara y reparó, extrañada, en una niña. La pequeña, que acariciaba el pelo de una muñeca de trapo, le indicó, con un gesto, que la siguiera.


Elsa fue tras ella hasta un despacho. La niña se agachó junto a la pared y señaló un diminuto orificio. Ella se descolgó la cámara, la colocó encima de la mesa, se acuclilló a su lado y miró a través de él. Tres esqueletos parecían buscar aún el calor de las manos de los otros.


Elsa se apartó y miró la angosta soledad del despacho. ¿Dónde estaba la niña? Desconcertada, la buscó por la casa y los alrededores, pero no apareció.


Una semana más tarde, el Old Times publicó un reportaje muy distinto al que había programado.


Los esqueletos hallados por la señorita Norton pertenecían a la familia Oswen. La madre, Rita Oswen, colaboró, durante la década de los setenta, con una red de narcotraficantes. Escondía la droga en su casa y se encargaba de protegerla hasta que regresaban a por ella. 


Sin embargo, todo se torció cuando, una noche, la banda criminal se percató de que faltaban dos kilos de cocaína. Sin darle tregua para explicarse, la asesinaron. Acto seguido, entraron hasta el comedor y vaciaron sus armas contra Harry Oswen y su hijo Allan. Llevaron los cuerpos al despacho, los apilaron y construyeron un tabique. 


De quien no se ha encontrado ninguna pista ha sido de July, la hija menor de los Oswen.


sábado, 18 de agosto de 2018

Yrina

No se sentía precisamente orgulloso de ir a aquel burdel. Era algo que no podía evitar. Noche tras noche, cuando pasaba delante con el coche los ojos se le volvían del color de las luces de neón del cartel. Luego, al salir, los pinchazos de culpa le atormentaban hasta que se dormía.


Su mujer, al lado, abrazaba el torso que otra había besado hacía un rato. Esa otra se llamaba Yrina. Siempre iba por ella. Una rumana de apenas veinte años.


Una noche, entró en el burdel y pagó una hora. Él, desnudo sobre el colchón, observaba como Yrina le sonreía. Entonces, ella chascó los dedos y dos hombres corpulentos irrumpieron en la habitación y le ataron.


Él pataleó, entre gritos y preguntas de desconcierto. Yrina se acercó a él con una bolsa y le cubrió la cabeza.
Poco a poco, el forcejeo fue perdiendo intensidad. Los jadeos cada vez eran más suaves, pero ella siguió apretando la bolsa hasta que el cuerpo dejó de convulsionar por completo.


Luego, le desvalijó los bolsillos y ordenó a sus secuaces que arrojaran el cadáver a una cuneta.


Dos días después, la mujer recibió una llamada. Su marido había sido encontrado muerto con ese número de teléfono y una tarjeta del burdel. Lo que nunca supo fue quien telefoneó.

viernes, 3 de agosto de 2018

La bruja

––Papá, ¿qué son esos gritos que escucho por las noches?

––Es la Bruja que viene todas las noches para ver si has recogido los juguetes, pero como nunca lo haces se enfada.

La pequeña aprieta las comisuras de la boca y observa los muñecos esparcidos por la habitación. Papá la arropa, la besa en la frente y se dirige a la puerta. Entonces, ella  se incorpora y le dice:

––¿Y por qué mamá tiene el ojo morado?

––Porque, a veces, discute con la Bruja. Quiere llevarse los juguetes que vea sin recoger y mamá se lo quiere impedir.

Él apaga la luz y cierra la puerta. La niña se queda mirando al techo. Los pasos de papá, por el pasillo, marcan el compás de sus pensamientos. Sin embargo, un grito la devuelve a la habitación. Ella salta de la cama y sale corriendo al dormitorio de sus papás.

Él, de pie junto al armario, pega un puñetazo a la puerta. Todo el mueble vibra. Mamá está en el suelo llorando y, con una mano, se cubre la boca. La pequeña se acerca y se agacha a su lado.

––Mamá, no te pelees más con la Bruja, por favor. Os prometo que voy a recoger mis juguetes, todos los días, para que no quiera quitármelos.

Ella sonríe y le acaricia la cara. La niña la abraza con fuerza.




viernes, 29 de junio de 2018

Una gota, dos gotas, tres gotas

  Marina se asomó a la soledad del pasillo. Nada interrumpía a la noche en su silencio, salvo aquel ruido de gotas cayendo. Avanzó, despacio, hacia el baño, la respiración entrecortada. Las gotas continuaban retumbando en su cabeza. El espejo le devolvió la imagen de su padre en la bañera, los ojos abiertos. 
Ojos que aún parecían mirarla con aquel deseo repugnante que durante tantos años había aguantado. Pero eso no le importó; lo que, de verdad, la estremecía era ese ruido de gotas.

