viernes, 3 de agosto de 2018

La bruja

––Papá, ¿qué son esos gritos que escucho por las noches?

––Es la Bruja que viene todas las noches para ver si has recogido los juguetes, pero como nunca lo haces se enfada.

La pequeña aprieta las comisuras de la boca y observa los muñecos esparcidos por la habitación. Papá la arropa, la besa en la frente y se dirige a la puerta. Entonces, ella  se incorpora y le dice:

––¿Y por qué mamá tiene el ojo morado?

––Porque, a veces, discute con la Bruja. Quiere llevarse los juguetes que vea sin recoger y mamá se lo quiere impedir.

Él apaga la luz y cierra la puerta. La niña se queda mirando al techo. Los pasos de papá, por el pasillo, marcan el compás de sus pensamientos. Sin embargo, un grito la devuelve a la habitación. Ella salta de la cama y sale corriendo al dormitorio de sus papás.

Él, de pie junto al armario, pega un puñetazo a la puerta. Todo el mueble vibra. Mamá está en el suelo llorando y, con una mano, se cubre la boca. La pequeña se acerca y se agacha a su lado.

––Mamá, no te pelees más con la Bruja, por favor. Os prometo que voy a recoger mis juguetes, todos los días, para que no quiera quitármelos.

Ella sonríe y le acaricia la cara. La niña la abraza con fuerza.




viernes, 29 de junio de 2018

Una gota, dos gotas, tres gotas

  Marina se asomó a la soledad del pasillo. Nada interrumpía a la noche en su silencio, salvo aquel ruido de gotas cayendo. Avanzó, despacio, hacia el baño, la respiración entrecortada. Las gotas continuaban retumbando en su cabeza. El espejo le devolvió la imagen de su padre en la bañera, los ojos abiertos. 
Ojos que aún parecían mirarla con aquel deseo repugnante que durante tantos años había aguantado. Pero eso no le importó; lo que, de verdad, la estremecía era ese ruido de gotas.

Nerviosa, comprobó el grifo. Estaba bien cerrado. ¿De dónde venía, entonces, ese maldito goteo? Trató de calmarse. Salió del baño y escuchó con atención. Las gotas volvían a salpicar el agua lentamente. Se giró asustada. El grifo seguía cerrado. 

Corrió a la habitación, el ruido de las gotas la persiguió por el pasillo, se cubrió la cara con el edredón, se tapó los oídos.  Entonces, un grito la sobresaltó. Era su madre. Se destapó y se quedó inmóvil, la mirada fija en la puerta. ¿Y si se daba cuenta de que había sido ella? Una gota, dos gotas, tres gotas… El corazón de Marina empezó a latir con fuerza. 

Se llevó una mano al pecho, respiró hondo. No había porqué preocuparse. Una gota, dos gotas, tres gotas… Era imposible que descubriera la sobredosis de ibuprofeno. 

Un nuevo grito, desgarrado, la sacó de su pensamiento. Marina salió corriendo al baño. A medida que se acercaba, las gotas caían con más rapidez. Su madre lloraba apoyada en el borde de la bañera. Observó el grifo, seguía cerrado. Se agachó junto a ella, la abrazó con fuerza. 

Los ojos de su padre volvían a mirarla, pero no con lujuria si no castigadores. Marina agachó la cabeza. El sonido de las gotas empezó a aumentar su intensidad. Lo escuchaba salpicar en el agua incluso con los sollozos de su madre. ¿Por qué, por qué no podía dejar de oír ese maldito goteo?

De repente, un policía y un médico aparecieron en la puerta. Su rostro se volvió del color de la cera. Ahora sí que estaba perdida. El doctor empezó a examinar el cuerpo mientras el agente les hacía unas cuantas preguntas rutinarias. 

Todo indicaba que la causa de la muerte había sido un paro cardiaco. Así lo dictaminó el médico. Afortunadamente, no sospechaban de Marina. Aun así, deseaba, con toda su alma, que se marcharan. 

Tras acompañarlas al salón y tranquilizarlas, el policía y el médico volvieron al baño. Un sudor frío empezó a empaparle la frente. Una gota, dos gotas, tres gotas… ¿Qué querían ver más? Su madre le ofreció la mano, ella se la agarró temblando. 

Las gotas no paraban de caer. Casi las podía sentir mojándole el cuello. Una gota, dos gotas, tres gotas… igual que los besos de su padre por las noches. 

Besos que nadie sabía. Una gota, dos gotas, tres gotas… Besos, con sabor a whisky, que, durante años, habían impregnado el olor por todo su cuerpo. Una gota, dos gotas, tres gotas… Apretó la mano de su madre con más fuerza. 

¿Qué pensaría ella de lo que hacía su padre? Las gotas caían, caían, caían… ¿Estaría de acuerdo en haberle matado? ¿Habría decidido denunciarle? Las gotas seguían cayendo. Marina sacudió la cabeza; las preguntas se le ahogaban con aquel sonido infernal. 

Las voces de los hombres se acercaban. Su madre se levantó, tiró de ella. Marina intentó escuchar qué decían, pero el goteo continuaba martilleando sus oídos. Al entrar al salón, se quedaron, en silencio, mirándola. 

Una gota, dos gotas, tres gotas… Sentía que le empezaba a faltar el aire. Seguro que la habían descubierto. Una gota, dos gotas, tres gotas… Sí, eso era. Sabían que había sido ella y estaban tensando el momento para revelárselo a su madre.

O a lo mejor estaban esperando a que lo confesase ella. Las gotas empezaron a caer más rápido. Pero era injusto, ella solo había acabado con el sufrimiento que aquel monstruo le estaba causando. Las gotas seguían cayendo. Llevaba meses estudiando, con precisión milimétrica, los movimientos de su padre, sus horarios, sus momentos a solas con las botellas y por fin había llegado el día. 

Aquella tarde del miércoles, su padre se tomaría su típico whisky sentado en el sofá viendo la tele. Después de dos copas, se levantaría para ir al baño y ella aprovecharía para vaciarle en la botella una caja, entera, de ibuprofeno en sobres. 

Había leído que en grandes dosis el ibuprofeno podía producir infartos. Por eso, había decidido utilizarlo como su arma. Horas después, su padre se daría un baño. Entonces, los sobres, que llevarían tiempo actuando en su organismo, le provocarían la muerte instantánea. 

Creía que era un plan perfecto, que lo tenía todo calculado. Sin embargo, la llamada de su madre a la policía había abierto una brecha sin solución en su partida. Juego en el que las tornas habían cambiado y ahora le tocaba a ella ser la culpable. Pero, ¿y si nunca habían cambiado los papeles? ¿Y si ella había tenido la culpa desde el principio?

