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Un malentendido

De fondo en la tormenta sus tacones se escuchaban. Entró en la habitación. El pelo detrás de las orejas dejaba ver dos diamantes. Le dio un...

sábado, 11 de noviembre de 2017

Dos buenos profesionales

   Asomado a la ventana se encendió un cigarro. El humo se escapaba hacia la noche. Le dio una larga calada y observó, pensativo, la calle llena de bares. Leve consuelo para perder la cordura durante unas horas. 

Suspiró hondo y le dio otra calada. Entonces, escuchó una notificación en el ordenador. Apagó el cigarro en el alféizar y se acercó a ver el mensaje.

    
   Michael sacó el móvil y miró la hora. Una partida más y se iría. Metió cinco dólares en la ranura y tiró de la palanca. Los rodillos empezaron a girar. Él se mordía el puño mientras su imaginación viajaba por palacios erigidos con billetes. 

Esperanzas que, en seguida, se desmoronaron cuando los rodillos le devolvieron a la realidad. Michael resopló, le dio el último trago al cubata y se fue.

     
   Tras imprimir el correo, se apresuró al mueble bar y cogió una botella. De qué era no le importaba. Solo necesitaba su momento de consuelo; a partir de mañana, tenía un nuevo trabajo que cumplir.

  
   La alarma empezó a sonar. Michael la apagó y se desperezó. Rex le miraba, fijamente, con la correa en la boca. Él sonrió, le acarició la cabeza y se puso el chándal que siempre dejaba preparado encima de la cama.

Acompañados de las luces de las farolas caminaron hasta el parque. Una suave brisa mecía las ramas de los árboles cuyas hojas salpicaban pequeñas gotas. Michael soltó al perro y se acercó a las máquinas de entrenamiento.

Poco a poco, la mañana cubrió todo de colores claros. Los tulipanes empezaron a abrir sus pétalos y crearon, en el césped, un manto de primavera. Entonces, una llamada le interrumpió.  El coordinador de su sección le ordenó doblar turno y cubrir la zona de uno de los compañeros que, por motivos personales, no había podido ir.

Michael aceptó. Luego, le hizo una seña a Rex y empezó a correr hacia su casa. Tenía que darse prisa; el deber le había llamado. 

   
  De repente, una sensación fría le estremeció. Abrió los ojos y cogió la botella que se le había vaciado sobre la camiseta. Se incorporó y la dejó en la mesa, al lado de otra. Él resopló y se quedó mirándola absorto.

Al cabo de un rato, sacudió la cabeza. Se levantó y arrastró los pies hasta el baño. El olor que desprendía quedaba impregnado por donde pasaba. Accionó el grifo y dejó que el agua corriera hasta que salió caliente.

El vapor y la humedad, rozando su piel, borraron cualquier atisbo del hombre que había sido aquella noche y le otorgaron, de nuevo, la personalidad seria y distante que lo caracterizaba.  

De vuelta al salón cogió las botellas, de la mesa, y fue a la cocina. Las metió en una bolsa y se preparó un café. Apoyado en la encimera empezó a darle pequeños sorbos mientras el calor de la taza recorría sus manos. Entonces, escuchó el timbre. Él frunció el ceño, dejó el café y salió a la puerta. 

––¿Sí?

––Buenos días, caballero, mi nombre es Michael White. Soy asesor comercial en la Agencia de Viajes Summitour y me gustaría ofrecerle…

Él le cortó y le pidió que se marchara, pero el muchacho continuó.

––No puede dejar pasar esta oportunidad, señor. Ábrame y se la explico. 

Michael pegó la oreja a la puerta. Al no obtener respuesta pulsó, de nuevo, el timbre.

––¿Oiga, sigue ahí? Señor, abra y escuche mi oferta. Le prometo que no se va a arrepentir.

Él se mordió la lengua y puso los ojos en blanco. Otra vez, el zumbido del timbre le taladró los oídos.

––Siento insistir tanto, caballero, pero es mi trabajo. Cuanto antes me abra, antes me iré. 

Michael aguardó, atento. La puerta se abrió, despacio, y apareció, en el umbral, un hombre de facciones marcadas y ojos perspicaces. El joven sonrió y, con destreza, se coló en la casa. Él cerró y le condujo hasta el salón.

––Gracias, señor, solo le entretendré cinco minutos.

Michael dejó la carpeta en la mesa. Se quitó la gabardina y la dobló en el sofá.

––Y si estos fueran tus últimos cinco minutos, ¿te gustaría malgastarlos vendiéndome una mierda?

––Cuando escuche lo que le voy a ofrecer, cambiará de opinión ––dijo con altivez.

El hombre suspiró y le indicó, con un gesto, que se sentara. Luego, se marchó a la cocina, sirvió otra taza de café, se calentó el suyo y regresó con él. Agradecido el chico le dio un sorbo, lo dejó en la mesa y cogió la carpeta.

––Antes de empezar ––dijo mientras la abría––, ¿podría decirme su nombre para dirigirme a usted?

––No. Hemos hablado, hasta ahora, y no te ha hecho falta saberlo. 

Él colocó su taza al lado de la otra, se sentó y se alisó las mangas de la bata. Michael apretó los labios en una fina sonrisa.

––Tiene razón, caballero, discúlpeme; solo hago mi trabajo.

––Sí, eso ya lo has dicho.

Bajo el asombro de Michael el hombre sacó, del bolsillo, una pequeña bolsa transparente de cocaína. Echó un poco a la mesa, hizo una raya y la esnifó. 

––¿Quieres?

El muchacho apretó los puños y sacudió la cabeza. Él soltó una carcajada y se guardó la droga.

––Claro, tú tendrás otros vicios.

––Como todo el mundo ––dijo y empezó a manosear la carpeta––, pero ahora lo que quiero es hablarle de la fantástica oferta que…

––Dime una cosa: ¿Por qué trabajas en esto? 

––Porque gano cuatro mil dólares al mes ––Michael esparció, a toda prisa, unos folletos sobre la mesa.