Nerviosa, comprobó el grifo. Estaba bien cerrado. ¿De dónde venía, entonces, ese maldito goteo? Trató de calmarse. Salió del baño y escuchó con atención. Las gotas volvían a salpicar el agua lentamente. Se giró asustada. El grifo seguía cerrado. 

Corrió a la habitación, el ruido de las gotas la persiguió por el pasillo, se cubrió la cara con el edredón, se tapó los oídos.  Entonces, un grito la sobresaltó. Era su madre. Se destapó y se quedó inmóvil, la mirada fija en la puerta. ¿Y si se daba cuenta de que había sido ella? Una gota, dos gotas, tres gotas… El corazón de Marina empezó a latir con fuerza. 

Se llevó una mano al pecho, respiró hondo. No había porqué preocuparse. Una gota, dos gotas, tres gotas… Era imposible que descubriera la sobredosis de ibuprofeno. 

Un nuevo grito, desgarrado, la sacó de su pensamiento. Marina salió corriendo al baño. A medida que se acercaba, las gotas caían con más rapidez. Su madre lloraba apoyada en el borde de la bañera. Observó el grifo, seguía cerrado. Se agachó junto a ella, la abrazó con fuerza. 

Los ojos de su padre volvían a mirarla, pero no con lujuria si no castigadores. Marina agachó la cabeza. El sonido de las gotas empezó a aumentar su intensidad. Lo escuchaba salpicar en el agua incluso con los sollozos de su madre. ¿Por qué, por qué no podía dejar de oír ese maldito goteo?

De repente, un policía y un médico aparecieron en la puerta. Su rostro se volvió del color de la cera. Ahora sí que estaba perdida. El doctor empezó a examinar el cuerpo mientras el agente les hacía unas cuantas preguntas rutinarias. 

Todo indicaba que la causa de la muerte había sido un paro cardiaco. Así lo dictaminó el médico. Afortunadamente, no sospechaban de Marina. Aun así, deseaba, con toda su alma, que se marcharan. 

Tras acompañarlas al salón y tranquilizarlas, el policía y el médico volvieron al baño. Un sudor frío empezó a empaparle la frente. Una gota, dos gotas, tres gotas… ¿Qué querían ver más? Su madre le ofreció la mano, ella se la agarró temblando. 

Las gotas no paraban de caer. Casi las podía sentir mojándole el cuello. Una gota, dos gotas, tres gotas… igual que los besos de su padre por las noches. 

Besos que nadie sabía. Una gota, dos gotas, tres gotas… Besos, con sabor a whisky, que, durante años, habían impregnado el olor por todo su cuerpo. Una gota, dos gotas, tres gotas… Apretó la mano de su madre con más fuerza. 

¿Qué pensaría ella de lo que hacía su padre? Las gotas caían, caían, caían… ¿Estaría de acuerdo en haberle matado? ¿Habría decidido denunciarle? Las gotas seguían cayendo. Marina sacudió la cabeza; las preguntas se le ahogaban con aquel sonido infernal. 

Las voces de los hombres se acercaban. Su madre se levantó, tiró de ella. Marina intentó escuchar qué decían, pero el goteo continuaba martilleando sus oídos. Al entrar al salón, se quedaron, en silencio, mirándola. 

Una gota, dos gotas, tres gotas… Sentía que le empezaba a faltar el aire. Seguro que la habían descubierto. Una gota, dos gotas, tres gotas… Sí, eso era. Sabían que había sido ella y estaban tensando el momento para revelárselo a su madre.

O a lo mejor estaban esperando a que lo confesase ella. Las gotas empezaron a caer más rápido. Pero era injusto, ella solo había acabado con el sufrimiento que aquel monstruo le estaba causando. Las gotas seguían cayendo. Llevaba meses estudiando, con precisión milimétrica, los movimientos de su padre, sus horarios, sus momentos a solas con las botellas y por fin había llegado el día. 

Aquella tarde del miércoles, su padre se tomaría su típico whisky sentado en el sofá viendo la tele. Después de dos copas, se levantaría para ir al baño y ella aprovecharía para vaciarle en la botella una caja, entera, de ibuprofeno en sobres. 

Había leído que en grandes dosis el ibuprofeno podía producir infartos. Por eso, había decidido utilizarlo como su arma. Horas después, su padre se daría un baño. Entonces, los sobres, que llevarían tiempo actuando en su organismo, le provocarían la muerte instantánea. 