La voz de su conciencia empezó a devorarla a gritos. El sonido de las gotas se volvió más penetrante. Una gota, dos gotas, tres gotas… Marina las escuchaba caer, despacio, llenando los recovecos más profundos de su cuerpo. Una gota, dos gotas, tres gotas… 

Asustada, observó a sus acusadores. El policía y el médico seguían mirándola. Una gota, dos gotas, tres gotas… Sus labios se movían, parecía que le decían algo, pero ella solo podía oír las gotas cayendo. 

Era inútil tratar de ignorar aquel chapoteo. Una gota, dos gotas, tres gotas… La única forma de dejar de oírlo era revelando su crimen. Y eso fue lo que hizo. Mientras hablaba, las gotas, que hasta ahora caían en su cabeza, empezaron a desbordarse por sus ojos. Sin embargo, por mucho que insistió, ni su madre ni los hombres la creyeron.


  Ya han pasado muchos años desde entonces. Los recuerdos de aquella noche se le pintan incompletos. No obstante, cuando nada interrumpe al silencio en la soledad de su habitación… una gota, dos gotas, tres gotas…



martes, 19 de junio de 2018

El extraño secuestro de Lucy Miller (parte 3)

Cinco años pasaron desde que Jerry se despertó una mañana en aquel psiquiátrico. Cinco años sin saber cómo le habían conseguido ingresar Damon y Amy sin que él se enterara, sin que pusiera resistencia. Cinco años sometido a medicamentos que le dejaban ido durante horas.

Al principio, iban a verle todos los días, pero, conforme pasaba el tiempo, sus visitas empezaron a bajar a una por semana, una por mes, hasta que al final dejaron de ir. 
Entonces, Jerry se vio más solo que nunca. Varias veces, tuvieron que sedarle, porque la desesperación le hacía dejar de comer y la única solución eran sondarle y alimentarle con suero.

El doctor Anthony Mark también dejó de ir a hablar con él de un día para otro. Aunque eso a Jerry no le afectó tanto. Lo mismo que le decía el doctor Mark, se lo decía otro médico que iba a verle y que había estudiado su caso. Y a la semana siguiente, venía otro y le decía lo mismo que el anterior. Llegó un momento, en que Jerry relataba la historia de Lucy como quien dicta, de memoria, la lista de la compra.

Sabía a ciencia cierta que ya no volvería a ver a su hija así que no se molestaba en pensar en ella como antes. Ya no imaginaba teniéndola en sus brazos, ni oyendo su risa, ni escuchando su voz cuando por las noches se tumbaban en la cama y hablaban hasta quedarse dormidos.

Una mañana,  esperó a que alguna enfermera entrara, en la habitación, y le llevara al despacho del psiquiatra que hubiera venido. Sin embargo, no entró nadie a verle. Extrañado, cogió las muletas, se acercó a la puerta y se apoyó en ella para escuchar. Entonces, esta se abrió y Jerry se asomó a un pasillo oscuro y vacío. 

Empezó a andar despacio. Las puertas de las demás habitaciones también estaban abiertas, pero no encontró a nadie en ninguna. Todo era silencio, abandono. 
Siguió andando hasta el final del pasillo y bajó, a tientas, las escaleras que llevaban al vestíbulo. En la recepción, tampoco había nadie y a Jerry se le iluminó la oportunidad de salir, por fin, de aquel horrible sitio. 

La calle había sido como un lienzo en blanco que se dibujó ante sus ojos. Todo ese tiempo encerrado había hecho que perdiera el recuerdo de los colores, del sol, de los sonidos de la ciudad… 
Jerry salió, aspiró, profundamente, el aroma de la libertad y se alejó del psiquiátrico. El pijama blanco que llevaba llamaba la atención de la gente que se giraba cuando él pasaba, pero eso le daba igual; ahora, su preocupación era ver cómo volvía a casa.

Había salido con una mano delante y otra atrás. Lo único que tenía eran las muletas. Jerry pensó en sentarse en la esquina de un edificio y esperar que la gente le echara alguna moneda. Sin embargo, la suerte, que parecía haberle cambiado, hizo que se encontrara con una vecina. 

La mujer iba andando hacia el coche con tres bolsas de la compra en los brazos, algo que le sorprendió mucho; si no recordaba mal, desde que la conocía, iba en silla de ruedas. Sin poder evitarlo, le preguntó, pero ella le dijo que nunca había sido inválida. 

Jerry no insistió, apoyó las muletas en el coche y le ayudó con las bolsas. Mientras las guardaba en el maletero, esperaba que la mujer le preguntara qué hacía así vestido o dónde había estado o si sabía algo de Lucy. No obstante, no le dijo nada; solo le ofreció llevarle a casa.

Al llegar a la puerta, se dio cuenta de que no tenía las llaves. Suspiró, desesperado, y se quedó inmóvil pensando cómo entrar. Si tuviera un teléfono, avisaría a Damon que siempre tenía una copia, pero había perdido la pista de su hermano desde hacía años. No sabía, ni siquiera, si vivía en la ciudad.

De repente, escuchó ruidos dentro. Jerry se asustó y se alejó, de la puerta, con una muleta en alto. Entonces, una niña abrió y se lanzó a sus brazos. 

––Papi, ¿qué haces con este pijama? ¿por qué has tardado tanto?

––¿Quién eres? ––dijo Jerry y la apartó.

––Papi, soy Lucy.

La niña le miró preocupada. Sus pequeños ojos se volvieron más azules todavía.

––No. A mi hija la secuestraron hace seis años. Es imposible que tú seas ella.

Jerry se sentó, en el banco del porche, y empezó a llorar, la cara escondida entre las piernas. ¿Por qué le pasaba a él esto? ¿Por qué no le dejaba su mente aceptar que Lucy ya no volvería con él nunca? La niña se sentó a su lado y le abrazó con fuerza. 

Era el espejismo más bonito que había sentido desde hacía mucho tiempo. Si por él fuera, viviría de aquella visión siempre. Sin embargo, sabía que eso no le iba a hacer ningún bien. Así que respiró hondo, se dijo en voz baja que aquella Lucy no existía y levantó la cabeza.

––Papi, ¿qué te pasa?

Sin dejar de llorar, Jerry le acarició la cara. Había soñado con ese momento tantas veces… Lucy volvió a abrazarle. Le dijo al oído que le quería y que por la noche le contara un cuento antes de dormir. Él sonrió y entonces dejó de importarle que aquello fuera real o no.




sábado, 16 de junio de 2018

El extraño secuestro de Lucy Miller (Parte 2)

Mientras él se estrujaba el seso buscando respuestas, Amy se levantó y se acercó a Gillian para decirle que se marchara arriba a jugar. Luego, se puso al lado de Jerry y, con cuidado, le quitó la foto. La dejó encima de la mesa y le llevó, de un brazo, hasta el sofá.
Damon, que se había marchado a la cocina, regresó con el móvil en la mano. Se sentó al lado de su hermano y dijo:

––Jerry, ¿por qué te has inventado todo esto?