––¿Y por esa miseria madrugas todos los días y molesta a cientos de personas? ––El hombre cogió su taza y le dio un sorbo––. A mí me pagan sesenta mil dólares cada vez que trabajo y, créeme, lo hago más de lo que me gustaría.

Michael levantó las cejas y le miró con una media sonrisa. Él se quedó en silencio unos segundos. Luego, señaló los panfletos y le dijo que continuara. 

El muchacho suspiró, aliviado, y empezó a relatar, con el máximo detalle, los viajes que la agencia Summitours ofrecía para un fin de semana. Cuatro destinos, de lo más pintorescos, El Caribe, Sidney, Egipto y Tailandia le esperaban por tan solo doscientos dólares, vuelo y alojamiento incluidos. 

––Lo único que tiene que hacer es elegir dónde quiere ir y Summitours se encargará de que su experiencia en el destino sea inolvidable. 

––Ya, eso está muy bien, pero…

––Sé lo que me va a decir, caballero: ¿cómo es posible que algo tan bueno cueste tan poco? Yo tampoco me lo creí cuando entré a trabajar aquí y me lo contaron, pero puedo enseñarle algunas de las opiniones de nuestros clientes para que vea que su satisfacción es totalmente sincera.

Michael sacó el móvil y le mostró la página de opiniones en la web de la agencia. El hombre asentía, con fingido interés, al tiempo que cogía la taza y bebía.

––Bueno, ¿qué me dice?, ¿a cuál de estos sitios de ensueño va a ir?

Él empezó a responder, pero, de nuevo, el comercial le interrumpió.

––Ah, y una cosa más: si lo desea, puede invitar a otra persona sin coste adicional alguno.  ¿Es o no es para decir sí ahora mismo? 

Michael dudaba que aquel hombre conociera a mucha gente. No había más que observar  dónde vivía en ese apartamento situado en el último piso de una calle por la que apenas pasaba nadie, excepto los fines de semana cuando los bares de la acera de enfrente se llenaban. 

A lo sumo sabría el nombre de otros hombres que frecuentaran el mismo bar que él o tendría el móvil de alguna mujer a la que llamaría, de vez en cuando. Sin embargo su trabajo le obligaba a mencionar todas las ventajas que la agencia ofrecía.

––Si fuera verdad, sería estupendo. Lo que ocurre es que yo ya he estado en todos estos sitios.

––Le prometo que es totalmente cierto, señor.

Michael comprimió los labios en una gran sonrisa.

––Le he ofrecido estos destinos porque son los más elegidos por la gente, pero si usted ya los ha visitado, no se preocupe; tenemos muchos más y por el mismo precio.

El chico guardó los folletos, sacó, de la carpeta, un catálogo y se lo dio. 

––Mire usted y elija el que quiera. Cualquier duda me pregunta.

Tras darle otro sorbo al café, que ya empezaba a estar templado, abrió la revista y empezó a pasar las hojas.

––¿Sabe? Ayer por la noche, estuve en uno de los bares de aquí abajo y justo esta mañana me avisa mi superior y me manda sustituir a un compañero en esta zona. Dígame si no es el destino que quería que nos conociéramos para que el próximo fin de semana esté usted disfrutando en alguno de estos lugares.

––Sí, hay que ver que cosas tiene la vida ––dijo y cerró el catálogo––, pero lo más seguro es que  mi jefe, el señor Enrico Bellucci, me ordene visitarle este fin de semana.

   
   En ese momento, los recuerdos de Michael le llevaron a la trastienda de aquel local en el Queens. La noche era cerrada y la única iluminación que había era una lámpara de pie que enfocaba a la mesa. A su alrededor cuatro hombres observaban sus cartas. Alguno, pensativo, se las acercaba al pecho. 

Michael dejó las suyas sobre la mesa, sonrió triunfante y acercó al centro todas las fichas que le quedaban. Los otros hombres le miraron atónitos y, enseguida, se retiraron. Sin embargo, uno de ellos, el que estaba sentado frente a él, también hizo all-in.

––Bien, descubramos cual de los dos ha perdido, por completo, la cabeza ––dijo Enrico Bellucci y soltó una carcajada. 

Michael se rio, también, y le dio la vuelta a sus cartas.

––Escalera de color a diamantes.

––Escalera real a tréboles.

El muchacho, pálido, sintió como se resquebrajaba por dentro. Durante unos segundos, dejó de escuchar las exclamaciones y elogios de los otros jugadores. Entonces, el señor Bellucci le sacó de su desconcierto.

––Buena partida, chaval, pero este juego es así. Dime ¿cómo me vas a devolver los doscientos mil dólares?

Michael tragó saliva y empezó a temblar, los puños apretados contra los muslos.

––Verá, señor… ahora mismo, no dispongo de tanto dinero. 

Enrico Bellucci se estiró las solapas de la americana.

––Pero hemos hecho un trato, ¿no? Yo te prestaba los doscientos mil dólares hasta que acabara la partida con la condición de que, si perdías, me los devolvieras. 

––Ya… señor… perdóneme, he apostado como un tonto; no he pensado, simplemente me he dejado llevar por mi intuición.

Michael empezó a llorar. El señor Bellucci sacudió la cabeza despacio.

––Tampoco es para ponerse así. Mira, vamos a hacer una cosa, te doy tres semanas para que me des mi puto dinero. ¿Me oyes? Tres semanas. 

Se levantó, le dio una palmada en la espalda y se dirigió a la salida, acompañado de los otros hombres.

––Nos veremos aquí, a la misma hora de hoy. Hasta pronto, chaval. 

   
   Michael regresó al salón. Varias lágrimas moteaban sus pómulos. 

––Parece que le conoces.

El hombre se había levantado y andaba hacia la mesa del ordenador. Michael le observó en silencio.

––¿Cuánto ha pasado ya desde que le tenías que devolver el dinero? Un mes, ¿no?

El corazón del chico empezó a retumbar en su pecho.