Creía que era un plan perfecto, que lo tenía todo calculado. Sin embargo, la llamada de su madre a la policía había abierto una brecha sin solución en su partida. Juego en el que las tornas habían cambiado y ahora le tocaba a ella ser la culpable. Pero, ¿y si nunca habían cambiado los papeles? ¿Y si ella había tenido la culpa desde el principio?

La voz de su conciencia empezó a devorarla a gritos. El sonido de las gotas se volvió más penetrante. Una gota, dos gotas, tres gotas… Marina las escuchaba caer, despacio, llenando los recovecos más profundos de su cuerpo. Una gota, dos gotas, tres gotas… 

Asustada, observó a sus acusadores. El policía y el médico seguían mirándola. Una gota, dos gotas, tres gotas… Sus labios se movían, parecía que le decían algo, pero ella solo podía oír las gotas cayendo. 

Era inútil tratar de ignorar aquel chapoteo. Una gota, dos gotas, tres gotas… La única forma de dejar de oírlo era revelando su crimen. Y eso fue lo que hizo. Mientras hablaba, las gotas, que hasta ahora caían en su cabeza, empezaron a desbordarse por sus ojos. Sin embargo, por mucho que insistió, ni su madre ni los hombres la creyeron.


  Ya han pasado muchos años desde entonces. Los recuerdos de aquella noche se le pintan incompletos. No obstante, cuando nada interrumpe al silencio en la soledad de su habitación… una gota, dos gotas, tres gotas…



martes, 19 de junio de 2018

El extraño secuestro de Lucy Miller (parte 3)

Cinco años pasaron desde que Jerry se despertó una mañana en aquel psiquiátrico. Cinco años sin saber cómo le habían conseguido ingresar Damon y Amy sin que él se enterara, sin que pusiera resistencia. Cinco años sometido a medicamentos que le dejaban ido durante horas.

Al principio, iban a verle todos los días, pero, conforme pasaba el tiempo, sus visitas empezaron a bajar a una por semana, una por mes, hasta que al final dejaron de ir. 
Entonces, Jerry se vio más solo que nunca. Varias veces, tuvieron que sedarle, porque la desesperación le hacía dejar de comer y la única solución eran sondarle y alimentarle con suero.

El doctor Anthony Mark también dejó de ir a hablar con él de un día para otro. Aunque eso a Jerry no le afectó tanto. Lo mismo que le decía el doctor Mark, se lo decía otro médico que iba a verle y que había estudiado su caso. Y a la semana siguiente, venía otro y le decía lo mismo que el anterior. Llegó un momento, en que Jerry relataba la historia de Lucy como quien dicta, de memoria, la lista de la compra.

Sabía a ciencia cierta que ya no volvería a ver a su hija así que no se molestaba en pensar en ella como antes. Ya no imaginaba teniéndola en sus brazos, ni oyendo su risa, ni escuchando su voz cuando por las noches se tumbaban en la cama y hablaban hasta quedarse dormidos.

Una mañana,  esperó a que alguna enfermera entrara, en la habitación, y le llevara al despacho del psiquiatra que hubiera venido. Sin embargo, no entró nadie a verle. Extrañado, cogió las muletas, se acercó a la puerta y se apoyó en ella para escuchar. Entonces, esta se abrió y Jerry se asomó a un pasillo oscuro y vacío. 

Empezó a andar despacio. Las puertas de las demás habitaciones también estaban abiertas, pero no encontró a nadie en ninguna. Todo era silencio, abandono. 
Siguió andando hasta el final del pasillo y bajó, a tientas, las escaleras que llevaban al vestíbulo. En la recepción, tampoco había nadie y a Jerry se le iluminó la oportunidad de salir, por fin, de aquel horrible sitio. 

La calle había sido como un lienzo en blanco que se dibujó ante sus ojos. Todo ese tiempo encerrado había hecho que perdiera el recuerdo de los colores, del sol, de los sonidos de la ciudad… 
Jerry salió, aspiró, profundamente, el aroma de la libertad y se alejó del psiquiátrico. El pijama blanco que llevaba llamaba la atención de la gente que se giraba cuando él pasaba, pero eso le daba igual; ahora, su preocupación era ver cómo volvía a casa.

Había salido con una mano delante y otra atrás. Lo único que tenía eran las muletas. Jerry pensó en sentarse en la esquina de un edificio y esperar que la gente le echara alguna moneda. Sin embargo, la suerte, que parecía haberle cambiado, hizo que se encontrara con una vecina. 