–– ¡No me he inventado nada! ––dijo indignado––. Os juro que ayer no estaba la foto.

––Acabo de hablar con Michael ––dijo Damon––. No sabe nada de lo que dices.

–– ¿Me estás llamando loco? ––Jerry apretó los puños.

Damon suspiró hondo y bajó la mirada a sus zapatos.

––Bien no estás––dijo al cabo de un rato––. Nosotros solo queremos ayudarte.

–– ¿Podéis decirme dónde está Lucy? ¿O si está bien? ¿O cuándo va a volver conmigo?

––Eso no lo podemos saber nosotros, Jerry––dijo Amy y le cogió la mano.

––Entonces, no podéis ayudarme.

Jerry se soltó y se levantó.––Cerrar la puerta cuando os vayáis.

Cojeó hasta la pared, donde tenía apoyadas las muletas, las cogió y subió a su habitación.
No salió de ahí más que para comer e ir al baño. La mayor parte del tiempo, se lo pasaba mirando la foto y preguntándose cómo había regresado a su sitio. 

Aunque a veces, otra cuestión también se abría paso en su cabeza: ¿por qué había dicho Michael que no sabía de lo que hablaba?

Tres días estuvo así, hasta que una mañana el timbre de la puerta empezó a sonar. Jerry se restregó los ojos; tenía la sensación de haberse quedado dormido hacía muy poco. Se incorporó, agarró las muletas y bajó, descalzo, a abrir.

Damon, Michael y un hombre, con sombrero y libreta, aguardaban en la entrada.

––Hola, ¿te importa que entremos? ––dijo Damon.

Sin decir nada, Jerry se apartó a un lado y les dejó vía libre. Damon, Michael y el desconocido, del sombrero y la libreta, entraron, en fila, hasta el salón.

––Jerry, te presento al doctor Anthony Mark––dijo Damon.

Él le estrechó la mano.

––Es uno de los mejores psiquiatras de Nueva York.

––Tampoco es para tanto––dijo el doctor.

––Bueno, ¿y a qué ha venido? ––dijo Jerry.

––A hablar contigo. El doctor Mark es experto en casos como el tuyo. Le he contado lo que te ocurrió, el otro día, y se ha ofrecido a ayudarte.

––Pues se lo agradezco mucho, pero el único que podría ayudarme, y no lo hace, es este subnormal de aquí––Jerry señaló a Michael.

––Que yo sepa, no soy especialista en gente que está mal de la cabeza––dijo el policía.

Damon tuvo que parar a su hermano; de no hacerlo una de las muletas le hubiera saltado los dientes a Michael.––Sr. Miller, sé por lo que está pasando––dijo el psiquiatra––. He conocido a varias personas en su misma situación y en algún momento sus mentes les han jugado malas pasadas y les han hecho confundir la realidad.

––Yo no he confundido nada. Lo que pasó con la foto fue real.

––El cerebro es nuestra arma más poderosa. No se imagina hasta que punto puede crear realidades paralelas con tal de conseguir que veamos lo que queremos.

Jerry tosió para tapar la risa. 

––No te cuesta nada ir a su consulta, algún día, y hablar con él––dijo Damon––. Aunque sea solo por probar.

––Vale, iré, pero quiero saber una cosa: Michael, ¿por qué le dijiste a mi hermano que no sabías de lo que hablaba cuando te preguntó por lo de la foto?

El policía se encogió de hombros.

––Es que no sabía lo que me estaba diciendo. Yo ni sabía que existía esa foto.

––Pero si estuviste aquí en casa y me estuviste preguntando si sospechaba quien se la había llevado y si había notado algún signo de violencia en la casa…

Michael empezó a negar con la cabeza.

––Jerry, yo ese día libraba. Es imposible que estuviera aquí contigo. A lo mejor, te estás confundiendo y fue otro compañero.

––Que no me estoy confundiendo. En cuanto vi lo de la foto, llamé a comisaría y hablé contigo. Luego, viniste aquí y te llevaste el marco y la nota. Eso fue lo que pasó. Lo que no entiendo es porqué lo niegas.

Michael echó la cabeza hacia atrás y resopló poniendo los ojos en blanco.

––Te repito que yo nunca he visto ni me he llevado la nota, esa que dices, ni el marco ni nada.

Jerry sintió como se le empezaban a marcar las venas, de los brazos, de lo fuerte que estaba apretando las manos en las muletas.

––Sr. Miller, ¿le parece bien ir a verme pasado mañana? ––dijo el doctor.

Jerry no respondió. Su corazón parecía, en ese momento, una olla a presión a punto de estallar. Damon le quitó las muletas, despacio, y le llevó al sofá.

––Allí estará, doctor––dijo su hermano––. Dígame la hora.

––A las doce y media. Tome mi tarjeta.

Durante varios meses, Jerry fue a la consulta del doctor Mark siempre acompañado de su hermano o su cuñada. En cada sesión, el psiquiatra y ellos intentaban que comprendiera que su mente había creado lo que había ocurrido con la foto por la desesperación de no tener nada a lo que aferrarse. 

No obstante, él se negaba, una y otra vez, a admitir que no había sido real. Así que una tarde, el doctor avisó a Damon y Amy para que se reunieran con él en su consulta. 

––Me parece que, ahora, es el mejor momento para ingresar a su hermano en el hospital, sr. Miller.

––Ay Dam, no sé si esto que estamos haciendo está bien.

––Ya es un poco tarde para echarnos atrás, ¿no crees?


                                    



jueves, 14 de junio de 2018

El extraño secuestro de Lucy Miller (parte 1)

   Una noche, Jerry decidió acabar con todo. Dejó la botella de whisky en la mesa, agarró las muletas y fue a la cocina. Con las manos temblorosas abrió el armario, sacó su bote de pastillas para dormir y, de un trago, se las metió todas en la boca.


   De repente, una pequeña franja de luz empezó a vislumbrarse. Jerry intentó acercarse a ella, pero era incapaz de moverse. Se sentía tan débil que los ojos se le cerraban y en el brazo derecho notaba algo punzante.

Entonces, la franja se hizo más grande y algunas voces empezaron a colarse por ella. Hablaban en susurros tan suaves que era imposible distinguir lo que decían.

Jerry intentó moverse, de nuevo, pero seguía muy débil. ¿De quiénes eran aquellas voces? ¿Dónde estaba? Como pudo, preguntó esto en voz alta, aunque de su boca solo salieron gemidos.

––¿Jerry eres tú?

Aquella voz le resultó familiar.

––¿Damon?

Una figura traspasó la franja de luz y se acercó a él.

––Sí, soy yo. ¿Cómo estás?

Damon le agarró la mano y se sentó junto a él.

––¿Qué ha pasado?

––Te intentaste suicidar. Estás en el hospital, llevas una semana en coma.