––¿Quién es usted? ¿Cómo sabe eso? ––dijo a trompicones.

Él cogió la notificación, que le había llegado la noche anterior, se acercó a Michael y se la dio. El muchacho clavó los ojos en su fotografía.

––Fíjate si será puta la vida y el trabajo que justo ayer por la noche, cuando tú estabas en un bar de aquí abajo, el señor Bellucci me ordenó asesinarte y esta mañana, por tener que sustituir a un compañero, has venido aquí. 

Michael le miró con el rostro desencajado.

––Le juro que se lo iba a devolver ––Con el llanto apenas se le entendía––. No me mate, por favor, deme un poco más de tiempo.

Él suspiró y dijo:

––Lo siento, es mi trabajo.

Sacó una pistola, del bolsillo interior de la bata, y le disparó en la cabeza.

lunes, 16 de octubre de 2017

Viaje hacia un recuerdo

   Marcos soltó el mando de la Play Station 4 y clavó los ojos en sus manos que, poco a poco, se pintaban de gris. Se levantó del sofá y corrió al baño a lavarse. Sin embargo, al intentar abrir el grifo, lo atravesó.

El pequeño empezó a llorar. ¿Qué le estaba pasando? El gris ya cubría sus manos y avanzaba por el resto del cuerpo. Entonces, una niña surgió en el pasillo. Una niña que había visto en fotos, muchas veces, y que ahora llamaba mamá.

Marcos se quedó atónito. Ella hizo un solo de batería con una caja de detergente y se marchó. Él la siguió; la incertidumbre se había convertido en curiosidad.

La niña entró en su habitación, se subió a la cama y siguió tocando. Su entusiasmo pronto consiguió que algo dentro de Marcos vibrase. ¿Por qué mamá nunca jugaba con él así? 

   
   Sentado en el sofá Marcos sujetaba el mando de la consola. Su piel volvía a ser vainilla y los tacones de mamá se escuchaban por el pasillo. Él suspiró y salió a buscarla. La llevó a la cocina, sacó una caja de detergente, del armario, y empezó a tocar el tambor. 

Entonces, ella sonrió, se sentó a su lado y acompañó a su hijo con aquella melodía que, durante mucho tiempo, había estado escondida en su recuerdo. 

sábado, 9 de septiembre de 2017

Proceso de Selección

   Una mañana de otoño, Celia se dirigía al metro de Opañel. A su paso las hojas, que coloreaban la acera de naranjas y rojos, bailaban en el aire. Se detuvo, un instante, y se puso la chaqueta que llevaba colgada del brazo.

Entonces, el móvil empezó a vibrar dentro del bolso.

––¿Sí, dígame?

––Hola, buenos días ––dijo una mujer––, Celia, ¿por favor?

––Sí, soy yo.

––Mira mi nombre es Vanesa. Te llamo porque hace un año te inscribiste en un proceso de selección con Selectiva y hoy vamos a realizar la segunda parte de ese proceso.

Ella se quedó callada. ¿De qué le estaba hablando?

––Estamos en un colegio cerca de Opañel. No sé cómo te pillará para venir ahora al examen.

––Me viene bien ––dijo despacio––, dígame la dirección.

Celia la memorizó y la buscó en el Google Maps. Estaba a unos trescientos metros, solo había que subir esa calle. Sin embargo en el mapa ese colegio aparecía como abandonado.

Curiosa se acercó hasta allí. Subió los escalones de la entrada y se asomó a través del cristal de la puerta. Oscuro y desangelado un largo pasillo conducía a varias aulas. Celia se estremeció y empezó a alejarse.

De repente, un chirrido la detuvo. Se giró despacio y clavó los ojos en la puerta. ¿Cómo se había abierto? Apretó los puños y se quedó inmóvil. En ese instante, las luces del pasillo se encendieron y una mujer surgió en el umbral.

––Tú debes de ser Celia, ¿verdad?

Ella tragó saliva y asintió.

––Encantada de conocerte, yo soy Vanesa. Pasa, eres la única que falta.

Celia miró a un lado y a otro y entró. Siguió a la mujer hasta una de las aulas y se sentó en el pupitre que quedaba libre. Saludó, en voz baja, a la gente de su alrededor, pero nadie respondió; toda la atención estaba puesta en la chica de recursos humanos que escribía algo en la pizarra.

––Bien, ahí tenéis los horarios que ofrece la empresa y el sueldo según las horas que trabajéis.

¿A qué empresa se refer´´ia?  Celia hizo ademán de levantar la mano, sin embargo a medio camino la bajó y se preguntó por qué parecía ser la única que no lo sabía. 

––Ahora, sacar los test que os dimos en el otro proceso de selección. Tenéis noventa minutos para entregarlo.

La gente los sacó de las mochilas y empezó a tachar casillas. Ella se puso de pie y, con timidez, se dirigió a la puerta.

––¿Dónde vas? ––dijo Vanesa––. ¿Has terminado ya el examen?

––No, es que no lo tengo.

––Bueno, mujer, pues haberlo dicho.

La chica buscó en una carpeta y le dio uno. Celia empezó a negar con las manos.

––No se preocupe, de verdad, si es que no estoy interesada en el trabajo.

––Pero por hacerlo no pierdes nada. Esta prueba es selectiva y de los treinta que sois elegiremos a los diez con mejor calificación.

––Ya, pero es que no me interesa. Muchas gracias.

Celia se dio la vuelta y salió. Las luces se apagaron. Desconcertada sacó el móvil y alumbró el camino hacia la salida, pero la puerta estaba cerrada. Intentó forzar el picaporte. Entonces, alguien la agarró del hombro. Ella, sobresaltada, soltó el teléfono y se apartó. La figura de un hombre se adivinaba en la oscuridad.

––Así que quieres marcharte sin terminar el proceso.

Celia no respondió. 

––Me temo que no va a ser posible. Ven conmigo, te acompañaré de vuelta al aula.