La mujer iba andando hacia el coche con tres bolsas de la compra en los brazos, algo que le sorprendió mucho; si no recordaba mal, desde que la conocía, iba en silla de ruedas. Sin poder evitarlo, le preguntó, pero ella le dijo que nunca había sido inválida. 

Jerry no insistió, apoyó las muletas en el coche y le ayudó con las bolsas. Mientras las guardaba en el maletero, esperaba que la mujer le preguntara qué hacía así vestido o dónde había estado o si sabía algo de Lucy. No obstante, no le dijo nada; solo le ofreció llevarle a casa.

Al llegar a la puerta, se dio cuenta de que no tenía las llaves. Suspiró, desesperado, y se quedó inmóvil pensando cómo entrar. Si tuviera un teléfono, avisaría a Damon que siempre tenía una copia, pero había perdido la pista de su hermano desde hacía años. No sabía, ni siquiera, si vivía en la ciudad.

De repente, escuchó ruidos dentro. Jerry se asustó y se alejó, de la puerta, con una muleta en alto. Entonces, una niña abrió y se lanzó a sus brazos. 

––Papi, ¿qué haces con este pijama? ¿por qué has tardado tanto?

––¿Quién eres? ––dijo Jerry y la apartó.

––Papi, soy Lucy.

La niña le miró preocupada. Sus pequeños ojos se volvieron más azules todavía.

––No. A mi hija la secuestraron hace seis años. Es imposible que tú seas ella.

Jerry se sentó, en el banco del porche, y empezó a llorar, la cara escondida entre las piernas. ¿Por qué le pasaba a él esto? ¿Por qué no le dejaba su mente aceptar que Lucy ya no volvería con él nunca? La niña se sentó a su lado y le abrazó con fuerza. 

Era el espejismo más bonito que había sentido desde hacía mucho tiempo. Si por él fuera, viviría de aquella visión siempre. Sin embargo, sabía que eso no le iba a hacer ningún bien. Así que respiró hondo, se dijo en voz baja que aquella Lucy no existía y levantó la cabeza.

––Papi, ¿qué te pasa?

Sin dejar de llorar, Jerry le acarició la cara. Había soñado con ese momento tantas veces… Lucy volvió a abrazarle. Le dijo al oído que le quería y que por la noche le contara un cuento antes de dormir. Él sonrió y entonces dejó de importarle que aquello fuera real o no.




sábado, 16 de junio de 2018

El extraño secuestro de Lucy Miller (Parte 2)

Mientras él se estrujaba el seso buscando respuestas, Amy se levantó y se acercó a Gillian para decirle que se marchara arriba a jugar. Luego, se puso al lado de Jerry y, con cuidado, le quitó la foto. La dejó encima de la mesa y le llevó, de un brazo, hasta el sofá.
Damon, que se había marchado a la cocina, regresó con el móvil en la mano. Se sentó al lado de su hermano y dijo:

––Jerry, ¿por qué te has inventado todo esto?

–– ¡No me he inventado nada! ––dijo indignado––. Os juro que ayer no estaba la foto.

––Acabo de hablar con Michael ––dijo Damon––. No sabe nada de lo que dices.

–– ¿Me estás llamando loco? ––Jerry apretó los puños.

Damon suspiró hondo y bajó la mirada a sus zapatos.

––Bien no estás––dijo al cabo de un rato––. Nosotros solo queremos ayudarte.

–– ¿Podéis decirme dónde está Lucy? ¿O si está bien? ¿O cuándo va a volver conmigo?

––Eso no lo podemos saber nosotros, Jerry––dijo Amy y le cogió la mano.

––Entonces, no podéis ayudarme.

Jerry se soltó y se levantó.––Cerrar la puerta cuando os vayáis.

Cojeó hasta la pared, donde tenía apoyadas las muletas, las cogió y subió a su habitación.
No salió de ahí más que para comer e ir al baño. La mayor parte del tiempo, se lo pasaba mirando la foto y preguntándose cómo había regresado a su sitio. 

Aunque a veces, otra cuestión también se abría paso en su cabeza: ¿por qué había dicho Michael que no sabía de lo que hablaba?

Tres días estuvo así, hasta que una mañana el timbre de la puerta empezó a sonar. Jerry se restregó los ojos; tenía la sensación de haberse quedado dormido hacía muy poco. Se incorporó, agarró las muletas y bajó, descalzo, a abrir.

Damon, Michael y un hombre, con sombrero y libreta, aguardaban en la entrada.

––Hola, ¿te importa que entremos? ––dijo Damon.

Sin decir nada, Jerry se apartó a un lado y les dejó vía libre. Damon, Michael y el desconocido, del sombrero y la libreta, entraron, en fila, hasta el salón.