Él se quedó en silencio. El recuerdo de las pastillas le vino como un fogonazo.

––¿Por qué lo hiciste?

––Déjame en paz.

––Eres gilipollas. ¿Qué haría Lucy cuando volviera y viera que no estás?

––Lucy no va a volver.

––¿Y tú qué sabes? Vamos a ser positivos, coño, que todo tiene solución en esta vida.

––Para ti es muy fácil decirlo. Tú no has perdido a tu mujer ni a tu hijo. Tú no llevas un año sin dormir bien, esperando a que alguien te llame y te diga que tu hijo sigue vivo, que va a volver a tu lado.

Conforme hablaba, sus ojos empezaron a inundarse. Damon se alejó, un momento, y encendió la luz. 

––Cálmate––Le incorporó con cuidado y le apretó contra su pecho––, ya verás como todo se arregla.

Jerry hundió la cabeza en su hombro. Suspiró, profundamente, y siguió llorando en silencio. Su hermano le abrazó aun más fuerte. Sin embargo, lo único que consiguió es que su cuerpo convulsionara con más fuerza por el llanto, que ahora era una cascada cayendo de sus ojos.

Damon se separó de él, sacó un paquete de clínex del pantalón y le dio un pañuelo.

––Como sigas así, te vas a secar.

Una pequeña sonrisa asomó en los labios de Jerry.

––Me tengo que ir; le he dicho a Amy que cenaba en casa. Mañana vuelvo y desayunamos juntos.
   
Se inclinó y volvió a abrazarle.
     
––¿Cuándo me dan el alta?
     
––No lo sé. Hasta ahora, no sabíamos si ibas a despertar. Mañana cuando venga, se lo pregunto al médico.

––Vale, hasta mañana.

Al rato de irse Damon, entró una enfermera a llevarle la cena. No tenían que ser más de las ocho, pero llevaba tanto a oscuras que había perdido la noción del tiempo.

––Perdone, ¿qué hora es?
     
––Las siete y media.

La enfermera dejó la bandeja en la mesita, de la cama, y se marchó. Jerry alzó el cuello hacia el plato con cara de pereza. Podía tener ganas de otra cosa, pero de comer y encima ese mejunje verde, no.

Volvió  a tumbarse y se tapó hasta la nariz; el puré soltaba un humillo que le revolvía el estómago. Cerró los ojos y, en un instante, se durmió.



   Al día siguiente, lo primero que le vino a la cabeza fue el correo electrónico. Todos los días, se aseguraba de mirarlo varias veces; de comprobar si había algún mensaje sobre Lucy. Sin embargo, desde hacía un año, la bandeja de entrada era un papel en blanco. 

Y al igual que el correo electrónico, tampoco sonaba el teléfono, ni leía ninguna noticia en internet o en los periódicos. Era como si a su hija se la hubiese tragado la tierra. Aquello era un sinvivir constante: no saber nada. No saber qué le había pasado, ni a qué hora había desaparecido, ni quién se la había llevado. 

Con esas pistas, no había podido poner una demanda en condiciones y la policía parecía haber dejado el caso un poco aparcado. Así que se encontraba más solo que nunca. Aunque tenía a su hermano pequeño, a su cuñada y a su sobrino, que eran un gran apoyo, lo que echaba de menos, de verdad, era abrazar a su hija, sentir que la podía proteger, como lo había hecho hasta que se la arrebataron.


Tres golpes en la puerta, le sacaron de su ensimismamiento. Damon la abrió y entró en la habitación junto a Amy. Jerry se incorporó un poco.
     
––¿Qué tal estás?

Su cuñada se acercó a él y le abrazó con cuidado.
         
––Un poco mejor.

––Vaya susto nos diste. Cuando Damon empezó a llamarte y no contestabas, nos imaginamos lo peor. Menos mal que llegamos a tiempo.

––Ya, lo siento.

––No te preocupes. Lo importante es que has despertado y que te vas a recuperar.

Jerry sonrió. Amy se inclinó y le besó en la mejilla.

En ese instante, una enfermera entró con un vaso de leche hirviendo y un paquetito de galletas.

––Buenos días.

La mujer dejó el desayuno en la mesita.

––¿Cómo se encuentra Sr. Miller?

––Mejor.

––Así me gusta. Voy a ver como va esto.

La enfermera se acercó a la bolsa de suero que tenía conectada al brazo.

––Aún le queda un rato. Desayune tranquilo, luego vuelvo a cambiarle el suero.

––Vale, muchas gracias.

La mujer se despidió y salió. Damon cogió el paquete de galletas, lo abrió y le dio una a Jerry

––¿Has hablado con el médico? ––dijo masticando.

––Sí, antes de subir. Dice que tendrás que quedarte aquí una semana más, por lo menos.

––¿Una semana? Pero si en dos días, como mucho, estaré bien del todo.

––Es lo que ha dicho ––Damon se encogió de hombros, al tiempo que le daba otra galleta.

––Bueno, pero cuanto más tiempo estés aquí mejor ––dijo Amy––. Yo me quedo más tranquila sabiendo que estás rodeado de médicos.

––Y yo también ––dijo Damon.

Sinceramente, le importaba una mierda que estuviesen más tranquilos o no. Lo único que quería era volver a casa y saber si había alguna noticia sobre su hija. Aunque supuso que, de haber alguna, ellos lo sabrían. Así que asintió y siguió desayunando.



   Jerry suspiró. No podía creer que estuviera en casa. Por fin, después de una semana que le había resultado interminable. Damon y Amy habían ido a buscarle con el coche. Su idea era que Jerry pasara un tiempo con ellos, pero él se negó. Necesitaba un momento a solas. O mejor dicho, unos días.

Avanzó hasta el teléfono, lo descolgó y comprobó los mensajes. Como siempre, cero. Sin sorprenderse, lo colgó y subió a su habitación. Apoyó las muletas en la pared y se echó en la cama. 

Bocarriba, empezó a tamborilear, con los dedos, el colchón. Pensaba en Lucy. Recordaba cuando se tumbaban los dos en la cama, por las noches, y hablaban hasta que ella se quedaba dormida. Ya hacía un año de eso. Jerry cerró los ojos, con fuerza, para contener las lágrimas.

Respiró hondo, aún con los ojos cerrados, y alargó el brazo hasta la mesilla de noche. Cogió la fotografía de Lucy y abrió los ojos. En lugar de su niña, la foto enmarcaba un folio en el que ponía «dile adiós para siempre». Jerry se incorporó y desmontó el marco. Las manos temblando y el aire sin llegarle a los pulmones.

Por detrás, la hoja estaba en blanco. Jerry se agarró el pecho y empezó a hiperventilar. Le habían quitado la foto de Lucy. La única forma que le quedaba para ver su sonrisa. Y luego estaba el mensaje. Jerry volvió a leer el folio. ¿Qué significaba? ¿Quién lo había escrito?