El hombre la cogió del brazo con fuerza. Ella le pegó una patada en la espinilla y huyó por el pasillo hacia la derecha. Se tropezó con unas escaleras y se quedó de rodillas, la respiración entrecortada.

Aguardó unos segundos. Sus suspiros eran los únicos que hablaban en el silencio. Miró hacia atrás. Volver a la puerta era una opción, pero ¿y si la estaba esperando? 
Celia negó con la cabeza, se levantó y, de puntillas, subió las escaleras. 

Otro largo y negro pasillo se deslizaba bajo sus pies. Pegada a la pared empezó a recorrerlo despacio. Sin embargo una especie de gruñidos le hicieron detenerse. 

––Haz el examen, Celia ––dijeron varias voces.

Ella se puso rígida. ¿Quiénes eran? ¿Cómo sabían su nombre?

––Haz el examen, Celia.

Aquellos desconocidos empezaron a andar hacia ella sin dejar de repetir esa frase. Celia retrocedió en silencio. Cada vez estaban más cerca. Sus voces arrastradas le erizaban el vello de los brazos. Siguió retrocediendo. Al llegar al borde de las escaleras, se arrimó a la pared y, con cuidado, abrió el bolso.

Sacó el abono transporte, se lo guardó en el bolsillo del vaquero y lanzó el bolso al piso de abajo. Ellos pasaron por su lado, casi rozándole, y se perdieron en las tinieblas. Celia se llevó una mano al pecho, respiró hondo y avanzó hasta la otra esquina. Entonces, en la pared de enfrente vislumbró una clase abierta. 

Despacio se acercó a la puerta, los puños apretados. Una rendija de luz que conseguía colarse de una ventana dejaba ver las sombras de los pupitres. Celia pulsó el interruptor, pero no funcionaba.

Con pasos indecisos recorrió el aula. Un fuerte olor a metal cargaba la atmósfera. Subió, un poco, las persianas. Enganchadas a las patas de las sillas había unas cadenas. Celia se agachó, cogió una y la examinó inquieta.

De repente, las luces se encendieron. Unas voces parecían acercarse. Soltó la cadena y se escondió en un armario empotrado colocado al final de la clase. Los extraños de antes aparecieron acompañados de Vanesa y del hombre que había querido atraparla en la salida. Les sentaron y les esposaron los tobillos.

––¿Ya están todos? ––dijo Vanesa.

Él asintió.

––¿Y la chica?

––Ni idea, pero tranquila aparecerá tarde o temprano.

––No podemos dejar que escape. Es la única que falta para completar la lista de este año.

Celia frunció el ceño. El hombre volvió a asentir, sacó una jeringuilla del pantalón y empezó a pinchar en el brazo a los chavales. Entonces, un grito se ahogó en sus labios al tiempo que observaba, a través de las ranuras, como se iban desplomando encima de los pupitres. 

––Perfecto, vámonos ––dijo Vanesa.

Poco a poco sus voces se fueron disipando. Ella aguardó unos minutos, salió y corrió hacia los chicos. Para su alivio todos respiraban, aunque la mayoría lo hacía con dificultad por los espumarajos que les salían de las bocas.

Celia les incorporó con cuidado, siempre atenta a la puerta, y con la chaqueta les limpió la cara. Cada uno llevaba una acreditación con su nombre sujeta con un imperdible a la camiseta y un pinganillo en la oreja. 

Extrañada se lo quitó a una chica y se lo acercó al oído. Como un bucle sonaba la frase que habían dicho antes. Algunos aún la repetían atontados.

––Haz el examen, Celia. Haz el examen, Celia…

Ella intentó que volvieran en sí, que la escucharan, pero fue inútil. La sustancia que les habían administrado avanzaba, por sus organismos, a una velocidad incontrolada y sin remedio se iban quedando en trance.

La única solución era llevarles a un hospital, pero ¿cómo iba a sacarles de allí? Celia empezó a sentir un nudo en el pecho. Se sentó en el suelo, agachó la cabeza y respiró hondo varias veces. 

Cuando se tranquilizó un poco, se dirigió a la mesa del profesor y buscó en los cajones alguna llave que sirviera para abrir los candados. Entonces, al fondo de uno, un archivador llamó su atención.

Parecían los expedientes de un colegio. Desde dos mil trece, cada compartimento guardaba las fichas de varias personas. Ella volcó la carpeta sobre la mesa y empezó a curiosear. En todas las fichas estaba escrita la palabra “huérfano”. 

Celia se estremeció; ¿acaso sabían que ella también lo era? ¿La querrían por eso? Durante un rato, se quedó pensativa, la mirada clavada en los chavales. Luego, guardó las fichas, cogió el archivador y salió del aula. 

De repente, Vanesa y su ayudante se abalanzaron sobre ella y la tiraron al suelo. Celia forcejeó mientras él intentaba clavarle la jeringuilla. Le mordió el brazo con saña, se la quitó y se la hundió a ambos en el cuello. 

Ellos pegaron un alarido y se desmayaron. Celia se apartó, varias lágrimas mojaban sus mejillas. Colgadas del cinturón él llevaba unas llaves. Entonces, Celia volvi´o la vista hacia la clase y sonrió. 

lunes, 3 de julio de 2017

La Granja Roja

   La noche se había ido a dormir y los primeros rayos del sol empezaban a ribetear las nubes. Michelle detuvo la caravana en el arcén, se restregó los ojos y avisó a Alyson. 

La joven se desperezó y se quedó absorta mirando la recta de asfalto que parecía extenderse cada vez más y no tener fin. Resopló, le cambió el asiento y arrancó. El ruido del motor arrullaba a su amiga que, de vez en cuando, arrugaba la nariz para luego dar paso a una pequeña sonrisa.

   Durante varias horas, la carretera fue un circuito solitario, algo que a Alyson le resultaba realmente tedioso. A media mañana, se cruzó con un coche, pero enseguida lo perdió de vista y la monotonía volvió a invadirla.