––Jerry, te presento al doctor Anthony Mark––dijo Damon.

Él le estrechó la mano.

––Es uno de los mejores psiquiatras de Nueva York.

––Tampoco es para tanto––dijo el doctor.

––Bueno, ¿y a qué ha venido? ––dijo Jerry.

––A hablar contigo. El doctor Mark es experto en casos como el tuyo. Le he contado lo que te ocurrió, el otro día, y se ha ofrecido a ayudarte.

––Pues se lo agradezco mucho, pero el único que podría ayudarme, y no lo hace, es este subnormal de aquí––Jerry señaló a Michael.

––Que yo sepa, no soy especialista en gente que está mal de la cabeza––dijo el policía.

Damon tuvo que parar a su hermano; de no hacerlo una de las muletas le hubiera saltado los dientes a Michael.––Sr. Miller, sé por lo que está pasando––dijo el psiquiatra––. He conocido a varias personas en su misma situación y en algún momento sus mentes les han jugado malas pasadas y les han hecho confundir la realidad.

––Yo no he confundido nada. Lo que pasó con la foto fue real.

––El cerebro es nuestra arma más poderosa. No se imagina hasta que punto puede crear realidades paralelas con tal de conseguir que veamos lo que queremos.

Jerry tosió para tapar la risa. 

––No te cuesta nada ir a su consulta, algún día, y hablar con él––dijo Damon––. Aunque sea solo por probar.

––Vale, iré, pero quiero saber una cosa: Michael, ¿por qué le dijiste a mi hermano que no sabías de lo que hablaba cuando te preguntó por lo de la foto?

El policía se encogió de hombros.

––Es que no sabía lo que me estaba diciendo. Yo ni sabía que existía esa foto.

––Pero si estuviste aquí en casa y me estuviste preguntando si sospechaba quien se la había llevado y si había notado algún signo de violencia en la casa…

Michael empezó a negar con la cabeza.

––Jerry, yo ese día libraba. Es imposible que estuviera aquí contigo. A lo mejor, te estás confundiendo y fue otro compañero.

––Que no me estoy confundiendo. En cuanto vi lo de la foto, llamé a comisaría y hablé contigo. Luego, viniste aquí y te llevaste el marco y la nota. Eso fue lo que pasó. Lo que no entiendo es porqué lo niegas.

Michael echó la cabeza hacia atrás y resopló poniendo los ojos en blanco.

––Te repito que yo nunca he visto ni me he llevado la nota, esa que dices, ni el marco ni nada.

Jerry sintió como se le empezaban a marcar las venas, de los brazos, de lo fuerte que estaba apretando las manos en las muletas.

––Sr. Miller, ¿le parece bien ir a verme pasado mañana? ––dijo el doctor.

Jerry no respondió. Su corazón parecía, en ese momento, una olla a presión a punto de estallar. Damon le quitó las muletas, despacio, y le llevó al sofá.

––Allí estará, doctor––dijo su hermano––. Dígame la hora.

––A las doce y media. Tome mi tarjeta.

Durante varios meses, Jerry fue a la consulta del doctor Mark siempre acompañado de su hermano o su cuñada. En cada sesión, el psiquiatra y ellos intentaban que comprendiera que su mente había creado lo que había ocurrido con la foto por la desesperación de no tener nada a lo que aferrarse. 

No obstante, él se negaba, una y otra vez, a admitir que no había sido real. Así que una tarde, el doctor avisó a Damon y Amy para que se reunieran con él en su consulta. 

––Me parece que, ahora, es el mejor momento para ingresar a su hermano en el hospital, sr. Miller.

––Ay Dam, no sé si esto que estamos haciendo está bien.

––Ya es un poco tarde para echarnos atrás, ¿no crees?


                                    



jueves, 14 de junio de 2018

El extraño secuestro de Lucy Miller (parte 1)

   Una noche, Jerry decidió acabar con todo. Dejó la botella de whisky en la mesa, agarró las muletas y fue a la cocina. Con las manos temblorosas abrió el armario, sacó su bote de pastillas para dormir y, de un trago, se las metió todas en la boca.


   De repente, una pequeña franja de luz empezó a vislumbrarse. Jerry intentó acercarse a ella, pero era incapaz de moverse. Se sentía tan débil que los ojos se le cerraban y en el brazo derecho notaba algo punzante.

Entonces, la franja se hizo más grande y algunas voces empezaron a colarse por ella. Hablaban en susurros tan suaves que era imposible distinguir lo que decían.