   Diez minutos más tarde, un policía llamó al timbre.

––¿Qué ocurre Jerry, qué era eso tan urgente que tenía que ver?

El policía pasó al salón. Jerry se acercó a la mesa y señaló la hoja y el marco.

–– ¿Qué es esto?

––Eso es lo que me gustaría saber. Ahí antes estaba la foto de mi hija y hoy, cuando me he dado cuenta, he visto esto.

El policía le miró extrañado.

–– ¿No te  habías fijado hasta ahora?

––No, acabo de volver a casa. He estado una semana fuera.

Jerry esperaba que le preguntara dónde, pero la conversación siguió por otro lado.

–– ¿Has visto algún signo de violencia en la casa?

––No, nada.

–– ¿Y sospechas quién puede haber sido?

––Sí, el que se llevó a Lucy. Esto es una pista clarísima.

––Bueno, clarísima, clarísima, tampoco––dijo el policía––. Solo es un folio con una frase escrita a boli.

Jerry se encendió. Los colores empezaron a marcársele en las mejillas y su boca se torció en una mueca de ira.

––Vamos, que ahora tampoco me vais a ayudar.

––No es eso Jerry, lo que pasa es...

–– ¡Cállate Michael!––Levantó una muleta en señal de amenaza––. Me tenéis hasta los huevos. Si yo siguiera en el cuerpo, no descansaría hasta encontrar a vuestros hijos. Que he sido compañero vuestro, coño, y me estáis dando la espalda cuando más os necesito.

––Hacemos cuanto podemos.

–– ¿Cuánto podéis? Sois todos unos hipócritas.

Michael se guardó la contestación. 

––Me tengo que ir. Dame la hoja y el marco y si averiguamos algo, te aviso.

Jerry se los dio y se fue, otra vez, a la habitación. Antes de llegar a la escalera, escuchó la puerta cerrarse.


   El teléfono empezó a sonar. Damon salió de la habitación y corrió a cogerlo.

–– ¿Diga?

––Dam, soy yo, ¿puedes venir a casa?

––Ahora no, tengo que ir a trabajar.

––Joder, ¿no puedes llegar más tarde?

––Ya estoy llegando tarde, Jerry. Me he quedado dormido.

Damon se abotonaba, con la mano libre, los botones de la camisa.

–– ¿Y a qué hora sales?

––Sobre las doce.

––Pues vente directo a casa, tengo que contarte algo.

Sin darle tiempo a contestar, Jerry colgó.



   Aquella mañana, antes del mediodía, Damon se despidió de sus alumnos y se fue. Era profesor de robótica en una Universidad de Nueva York. Su hermano le esperaba sentado en el banco del porche. 

––Ya estoy aquí, ¿qué me querías contar?

Jerry y él entraron y se sentaron en el sofá. Él le narró lo sucedido la noche anterior. Damon escuchaba concentrado, con las manos entrecruzadas sobre la frente.

––¿Has pensado alguna vez en dejar la desaparición de Lucy en manos de otros policías?

––La verdad es que no. Estos chicos siempre han sido mis compañeros y confié en ellos, desde el principio, para ayudarme.

––Jerry, dejaron de ser tus compañeros hace cinco años cuando Harry y tú tuvisteis el accidente.

Él se miró el hueco del pie.

––Y aunque Michael sea un gilipollas, entiendo que te guarde rencor; su padre murió por tu culpa.

–– ¿A qué has venido? ¿A hundirme?

Jerry no levantó la vista. Habló lento, marcando cada sílaba.

––No, lo que quiero es que te des cuenta de que por mucho perdón que hayas pedido nunca olvidarán lo que ocurrió y que quizás es mejor confiarle tu caso a otros.

Jerry se mordió el labio inferior y miró a su hermano con ojos de cristal.

––Nunca quise que le pasara nada a Harry y nunca me perdonaré lo que hice. Pero aquel día, solo veía que Niky me había dejado, que se había ido con otro que la satisfacía más que yo––Jerry apretó los puños––. Quince años juntos se fueron a la mierda en un instante y yo no supe afrontarlo de otra forma que bebiendo. No pensé en las consecuencias que tendría luego coger el coche. Ahora las sé y ojalá pudiera volver atrás para rectificar mi error.

Algunas lágrimas empezaron a caer por su rostro.

––Perdóname, no tendría que haberte recordado eso––Damon le abrazó––. ¿Te apetece salir a comer fuera?

Él se secó los ojos con la manga y aceptó la invitación.



   A la vuelta, Damon le acompañó a casa. Había avisado a Amy para que fuera con Gillian a las seis. Ilusionado por ver a su sobrino Jerry preparó una pequeña merienda. Incluso mandó a Damon a comprar una bolsa de las patatas favoritas del niño. 

–– ¡Hola tío Jerry!

El niño le abrazó con fuerza haciendo que se tambaleara con las muletas.

––Hola Gill, ¿cómo estás?

––Bien. ¿Y la prima? ¿Sigue en el internado?

Jerry asintió. Detestaba mentir y más a su sobrino, pero ¿cómo se le dice a un niño de ocho años que su prima ha desaparecido y que lo mismo no vuelve? Eso fue lo primero que se les ocurrió contarle y llevaban alargando la mentira ya un año.

––Pues a ver si viene, que tengo ganas de jugar con ella.

––La próxima vez que hablemos, se lo digo.

Él le removió el pelo cariñosamente.


   
   La merienda había acabado hace rato. Jerry había aprovechado las danzas de su sobrino para contarle a Amy lo ocurrido con la foto. Entonces, el niño apareció con ella en la
 mano.

––Mira mamá, que bien sale Lucy aquí.

Se quedaron de piedra.

–– ¿De dónde has sacado eso? ––dijo Jerry.

––Estaba en tu habitación tío Jerry.

Jerry se levantó cojeando y le quitó la foto. Desconcertado la observó por todos lados. Era imposible que fuera la foto de su niña. Sin embargo, por mucho que la mirara, no daba paso a la equivocación. Era la foto de Lucy. La foto que él juraba y perjuraba que le habían robado y que le habían cambiado por una nota. ¿Acaso la había devuelto quien se la llevó? ¿Pero por qué haría tal cosa?

miércoles, 30 de mayo de 2018

Protocolo monarca

   La criada le llamó desde la puerta de la cocina. Fred dejó de columpiar a May y entró.

––Un hombre le espera en el vestíbulo, señor. Trae una carta.

Él frunció el ceño y salió a recibirle. Entonces, le cambió el semblante. Aquel hombre era un paje de la casa real. Se sacudió la arena de las manos, en el pantalón, y le ofreció una. El paje le dio la carta y se marchó.

Fred se quedó inmóvil, los ojos fijos en el escudo esmeralda. ¿Para qué le escribirían sus majestades? Títulos y reconocimientos empezaron a sobrevolar su imaginación. Él sonrió y la abrió eufórico.