Entonces, una casa a lo lejos llamó su atención. Apretó el acelerador y se dirigió a ella. Estaba en medio de la nada, casi pegada al arcén, rodeada por una gran hectárea de campo.

Michelle se sobresaltó al escuchar la puerta cerrarse. Alyson se había bajado y caminaba hacia esa casa de paredes pintadas a trozos de rojo. 

––¿Qué haces tía?

––Ahora vuelvo, voy a ver si vive alguien ahí y le pregunto si hay por aquí cerca algún hostal que estoy hasta los huevos de conducir. 

Michelle comprobó la guantera. Estaba vacía. Suspiró y corrió a su lado.

––¿Y quién va a vivir ahí tía? Esto seguro que está abandonado. 

Alyson se detuvo delante de la puerta y señaló la tierra que rodeaba la casa. Una tierra con tempero, preparada para la siembra. Su amiga la miró no muy convencida, pero ella no le hizo caso y llamó al timbre.

Unos pasos se arrastraron despacio hasta la puerta y una mujer apareció delante de ellas. 

––Buenos días, señora, ¿sabría usted, por casualidad, si hay por aquí algún sitio donde hospedarnos y descansar?

La mujer se quedó pensativa.

––Si no me falla la memoria, creo que había una pensión siguiendo esta carretera a cuarenta kilómetros.

Alyson echó la cabeza hacia atrás y resopló. 

––Bueno, pues vámonos entonces a ver si podemos llegar antes de cenar. ––dijo Michelle––. Muchas gracias, señora, ha sido muy amable.

La joven empezó a dirigirse a la caravana, pero entonces se dio cuenta de que Alyson no la acompañaba.

––Tu amiga parece cansada y tú también, ¿por qué no os quedáis aquí un rato, coméis y luego por la tarde os vais a donde sea?

Sin pensarlo Alyson entró en la casa. Michelle se tensó. Odiaba esos impulsos que tenía, la confianza de que todo iba a salir bien siempre y, sobre todo, detestaba que la arrastrara a todas sus locuras, como hacer ese maldito viaje.

La señora las guio hasta un comedor cuyas paredes estaban formadas por troncos, les ofreció asiento y se marchó. Al cabo de un minuto regresó con un bizcocho y dos platos. Les sirvió un trozo y se sentó con ellas.

––Para comer he preparado guisado de conejo a la sidra.

––No se preocupe, de verdad ––dijo Michelle con la boca llena, ––nos comemos esto y nos vamos.

––¿Y esa prisa a que se debe?

Ella empezó a titubear. La lengua se le hizo un nudo y acabó tirando el trozo de bizcocho que le quedaba. Alyson y la mujer estallaron en carcajadas. Michelle empezó a arañarse los muslos.

––Uy, que nerviosa eres, ¿no?

––No, bueno, es que no quiero que molestemos.

La mujer sonrió y le partió otra porción de dulce.

––No molestáis, bonita, al contrario, estamos tan solos aquí que cuando viene alguien nos hace las personas más felices del mundo.

––¿Vive con alguien más? ––dijo Alyson.

En ese momento, una voz masculina interrumpió en la cocina. La mujer se levantó y volvió acompañada de su marido. Las jóvenes se presentaron, él las saludó con una inclinación de cabeza y volvió a marcharse. 

   Cuando llegó la hora de comer, salieron a la parte trasera. Allí la fachada apenas estaba cubierta por unas pinceladas rojas mal dadas. 

Mientras la señora servía la comida en una mesa de picnic, el hombre les enseñó una jaula de conejos y un manzano. El rojo de las frutas dibujaba un cuadro de lunares sobre el mantel de las hojas. Arrancó cuatro y se sentaron.

––Bueno, ¿y qué os ha traído por aquí? ––dijo el hombre.

Alyson les contó la aventura que habían emprendido: recorrer Estados Unidos en caravana. 

––Pero llevamos casi dos días conduciendo y esta carretera es interminable. Por eso buscábamos algún hostal.

––Si queréis, podéis quedaros aquí.

Michelle suspir´o tranquila cuando su amiga, agradecida, declin´o la invitaci´on. Sin embargo al fijarse en las miradas de tristeza que intercambiaba el matrimonio no pudo evitar sentir empatía por ellos.

––¿Han vivido siempre aquí tan lejos de todo? ––dijo Michelle.

Ellos se rieron al tiempo que asentían. Esa granja había sido el regalo de bodas de los padres de ella y desde hacía cuarenta y cinco años era su hogar.

––¿Y tienen hijos?

––Oh, sí, tenemos cinco ––dijo la mujer––, pero cuando fueron cumpliendo la mayoría de edad se marcharon a las ciudades y vienen poco a visitarnos.

––Sí y desde que cumplieron los dieciocho han pasado ya unos cuantos años ––El hombre volvió a reírse. 

   De postre la mujer sacó el bizcocho para que lo acompañaran con las manzanas. Ellos solo comieron un poco de fruta y lo que sobró el hombre se lo llevó a los conejos. 

Durante horas, conversaron y disfrutaron del aire que les soplaba detrás del cuello; de aquel olor a naturaleza. Estar allí era como el paraíso. Alyson y Michelle se recostaron en las sillas y miraron al cielo. 

––Y aparte de viajar, ¿os dedicáis a algo? ––dijo el hombre.

––Estudiamos geografía en la universidad ––dijo Alyson––. Ahora estamos de vacaciones.

––Eso est´a muy bien ––dijo la mujer––. Hay que sacar tiempo para descansar, no como nosotros que entre la granja y el otro trabajo no podemos ni  rascarnos. 

––¿A qué más se dedican? ––dijo Michelle.

––A pintar la casa.

Las chicas miraron la fachada y se encogieron de hombros.

––Es que conseguir esa pintura es complicado ––dijo el hombre––. Hay épocas que tenemos que esperar meses y hasta años para poder pintar un mísero trozo.

––¿Y por qué es tan difícil conseguirla?