Jerry intentó moverse, de nuevo, pero seguía muy débil. ¿De quiénes eran aquellas voces? ¿Dónde estaba? Como pudo, preguntó esto en voz alta, aunque de su boca solo salieron gemidos.

––¿Jerry eres tú?

Aquella voz le resultó familiar.

––¿Damon?

Una figura traspasó la franja de luz y se acercó a él.

––Sí, soy yo. ¿Cómo estás?

Damon le agarró la mano y se sentó junto a él.

––¿Qué ha pasado?

––Te intentaste suicidar. Estás en el hospital, llevas una semana en coma.

Él se quedó en silencio. El recuerdo de las pastillas le vino como un fogonazo.

––¿Por qué lo hiciste?

––Déjame en paz.

––Eres gilipollas. ¿Qué haría Lucy cuando volviera y viera que no estás?

––Lucy no va a volver.

––¿Y tú qué sabes? Vamos a ser positivos, coño, que todo tiene solución en esta vida.

––Para ti es muy fácil decirlo. Tú no has perdido a tu mujer ni a tu hijo. Tú no llevas un año sin dormir bien, esperando a que alguien te llame y te diga que tu hijo sigue vivo, que va a volver a tu lado.

Conforme hablaba, sus ojos empezaron a inundarse. Damon se alejó, un momento, y encendió la luz. 

––Cálmate––Le incorporó con cuidado y le apretó contra su pecho––, ya verás como todo se arregla.

Jerry hundió la cabeza en su hombro. Suspiró, profundamente, y siguió llorando en silencio. Su hermano le abrazó aun más fuerte. Sin embargo, lo único que consiguió es que su cuerpo convulsionara con más fuerza por el llanto, que ahora era una cascada cayendo de sus ojos.

Damon se separó de él, sacó un paquete de clínex del pantalón y le dio un pañuelo.

––Como sigas así, te vas a secar.

Una pequeña sonrisa asomó en los labios de Jerry.

––Me tengo que ir; le he dicho a Amy que cenaba en casa. Mañana vuelvo y desayunamos juntos.
   
Se inclinó y volvió a abrazarle.
     
––¿Cuándo me dan el alta?
     
––No lo sé. Hasta ahora, no sabíamos si ibas a despertar. Mañana cuando venga, se lo pregunto al médico.

––Vale, hasta mañana.

Al rato de irse Damon, entró una enfermera a llevarle la cena. No tenían que ser más de las ocho, pero llevaba tanto a oscuras que había perdido la noción del tiempo.

––Perdone, ¿qué hora es?
     
––Las siete y media.

La enfermera dejó la bandeja en la mesita, de la cama, y se marchó. Jerry alzó el cuello hacia el plato con cara de pereza. Podía tener ganas de otra cosa, pero de comer y encima ese mejunje verde, no.

Volvió  a tumbarse y se tapó hasta la nariz; el puré soltaba un humillo que le revolvía el estómago. Cerró los ojos y, en un instante, se durmió.



   Al día siguiente, lo primero que le vino a la cabeza fue el correo electrónico. Todos los días, se aseguraba de mirarlo varias veces; de comprobar si había algún mensaje sobre Lucy. Sin embargo, desde hacía un año, la bandeja de entrada era un papel en blanco. 

Y al igual que el correo electrónico, tampoco sonaba el teléfono, ni leía ninguna noticia en internet o en los periódicos. Era como si a su hija se la hubiese tragado la tierra. Aquello era un sinvivir constante: no saber nada. No saber qué le había pasado, ni a qué hora había desaparecido, ni quién se la había llevado. 

Con esas pistas, no había podido poner una demanda en condiciones y la policía parecía haber dejado el caso un poco aparcado. Así que se encontraba más solo que nunca. Aunque tenía a su hermano pequeño, a su cuñada y a su sobrino, que eran un gran apoyo, lo que echaba de menos, de verdad, era abrazar a su hija, sentir que la podía proteger, como lo había hecho hasta que se la arrebataron.


Tres golpes en la puerta, le sacaron de su ensimismamiento. Damon la abrió y entró en la habitación junto a Amy. Jerry se incorporó un poco.
     
––¿Qué tal estás?

Su cuñada se acercó a él y le abrazó con cuidado.
         
––Un poco mejor.

––Vaya susto nos diste. Cuando Damon empezó a llamarte y no contestabas, nos imaginamos lo peor. Menos mal que llegamos a tiempo.

––Ya, lo siento.

––No te preocupes. Lo importante es que has despertado y que te vas a recuperar.

Jerry sonrió. Amy se inclinó y le besó en la mejilla.