«Querido Mr. Fredderick Medfell:

Por los incontables logros y progresos de su empresa sus majestades, los reyes de Esterra, tienen el honor de invitarle a usted y a su familia a una reunión mañana a las 22:00...»

Fred no pudo seguir. Arrugó la carta contra su pecho y, entre lágrimas, llamó a Caroline y a May. Al saber la noticia le abrazaron con fuerza. La emoción resbalando también por sus mejillas.

   Todas las familias más influyentes del reino acudieron a palacio la noche siguiente. Sus nombres apenas se mencionaban en los medios de comunicación. Eran las caras que, desde las sombras, manejaban los hilos del planeta.

Fred había oído hablar de esas reuniones, pero hasta entonces no había tenido el honor de asistir. La elegancia y el éxito embriagaban el gran salón real de tal forma que le hicieron cohibirse. Caroline sonrió y le apretó la mano. Él asintió, irguió la cabeza y se acercó a los demás invitados para presentarse.

Entonces, dos músicos, colocados a cada lado de la puerta, anunciaron a toque de trompeta la entrada de sus majestades. 

   La cena transcurrió entre sonrisas de envidia y protocolos de educación ensayados durante años. Una vez acabaron, el rey se levantó y le pidió a Fred y a su familia que se acercaran. Él se despegó la copa de champán de los labios y le miró atónito. Su mujer le agarró del brazo, tiró de él y se dirigieron al lado del monarca.

––Es un verdadero placer haber contado con un genio de la tecnología como usted esta noche, Mr. Medfell.

Los reyes le estrecharon la mano.

––Y por supuesto, con su familia.

––El placer es siempre nuestro, sus majestades.

El monarca alzó una mano y continuó.

––Sin embargo deben cumplir un pequeño ritual de iniciación. Un ritual que pondrá a prueba su lealtad hacia nosotros y que les mantendrá en la cima del éxito eternamente.

Fred tragó saliva y asintió. El rey dio una palmada. Entonces, entró una chica con un bol lleno de sangre. Lo colocó sobre la mesa y se fue. El rey hundió su copa, mojó los dedos y les dibujó, a los tres, una marca en la frente. Luego, le dio un largo trago y se la pasó a ellos.

––Estupendo ––El monarca ordenó que retiraran el bol––. Ahora, falta la segunda parte. 

Él se terminó de limpiar las comisuras de la boca y preguntó de qué se trataba. 

––Tenéis que darnos vuestro segundo hijo.

Fred y Caroline intercambiaron miradas confusas.

––Disculpe su majestad ––dijo ella––, pero no esperamos ningún hijo.

––Eso no importa. Lo podéis concebir.

––Sí, pero ¿para qué quiere usted un hijo nuestro? ––dijo Fred.

––Necesitamos que nos lo ofrezcáis como sacrificio. La sangre de los recién nacidos, en familias como la suya, es lo que desean las entidades que nos otorgan el poder.

El rostro de ambos se desencajó y una arcada les trepó desde el estómago.

––Lo siento, pero no pienso darles a ninguno de mis hijos. 

Fred agarró a Caroline y a May de la mano y se dirigió con ellas a la salida.

––Piénsalo bien, Fredderick ––dijo el rey––. Sabes, perfectamente, cómo funciona el éxito y el poder en este mundo.

Ellos continuaron, sin detenerse, hasta el coche y se marcharon.

   Dos años después, la empresa Medfell quebró. El bombazo de los coches voladores pasó a ser un tema de vanal interés. Fred y su familia acabaron siendo embargados y se mudaron con los padres de Caroline a su pueblo.

Él encontró trabajo en una frutería. Ella, de camarera en un bar. El dinero siempre les faltaba, aun así consiguieron, poco a poco, rehacer sus vidas. Aprender a ser felices en aquel pequeño lugar. Sin embargo una noche, Caroline no regresó del trabajo.

Fred dejó a May con los abuelos y fue a buscarla al bar, pero no había aparecido por allí en todo el día. Entonces, la luz se apagó dentro de él; Caroline estaba embarazada de nuevo. 


lunes, 14 de mayo de 2018

Estación perdida

   Javier abrió los ojos. Estaba sentado en un banco de una estación. Se levantó y observó la sombra de lo que, en otra época, habría sido un lugar lleno de viajes y anécdotas. Un lugar, ahora, desolado, excepto por una mujer que asomaba la cabeza a la vía. Javier se acercó y le preguntó, dubitativo, dónde estaban, pero la señora parecía no verle.

Tras insistir varias veces, dio media vuelta y siguió los carteles que indicaban la salida. Sin embargo un gélido aire empezó a cubrir todo con un manto de hielo. Javier, tiritando, se abrochó el abrigo y clavó los ojos en las finas gotas de cristal que quedaban colgando en la estación. 

Entonces, un tren surgió de entre la niebla del horizonte. Javier se restregó los ojos y avanzó, despacio, hasta él. Varias personas se bajaron y se dirigieron a la salida. Ninguna llevaba equipaje y caminaban como si aquella estación fuera el punto de encuentro de todos sus sueños. Un nivel que debían superar para despertar o para avanzar a otra dimensión onírica.

Javier, absorto, empezó a seguirlas, pero alguien le detuvo. Un hombre trajeado que le observaba erguido.

––Debería subir al tren, Javier. Estamos a punto de partir.

Él se quedó de piedra. El hombre le condujo hasta el tren y le acompañó hasta un compartimento.

––En esta nevera tiene refrescos y cervezas ––Señaló un pequeño armario situado debajo de la ventana––. Espero que disfrute del viaje y que llegue pronto a su destino.

El hombre salió y cerró la puerta. 

   
   Carlota salió del cuarto. Su vestido color turquesa dibujaba, a la perfección, cada una de sus curvas. Él la besó, con cuidado de no estropearle el carmín, y se fue a cambiar. Mientras escogía que se pondría del armario, escuchaba a su novia hablar con su madre por teléfono.

Se puso el traje negro, la camisa a juego con el vestido de Carlota y abrió el zapatero. Todo su calzado, el poco que tenía, estaba destrozado. Javier cerró el cajón, con fuerza, fue a la habitación de Alberto y empezó a aporrear la puerta.

Carlota le agarró del brazo y le gritó que parase. Él resopló y le pidió que le dijera a su hijo que abriera. Ella llamó a la puerta. El niño salió. Sus ojos compungidos miraban al suelo.

––A ver, ¿qué ha pasado?

––Tu hijo me ha roto todos los zapatos. ¿Me puedes decir cómo coño salimos ahora?

Carlota vio la culpa en la cara del pequeño. Se agachó junto a él y le dijo:

––¿Por qué has hecho eso, mi amor?

Alberto se encogió de hombros. Su madre le besó en la mejilla.