El matrimonio se levantó y las condujo a un cobertizo al otro lado de la casa. Cuando la mujer lo abrió, cientos de huesos cayeron a sus pies. Alyson y Michelle gritaron y se apartaron horrorizadas.

El hombre entró y caminó entre aquellos restos. Descolgó un hacha de la pared y se acercó a las chicas. Alyson sacó del pantalón la pistola que había cogido de la guantera y les apuntó. 

––Me parece que esta vez no van a pintar nada.

Mientras hablaba, caminaban hacia atrás, sin dejar de apuntarles.

––No estés tan segura, cielo ––dijo la mujer.

Alyson disparó delante de ellos y aprovecharon el momento de confusión para huir. Entonces, se desplomaron en el suelo. Ellos se besaron y sonrieron satisfechos. Era una suerte que la mujer tuviera siempre listo un bizcocho.







viernes, 16 de junio de 2017

Un malentendido

De fondo en la tormenta sus tacones se escuchaban. Entró en la habitación. El pelo detrás de las orejas dejaba ver dos diamantes. Le dio un beso y le miró expectante. Él se quedó en silencio, sin moverse. Entonces suspiró decepcionada. Se dio la vuelta y empezó a cambiarse. 

El vestido se descolgó desde sus hombros rozándole la piel; sin embargo él solo veía los pendientes. Demasiado lujosos para alguien como ella. Una dependienta de Mango no valía unas joyas así.

En ese instante, varios nombres atravesaron su mente. Compañeros de los que le había hablado, pero ninguno le convencía. Se los debía de haber regalado alguien que no era del trabajo. Alguno de esos hombres que, enseñando lo hinchada que tienen la cartera, conquistan a cualquier mujer.

¿Cómo podía haber caído en ese juego? Sus labios empezaron a torcerse en una mueca de asco. Ella, que acababa de salir del baño, le miró desconcertada. Los diamantes resaltaban la culpa en sus pómulos limpios de colorete.

Tras unos minutos de incómodo silencio, se levantó de la cama, sacó la maleta del armario y le pidió que se marchara. El desconcierto de antes se convirtió en incredulidad y varias lágrimas quedaron colgadas de sus pestañas.

   De fondo en la tormenta ahora se escuchaba el arrastrar de la maleta. Su mujer caminaba despacio, pero cada paso la alejaba más de él, de la vida que hasta ahora habían compartido. 

Entonces, sonó el móvil. Era la hermana de ella.

––¿Diga?

––Hola, ¿qué tal? Oye, ¿te ha dicho Miriam si le han gustado los pendientes que le he regalado de cumpleaños esta tarde?

lunes, 5 de junio de 2017

De Dioses y Hombres (II)

Los egipcios estallaron en aplausos hipnotizados por la sonrisa del rey caído del cielo. Pablo se quedó inmóvil; un frío desgarrador le recorrió por las venas, rápido, como un destello. Entonces, comprendió que aquello no era una simple visión producida por las drogas. 

––Agradezco mucho vuestro entusiasmo.

De repente, el alboroto dejó de cortar el aire.

––Desde antes de conoceros, supe que vosotros, pueblo de Mitzráyim, debíais ser los elegidos para esta misión. Los elegidos para conocer la verdad y evolucionar hacia un mundo de riqueza y progreso.

Sus grandes ojos reflejaban con orgullo el holograma de la pirámide. 

––Hablas de libertad cuando tu único propósito es que todas estas personas, que vivían aquí cultivando sus tierras, trabajen para ti.

Todos se giraron atónitos hacia Pablo. Dyeser, sin perder la sonrisa, le hizo señas para que se acercara.

––Nada más lejos de mi intención está en hacer esclavos. Yo solo he pedido algo de ayuda a cambio de una recompensa, ¿o es que acaso no es así cómo funciona el mundo?

Pablo le miró pensativo y asintió. Era cierto, al menos el motor de su vida se basaba en eso; solo que la recompensa era el sueldo. Aclarado el asunto el rey le mandó que volviera a su grupo. Luego le susurró algo al ser que llevaba a su hija y este regresó a la nave con ella.

Segundos después, apareció al lado del rey con las manos vacías. Se llevó un dedo a la sien y cuando se quisieron dar cuenta estaban rodeados de aquellas gigantescas máquinas que habían transportado.

Dyeser señaló al cielo. Tres estrellas parecían proteger a las demás con su esplendor: Alnilam, Mintaka y Alnitak las más importantes del Cinturón de Orión en cuya constelación se hallaba su planeta.

Su deseo era que la cúspide de la pirámide apuntara a Mintaka, en honor a su hija, para que desde su estrella pudiese encontrarles al mirar a La Tierra.

––¿Y cómo sabremos que señala a esa estrella? ––dijo una egipcia.

El rey dibujó una línea vertical en el aire y, de repente, una gran cuerda de luz trepó desde la arena hasta Mintaka. Las exclamaciones de sorpresa volvieron a salir de sus bocas. Pablo, que también estaba boquiabierto, echó la cabeza hacia atrás y contempló como el haz de luz se estrechaba a medida que subía por la cortina celeste. 

Una vez tomada la referencia, Dyeser organizó los grupos. Uno serviría para aprender a manejar la maquinaria; el otro, en el que estaba Pablo, se encargaría de buscar una cantera donde picar los bloques que conformarían la pirámide. 

Sin embargo la más cercana se encontraba en la ciudad de Asuán, al sur de Mitzráyim, y para llegar a ella debían recorrer, al menos, ochocientos kilómetros. 

––Nos estáis pidiendo un imposible ––dijo un egipcio––. Ninguno sobreviviremos si andamos ese camino. 

––No es tan largo como parece si tenéis el medio de transporte adecuado.

Ellos le miraron confusos. El rey dio una palmada y, de repente, una de sus naves aterrizó detrás de él. 

––No querrás que conduzcamos eso, ¿verdad?

Dyeser sacudió la cabeza al tiempo que mostraba su sonrisa afilada.

––Veo que te resulta difícil estar callado.

Pablo tragó saliva.

––Cuando algo no me convence, pregunto, eso es todo.