En ese instante, una enfermera entró con un vaso de leche hirviendo y un paquetito de galletas.

––Buenos días.

La mujer dejó el desayuno en la mesita.

––¿Cómo se encuentra Sr. Miller?

––Mejor.

––Así me gusta. Voy a ver como va esto.

La enfermera se acercó a la bolsa de suero que tenía conectada al brazo.

––Aún le queda un rato. Desayune tranquilo, luego vuelvo a cambiarle el suero.

––Vale, muchas gracias.

La mujer se despidió y salió. Damon cogió el paquete de galletas, lo abrió y le dio una a Jerry

––¿Has hablado con el médico? ––dijo masticando.

––Sí, antes de subir. Dice que tendrás que quedarte aquí una semana más, por lo menos.

––¿Una semana? Pero si en dos días, como mucho, estaré bien del todo.

––Es lo que ha dicho ––Damon se encogió de hombros, al tiempo que le daba otra galleta.

––Bueno, pero cuanto más tiempo estés aquí mejor ––dijo Amy––. Yo me quedo más tranquila sabiendo que estás rodeado de médicos.

––Y yo también ––dijo Damon.

Sinceramente, le importaba una mierda que estuviesen más tranquilos o no. Lo único que quería era volver a casa y saber si había alguna noticia sobre su hija. Aunque supuso que, de haber alguna, ellos lo sabrían. Así que asintió y siguió desayunando.



   Jerry suspiró. No podía creer que estuviera en casa. Por fin, después de una semana que le había resultado interminable. Damon y Amy habían ido a buscarle con el coche. Su idea era que Jerry pasara un tiempo con ellos, pero él se negó. Necesitaba un momento a solas. O mejor dicho, unos días.

Avanzó hasta el teléfono, lo descolgó y comprobó los mensajes. Como siempre, cero. Sin sorprenderse, lo colgó y subió a su habitación. Apoyó las muletas en la pared y se echó en la cama. 

Bocarriba, empezó a tamborilear, con los dedos, el colchón. Pensaba en Lucy. Recordaba cuando se tumbaban los dos en la cama, por las noches, y hablaban hasta que ella se quedaba dormida. Ya hacía un año de eso. Jerry cerró los ojos, con fuerza, para contener las lágrimas.

Respiró hondo, aún con los ojos cerrados, y alargó el brazo hasta la mesilla de noche. Cogió la fotografía de Lucy y abrió los ojos. En lugar de su niña, la foto enmarcaba un folio en el que ponía «dile adiós para siempre». Jerry se incorporó y desmontó el marco. Las manos temblando y el aire sin llegarle a los pulmones.

Por detrás, la hoja estaba en blanco. Jerry se agarró el pecho y empezó a hiperventilar. Le habían quitado la foto de Lucy. La única forma que le quedaba para ver su sonrisa. Y luego estaba el mensaje. Jerry volvió a leer el folio. ¿Qué significaba? ¿Quién lo había escrito?


   Diez minutos más tarde, un policía llamó al timbre.

––¿Qué ocurre Jerry, qué era eso tan urgente que tenía que ver?

El policía pasó al salón. Jerry se acercó a la mesa y señaló la hoja y el marco.

–– ¿Qué es esto?

––Eso es lo que me gustaría saber. Ahí antes estaba la foto de mi hija y hoy, cuando me he dado cuenta, he visto esto.

El policía le miró extrañado.

–– ¿No te  habías fijado hasta ahora?

––No, acabo de volver a casa. He estado una semana fuera.

Jerry esperaba que le preguntara dónde, pero la conversación siguió por otro lado.

–– ¿Has visto algún signo de violencia en la casa?

––No, nada.

–– ¿Y sospechas quién puede haber sido?

––Sí, el que se llevó a Lucy. Esto es una pista clarísima.

––Bueno, clarísima, clarísima, tampoco––dijo el policía––. Solo es un folio con una frase escrita a boli.

Jerry se encendió. Los colores empezaron a marcársele en las mejillas y su boca se torció en una mueca de ira.

––Vamos, que ahora tampoco me vais a ayudar.

––No es eso Jerry, lo que pasa es...

–– ¡Cállate Michael!––Levantó una muleta en señal de amenaza––. Me tenéis hasta los huevos. Si yo siguiera en el cuerpo, no descansaría hasta encontrar a vuestros hijos. Que he sido compañero vuestro, coño, y me estáis dando la espalda cuando más os necesito.

––Hacemos cuanto podemos.

–– ¿Cuánto podéis? Sois todos unos hipócritas.

Michael se guardó la contestación. 