––Bueno, pero no lo vas a volver a hacer, ¿verdad?

––No, mami.

Ella sonrió y cerró la puerta.

––¿Y ya está? ¿Eso es todo lo que piensas hacer?

––Es un niño, ¿qué quieres que haga? Voy a llamar a mi madre para que no venga. Mañana saldré y te compraré unos zapatos nuevos.

   
   Un silbido le sobresaltó. El tren se había puesto en marcha y el paisaje helado de la estación empezaba a quedarse atrás. Javier se rascó la cabeza, ¿por qué había recordado ese momento?  ¿Acaso su subconsciente dormido le quería decir algo? Después de un rato de reflexión, sintió la boca seca y se agachó a abrir la nevera.

Dentro solo había botes de veneno para ratas. Confuso cogió uno. La risa de Alberto volvió a su mente, como un fogonazo. Él tiró el bote al suelo y salió corriendo. Entonces, se dio cuenta de que estaba, de nuevo, en la estación.

Javier, paralizado, clavó los ojos en el tren que, por arte de magia, había regresado allí. Los viajeros que había visto antes bajarse de él volvían a bajar y recorrían la estación siguiendo los carteles de salida. Y el hombre que le había guiado a su compartimento volvió a hacer lo mismo. 

Una y otra vez, tras abrir la nevera y ver los botes de veneno, Javier regresaba al mismo momento en la estación y revivía la misma escena hasta que aquel hombre le conducía adentro. Llegó un momento en que podía decir, de memoria, como iban vestidas las personas que veía bajar del tren.

Solo había una cosa que cambiaba cada vez que entraba en el compartimento: los recuerdos con su hijastro. Instantes, casi siempre amargos, que acaban con Carlota y él discutiendo. Luego, él volvía a abrir la nevera y, al ver los botes de veneno, regresaba a la misma escena en la estación.

   
   Javier miraba al techo. Los bordes del sofá se le clavaban en la espalda, aunque no le molestaban tanto como las últimas palabras de Carlota: «estoy harta de la manía que le tienes a mi hijo. Si no sabes aceptarle, entonces ya te estás largando. Mañana cuando me levanté, no quiero verte aquí».

Él se quedó mudo, inmóvil en mitad del salón. ¿Manía decía?. Lo que le tenía a ese niño no era manía, era asco. Llevaba mucho tiempo aguantando sus perrerías y, como castigo, las sonrisas de su madre. Respiró hondo, los puños apretados y se tumbó en el sofá.

A la mañana siguiente, se levantó y fue a la cocina. Preparó tres tazones de cola cao con magdalenas y vertió en el de Alberto una cápsula, machacada, de veneno para ratas. Pegó posits en los tazones con los nombres de cada uno y se marchó al baño. 

Entonces, Alberto, escondido detrás de la puerta de la cocina, salió y cambió su tazón por el de Javier.

martes, 24 de abril de 2018

La leyenda de Akame

––Parece que va a llover.

Akame suspiró. Las nubes empezaban a engullir el barco. Soltó, un instante, el timón y sacó del pantalón un mapa. Un mapa ya roído por los bordes y gris, como el temporal, que guardaba el escondite del tesoro de la Isla de Chang Ling. 

Akame arrugó el mapa contra su pecho. Todas sus ancestros habían intentado encontrar aquel tesoro, pero ninguna lo había logrado. Y ahora, solo quedaba ella para cambiar las estrofas de las leyendas. 
Canciones que narraban la historia del poder que habían perdido las mujeres de la dinastía Shing. El libro con el que, durante siglos, habían sido las señoras de los cuatro elementos y de todos los seres del planeta. 

Ella guardó el mapa y continuó tripulando. El viento parecía provocar, con sonoros aullidos, al mar. Akame sujetó, con firmeza, el timón y dejó que las olas la hipnotizaran. Entonces, una luz apareció delante de sus ojos y, como si fuera una puerta, de ella salió un hombre. Akame saltó hacia atrás y blandió su sable. 

––¿Quién sois maldito demonio?

Él sonrió sin inmutarse. 

––Soy el que puede encumbrarte, de nuevo, a la gloria. 

––Si sois vos el que me lleváis a ella, no sería un logro mío. 

––¿Y si te dijera que, trabajando para mí, podrías cambiar lo que la historia de China cuenta sobre tu familia en el futuro? 

Akame le miró recelosa. El futuro siempre había sido una carta incierta. Un instante esperado con ansia que dura, solo eso, un instante, porque enseguida la carta vuelve a ponerse bocabajo. El hombre sacó, del pantalón, unas hojas. Las desdobló y le señaló la fecha: 23 de mayo de 2018. Ella soltó el sable y se inclinó.

––Haré lo que me pidáis.

Él asintió y se acercó a ella. La agarró de la mano y la llevó al otro lado de aquella luz. Un gigante vestido de cristales se alzaba, de repente, ante ellos. El hombre la condujo a su interior hasta una sala. Le dio ropa nueva y le pidió que se cambiara. 

Una vez disfrazada de oficinista, salieron de allí y empezaron a andar por un, serpenteante, pasillo. Un pasillo repleto de salas donde cientos de personas miraban, absortas, un extraño artefacto. 
Él le explicó que estaban trabajando; sin embargo a ella le vino a la mente la bodega de su barco cuando se plagaba de ratas. 

Luego, continuaron hasta llegar a una puerta. El hombre la abrió con un pequeño aparato, que sacó de la chaqueta, y le mostró un pasillo lleno de celdas. Varias personas se tiraron contra los barrotes y suplicaron clemencia. Otras apenas tenían fuerzas para levantarse. Akame se llevó una mano al pecho; de nuevo, el agobio empezaba a dejar huellas dentro de ella. 

––Pensaba que estabas acostumbrada a ver prisioneros.

––No me gusta llevar en mi barco más que lo imprescindible.

––A mí me ocurre lo mismo con esta empresa. Por eso necesito que cruces la puerta del tiempo con los que están aquí encerrados y regreses a tu época. 

––¿Y no sería más fácil que se marcharan?

Él sacudió la cabeza. Su empresa había sido una de las seleccionadas, por la élite mundial, para mantener controlado el número de habitantes de China. 

––¿Qué es la élite mundial? ¿Por qué tienen ese interés?

––Llamamos élite a los dueños y señores del planeta.

––¿Seguís  hablando con los dioses en este tiempo?

El hombre soltó una carcajada. Akame frunció el ceño.

––Ahora, los dueños de La Tierra son personas de carne y hueso. Personas que controlan la economía y todos los recursos de la naturaleza que el resto necesitamos para vivir. Por esa razón prefieren mantener la población con un número exacto de habitantes; un exceso de ella supondría, con más rapidez, la pérdida de sus riquezas.

Ella, atónita, sacudió la cabeza y le clavó una navaja que llevaba escondida en el pantalón. Él se tapó la herida y se tiró al suelo. La sangre empezó a emanar de su boca a borbotones. 