––¿Y cuántas cosas te convencen en tu día a día?

La respiración de Pablo empezó a acelerarse. No sabía cómo responder y, nervioso, apartó la mirada. El rey, que ahora sonreía con suficiencia, les pidió que se cogieran de las manos. Luego se acercó a Pablo y le puso un dedo en la frente. Una fuerte sacudida atravesó su cabeza y las del resto.

––Ya estáis preparados para partir.

Dyeser llamó a tres de los seres y en un instante aparecieron a su lado.

––Mis soldados pilotarán la nave hasta la ciudad de Asuán. Allí os explicarán cómo usar el conocimiento que os he transferido––El rey levantó las manos––. Id y cumplir con éxito esta misión.

Tras hacerle una reverencia, los soldados ordenaron al grupo que subiera a la nave. Ellos tomaron los controles y en menos de cualquier tiempo existente en La Tierra llegaron a su destino. 

   
   La cantera se intuía como una sombra que se elevaba majestuosa ante ellos. Uno de los seres creó con sus manos unas bolas luminosas y las dirigió a lo alto de la cantera. Su superficie irregular estaba salpicada por la pintura de miles de brochas. 

Todos se quedaron inmóviles, la mirada perdida en la abrupta roca. Entonces, la voz de un soldado les hizo girarse sobresaltados. A los pies de cada uno había algo parecido a una pistola y a su alrededor, unos recipientes de cristal enormes. 

Los egipcios se echaron hacia atrás desconfiados. Pablo, en cambio, se agachó y la cogió. Era como el arma alienígena de una película, aunque en realidad se trataba de un taladro eléctrico con broca de rayos x. 

––¿Y eso?

Pablo señaló a los recipientes.

––Moldes para fundir roca ––dijo uno de los seres.

––Pero, ¿cómo vamos a meter las piedras ahí?

El ser le quitó el taladro y disparó a la cantera. Se acercó a las rocas que se habían desprendido y las transportó con la mente hasta uno de los recipientes. La base se tornó del color de la lava y las convirtió en líquido. 

Sin más explicación los soldados les ordenaron empezar y, durante toda la noche, Pablo y los egipcios taladraron la cantera para que ellos transportaran las rocas hasta los moldes. 

   
   El despertar del sol empezó a arroparles en un cálido abrazo. Agotados muchos cerraron los ojos. Pensaban que habían acabado, pero aún faltaba sacar los bloques de los recipientes.

Al lado de cada molde un soldado hizo aparecer una plataforma metálica, con enormes cadenas encima, que se elevaba y descendía por si sola. Eligió a los hombres más fuertes y les ordenó engancharlas a las argollas clavadas en la parte superior de cada uno. 

Luego subieron a la nave y tiraron de las cadenas hacia arriba, mientras el resto se encargaba de golpear con palos los recipientes. De ese modo consiguieron sacar más de mil bloques perfectos y alineados. 

––Estáis haciendo una labor increíble ––dijo un ser––. Ahora queda lo último: meter los bloques en la nave.

Horrorizados les suplicaron que les dejaran descansar. Llevaban sin dormir muchas horas y, aunque quisieran, no podían sacar más fuerzas. No obstante eso no les sirvió de excusa y como castigo retorcieron, con la mente, las manos de algunos hasta que se partieron.

––¡Piedad, por favor! ––dijo una mujer llorando––. Haremos todo cuanto ordenéis.

Los soldados se detuvieron. Sus labios, antes apretados, sonreían complacidos. Cogieron aire y se embriagaron de aquel ambiente que olía a dolor. Después, les ordenaron que pusieran las manos en los bloques y ellos, con el terror resbalando en silencio por sus rostros, obedecieron. 

De repente, una descarga les recorrió los brazos y las piedras se redujeron hasta alcanzar el tamaño de un Cubo de Rubik. Entonces, descubrieron que ese era el conocimiento que el rey les había concedido. 

   
   Poder que, en seguida, se convirtió en una maldición que les tendría atados a los caprichos de aquellos seres durante más de veinte años. El miedo y la tristeza invadió al pueblo de Mitzráyim que, día tras día, veía como sus cosechas se echaban a perder; como muchos de sus seres queridos enfermaban y morían y no podían, ni siquiera, dedicarles una oración. La única razón de sus vidas era la construcción de la pirámide.

Las pocas horas que tenían de descanso, Pablo las aprovechaba para sentarse a la orilla del Nilo y ver en la superficie de espejo los instantes de su vida en otro tiempo ya muy lejano. Recuerdos llenos de nostalgia que, a veces, se le representaban difusos, como si nunca hubieran existido.

La esperanza de regresar a su época hacía mucho que la había tirado al agua. Al principio fue duro, luego se dio cuenta de que poco importaba estar en la suya o en esa; en cualquiera de las dos su existencia y la de todos se basaba en ser una pieza más de aquella enorme rueda llamada Mundo.


   Detrás de cada bloque de la pirámide había miles de historias, de momentos. La mayoría eran oscuros, amargos, pero también los había de ilusión y sabiduría. Durante su construcción, Dyeser se proclamó rey de Mitzráyim y les prohibió dejar constancia de la relación que había existido entre ellos. No obstante los más intrépidos dibujaron ese secreto en algunos rincones de las cámaras que la pirámide tenía por dentro. 

Jeroglíficos que solo podría ver el alma de Mintaka cuyo cuerpo fue transportado mentalmente a la cámara número once por su padre la noche en que la estrella, que hacía honor a su nombre, lanzó un rayo de luz a la cúspide. 


   Pablo estaba en Carpetana de nuevo. Confuso se agachó a coger la cartera y sacó el móvil. Era quince de septiembre de dos mil diecisiete. Había regresado al mismo día, al mismo momento en el que su vida se había quedado hacía veinte años. 

En ese instante, el metro entró en la estación. Él se quedó inmóvil, mientras la gente se atropellaba para entrar, hipnotizado por la publicidad de una marquesina. En la imagen aparecía una chica tapándose un ojo y enseñando en el dorso de la mano el tatuaje de una pirámide. 