––Me tengo que ir. Dame la hoja y el marco y si averiguamos algo, te aviso.

Jerry se los dio y se fue, otra vez, a la habitación. Antes de llegar a la escalera, escuchó la puerta cerrarse.


   El teléfono empezó a sonar. Damon salió de la habitación y corrió a cogerlo.

–– ¿Diga?

––Dam, soy yo, ¿puedes venir a casa?

––Ahora no, tengo que ir a trabajar.

––Joder, ¿no puedes llegar más tarde?

––Ya estoy llegando tarde, Jerry. Me he quedado dormido.

Damon se abotonaba, con la mano libre, los botones de la camisa.

–– ¿Y a qué hora sales?

––Sobre las doce.

––Pues vente directo a casa, tengo que contarte algo.

Sin darle tiempo a contestar, Jerry colgó.



   Aquella mañana, antes del mediodía, Damon se despidió de sus alumnos y se fue. Era profesor de robótica en una Universidad de Nueva York. Su hermano le esperaba sentado en el banco del porche. 

––Ya estoy aquí, ¿qué me querías contar?

Jerry y él entraron y se sentaron en el sofá. Él le narró lo sucedido la noche anterior. Damon escuchaba concentrado, con las manos entrecruzadas sobre la frente.

––¿Has pensado alguna vez en dejar la desaparición de Lucy en manos de otros policías?

––La verdad es que no. Estos chicos siempre han sido mis compañeros y confié en ellos, desde el principio, para ayudarme.

––Jerry, dejaron de ser tus compañeros hace cinco años cuando Harry y tú tuvisteis el accidente.

Él se miró el hueco del pie.

––Y aunque Michael sea un gilipollas, entiendo que te guarde rencor; su padre murió por tu culpa.

–– ¿A qué has venido? ¿A hundirme?

Jerry no levantó la vista. Habló lento, marcando cada sílaba.

––No, lo que quiero es que te des cuenta de que por mucho perdón que hayas pedido nunca olvidarán lo que ocurrió y que quizás es mejor confiarle tu caso a otros.

Jerry se mordió el labio inferior y miró a su hermano con ojos de cristal.

––Nunca quise que le pasara nada a Harry y nunca me perdonaré lo que hice. Pero aquel día, solo veía que Niky me había dejado, que se había ido con otro que la satisfacía más que yo––Jerry apretó los puños––. Quince años juntos se fueron a la mierda en un instante y yo no supe afrontarlo de otra forma que bebiendo. No pensé en las consecuencias que tendría luego coger el coche. Ahora las sé y ojalá pudiera volver atrás para rectificar mi error.

Algunas lágrimas empezaron a caer por su rostro.

––Perdóname, no tendría que haberte recordado eso––Damon le abrazó––. ¿Te apetece salir a comer fuera?

Él se secó los ojos con la manga y aceptó la invitación.



   A la vuelta, Damon le acompañó a casa. Había avisado a Amy para que fuera con Gillian a las seis. Ilusionado por ver a su sobrino Jerry preparó una pequeña merienda. Incluso mandó a Damon a comprar una bolsa de las patatas favoritas del niño. 

–– ¡Hola tío Jerry!

El niño le abrazó con fuerza haciendo que se tambaleara con las muletas.

––Hola Gill, ¿cómo estás?

––Bien. ¿Y la prima? ¿Sigue en el internado?

Jerry asintió. Detestaba mentir y más a su sobrino, pero ¿cómo se le dice a un niño de ocho años que su prima ha desaparecido y que lo mismo no vuelve? Eso fue lo primero que se les ocurrió contarle y llevaban alargando la mentira ya un año.

––Pues a ver si viene, que tengo ganas de jugar con ella.

––La próxima vez que hablemos, se lo digo.

Él le removió el pelo cariñosamente.


   
   La merienda había acabado hace rato. Jerry había aprovechado las danzas de su sobrino para contarle a Amy lo ocurrido con la foto. Entonces, el niño apareció con ella en la
 mano.

––Mira mamá, que bien sale Lucy aquí.

Se quedaron de piedra.

–– ¿De dónde has sacado eso? ––dijo Jerry.

––Estaba en tu habitación tío Jerry.

Jerry se levantó cojeando y le quitó la foto. Desconcertado la observó por todos lados. Era imposible que fuera la foto de su niña. Sin embargo, por mucho que la mirara, no daba paso a la equivocación. Era la foto de Lucy. La foto que él juraba y perjuraba que le habían robado y que le habían cambiado por una nota. ¿Acaso la había devuelto quien se la llevó? ¿Pero por qué haría tal cosa?

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