––Solo los demonios ensalzan al hombre como si fueran dioses. 

Akame se agachó a su lado y le puso el arma en el cuello.

––¿Cómo regreso a mi barco?

––Estás cometiendo el mayor error de tu vida. Sin mí nunca conseguirás nada. 

Esas fueron las últimas palabras del hombre. Akame le sacudió, con rabia, y allí, atrapada en aquella celda del tiempo, empezó a pensar en las leyendas que nunca hablarían de ella.  

viernes, 6 de abril de 2018

Collar de identificación

Llevaba una hora buscando el collar rojo. Faltaba muy poco para salir al trabajo y sin la acreditación no le ingresarían los puntos a su cuenta virtual. Incluso podrían multarla y quitarle parte de los que ya había conseguido.

Porque en ese lugar nadie era nadie sin esos collares que, como a los perros, identificaban con un número a cada una de las chicas. Ella se llevó las manos a la cabeza y resopló. Igual se lo había olvidado fuera, pero era extraño que se lo hubiera quitado.

Intrigada conectó el dvd y empezó a rebobinar las imágenes hasta el día anterior. Sin embargo, un mensaje interrumpió la grabación: «El sistema no logra identificarla; póngase su collar».

Ella intentó seguir rebobinando, pero el mensaje no se quitaba. Al cabo de un rato, desistió y se acercó a la puerta. Entonces, se desmayó. 

   El señor Augier acudió raudo a su despacho; una de las alarmas había saltado. 

—¿Qué ha ocurrido?

—Nada importante, señor —dijo la secretaria—, una rebelde sin acreditación.

Él observó en el ordenador a la chica tirada en el suelo. Luego, ordenó que vaciaran el cubículo, donde estaba ella, y que metieran a otra.

—Ah, y haga el favor de mandarme, de una vez, a una joven, que llevo un rato esperando.

—Ahora mismo, señor.


jueves, 23 de noviembre de 2017

Desprogramación mental

   Arthur se bajó del coche y la sacó a la fuerza. Janis se retorcía y pataleaba mientras él la arrastraba hacia la casa. Los adoquines de la acera le arañaban las piernas, pero ella no desistía en su empeño por escaparse. Algunas personas se detenían, desconcertadas, durante un momento. Luego, se encogían de hombros y seguían su camino.

Sin vestir ni caracterizar nadie la reconocía; aunque eso también le llevaba sucediendo a ella desde hacía bastante. Ya no quedaba ni un atisbo de Juliet. La niña que había sido había desaparecido y ahora era solo Janis, una marioneta más de su manager; una fábrica de generar, cada vez, más dinero; un modelo social para millones de jóvenes.

Al llegar a la puerta Arthur la enderezó, le cruzó la cara y le ordenó que se calmara. Janis, con el corazón desbocado, asintió y se enjugó las lágrimas. El manager llamó al timbre. Al cabo de unos segundos, apareció en la entrada una chica en ropa interior con tacones y el pelo amarrado por una katyusha. 

Arthur dijo tres números «seis, uno, cuatro», la muchacha sonrió y les indicó que entraran. Janis la observó de arriba abajo. No era la primera vez que veía a una chica de esas, pero le extrañaba que hubiera una en su casa y, sobre todo, que sus padres no se hubieran opuesto. 

La joven les condujo al salón. Las voces de su familia se escuchaban desde el pasillo y la emoción empezó a caer, como gotas, por su rostro. Sin embargo, cuando entró, descubrió que no eran sus padres quienes hablaban. 

El hombre y la mujer que los imitaban se callaron al oír la puerta. Ella se quedó petrificada e, instintivamente, apretó la mano de Arthur. Él la soltó y se acercó a ellos.

—Arthur, cabrón, cuanto tiempo sin verte —dijo el hombre y se abrazaron. 

Luego, hizo una reverencia y le besó la mano a la mujer.

—Tú tan hermosa como siempre, Monique.

Ella se enredó un mechón, entre los dedos, y se lo colocó detrás de la oreja.

—Cuéntanos, ¿qué te trae por aquí?

Arthur le hizo un gesto a Janis. Ella avanzó, despacio, dejando un rastro de incertidumbre. 

—Mirad, esta es Janis. Lleva un tiempo chantajeándome con dejar de cantar si no la traía a su casa, así que no he tenido más remedio que ceder.

Ricky y Monique se inclinaron para darle un beso en la mejilla, pero ella se apartó.

—¿Dónde están mis padres? Me dijiste que iba a verles.

Ellos intercambiaron miradas cómplices y se echaron a reír. La chica apretó los puños y volvió a formular la pregunta marcando cada sílaba.

—Tus padres fallecieron hace tiempo, cariño —dijo Monique.

En ese momento, le dio un vuelco el estómago. Arthur, Ricky y Monique la sentaron en el sofá. El manager aguardó, unos segundos, a que reaccionara. Sin embargo al ver que Janis no salía de su estremecimiento, se sentó a su lado y procedió a contar la verdad.

 
   Una tarde, ya ni se acordaba cuando, los padres de Janis fueron al estudio de grabación a visitarla y la encontraron en el camerino desnuda y siendo embestida, a cuatro patas, por él. 

El hombre, ciego de rabia, le apartó de ella y empezó a asfixiarle. La madre corrió hacia su hija y la cubrió con su abrigo. Janis sollozaba abrazada a ella. Sus gritos desgarradores debieron alertar a los guardias que, enseguida, irrumpieron en la sala y arrastraron a los señores Sullivan fuera. 

Durante los dos días siguientes, permanecieron encerrados en unas jaulas escondidas en un almacén a varios kilómetros de allí hasta que Arthur dio la orden de liquidarles. Luego, contactó con esos dobladores y les contrató para suplantarles. Esa joven le estaba haciendo ganar cantidades, desorbitadas, de dinero y se negaba a perderla.


—Janis sé que en la ignorancia todo se ve distinto —Arthur le cogió la mano—. Has sido tú la que me ha obligado a revelarte esto.

Ella se soltó y se levantó impulsada por el odio que la recorría desde muy adentro. 

—Te juro, que aunque sea lo último que haga, pagarás por esto.

De nuevo, los tres estallaron en carcajadas. A Ricky casi se le cae la taza de café que, en ese momento, la criada servía en una bandeja. 

—Lo último que hagas no sé que será, pero ahora vas a ir a una clínica de desintoxicación. Creo que tu dependencia con las drogas necesita ya tratamiento urgente.

Ella le miró atónita.

—Yo no me drogo, hijo de puta.

—Lo sé, eso es lo que le diremos a tus fans cuando noten tu ausencia. Y tú, tras un año de rehabilitación, volverás a los escenarios con estos recuerdos encerrados en lo más hondo de tu subconsciente. 





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