Entonces, decidió marcharse a casa. Ese día no iría a trabajar y no sabía si al siguiente volvería.

sábado, 20 de mayo de 2017

De Dioses y Hombres (I)

 Pablo llegó a Carpetana cuando aún faltaban unos minutos para que el metro entrara en la estación. Dejó la cartera en el suelo y empezó a mirar a su alrededor. Todo el andén seguía siendo el sueño de la mayoría de las personas, que, como él, irían a trabajar.

Rostros sin ánimo. Manos que, cada dos por tres, sacaban el móvil sin saber porqué, solo por la manía de mirarlo, y lo volvían a guardar enseguida. Pablo echó la cabeza hacia atrás y bostezó, sin poder evitarlo los ojos se le cerraron.

Entonces, sintió que alguien le tocaba el hombro y vio a un hombre delante de él. Un hombre alto, de piel blanquecina y ojos verdes atravesados por una pupila en forma de raya.

Confuso le preguntó qué quería, pero el hombre no respondió. Siguió inmóvil con la mano apoyada en su hombro. Pablo se apartó y miró el cartel que anunciaba la llegada del tren. Para su asombro la pantalla se había apagado. Se dio la vuelta y miró el del otro lado, pero igual que el anterior este también tenía la pantalla en negro.

De nuevo, el extraño le agarró del hombro y se llevó un dedo a los labios en gesto de silencio. Luego clavó sus ojos en los de Pablo y este empezó a caer y a caer hacia un abismo.

   
  Un colchón de arena cálida y densa amortiguó la caída. Pablo se levantó y observó, desconcertado, sus pies descalzos hundidos en aquel desierto y la tela blanca que apenas cubría sus partes.

Cientos de preguntas le nublaban el pensamiento. Preguntas que no sabía responder y que acababan resbalando como gotas por su frente. Todo eso debía de ser un truco, seguro que ese hombre le había drogado y ahora tenía alucinaciones.

Pablo se sentó y apretó las rodillas contra el pecho. Entonces, un gran manto empezó a pintar de negro la luz de las estrellas.

Seguido de aquella oscuridad un coro de exclamaciones llamó su atención. Se levantó y corrió hacía donde las había escuchado. A pocos metros vivía una ciudad a la orilla de un enorme río. No una ciudad como las que él conocía. Allí las viviendas no eran altas construcciones de ladrillo, sino pequeños cuadrados de barro y paja.

Exhausto se acercó despacio al grupo que continuaba clamando y mirando al cielo. Se camufló entre ellos y observó, lleno de admiración e inquietud, como la noche se iluminaba por tres bolas de fuego alineadas sobre el firmamento.

Las esferas permanecieron inmóviles durante unos minutos y empezaron a bajar. Muchas personas huyeron y se refugiaron en sus casas. Otras, las más curiosas, entre ellas Pablo, continuaron expectantes con el corazón resonando en sus pechos a gran velocidad.

Tres naves metálicas de envergaduras imposibles aterrizaron y de ellas salieron unos seres físicamente parecidos al hombre del andén. Al verles el interés de antes se convirtió en una ola de terror que inundó de gritos y llantos toda la ciudad. Entonces, uno de ellos alzó las manos y les pidió silencio.

––Querido pueblo de Mitzráyim, no temáis.

Aquel ser, aunque parecido a los demás, tenía algo diferente: su cráneo era alargado con una protuberancia en la parte superior; sus ojos se estiraban ovalados desde los orificios de la nariz hasta las sienes y en su boca desfilaban grandes colmillos. Las manos, como las del resto, terminaban en cinco dedos largos y finos que continuó dirigiendo al cielo mientras imploraba que se acercaran.

––Por favor, no tengáis miedo, dejad que me presente. Mi nombre es Dyeser, soy el rey de un planeta muy lejano que, por culpa de una guerra, ya no existe. Nosotros somos los únicos supervivientes, que hemos logrado escapar, y necesito vuestra ayuda.

Pablo sentía que estaba a punto de desmayarse. ¿Hasta cuando iba a durar esa locura? Se llevó las manos a la cabeza y resopló agobiado. Entre la desconfianza de la multitud se oyó a un hombre decir:

––¿Qué queréis que hagamos?

El rey se giró, dijo algo en su lengua y a su lado se colocó otro cuyos brazos portaban a una niña.

––Mi hija estaba enterrada en el templo de nuestro planeta, pero ahora no tiene un lugar donde descansar. Si vosotros nos ayudarais a construir otro, prometo recompensaros con lo más valioso que se puede regalar: el conocimiento de la tecnología.

Asombrados ante esas palabras, todos aceptaron. Pablo, en cambio, seguía rogando que todo aquello acabara y volver a Carpetana. Regresar a su vida de siempre.
Dyeser dio una palmada y en el aire apareció un holograma de una pirámide escalonada.

Pablo soltó un grito ahogado.

––¿Y cómo esperáis que nosotros construyamos eso? ––dijo una mujer.

––Ya os lo he dicho ––El rey sonrió––, con tecnología.

En ese momento, los otros se llevaron un dedo a la sien y de las naves empezaron a salir gigantescas grúas y excavadoras que se distribuyeron estratégicamente a varios kilómetros. Pablo no daba crédito a lo que veía y en su cabeza volvió a surgir la misma pregunta: ¿hasta cuándo iba a durar esa locura?

Los seres se volvieron hacia las naves y siguieron transportando todo tipo de materiales de construcción. Herramientas incluso que Pablo desconocía. Una vez preparadas, el rey le pidió a los egipcios que se dividieran en dos grupos.

––Bien, sé que esto es difícil de asimilar y entender, pero os pido que abráis vuestras mentes; no todo es y ha sido cómo os lo han contado ––Dyeser hizo una pausa y prosiguió––. Confiad en nosotros y os mostraremos la verdadera verdad pues solo así seréis libres siempre.