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Premonición

Una extraña sensación le recorrió. Al principio, pensó que era el tacto de los pétalos; las flores del jardín con aquella textura de papel ...

lunes, 5 de septiembre de 2016

La locura inconfesable

El reloj marcó las doce. Cada campanada iba al compás del viento cuyos silbidos parecían susurrar a los cristales. Tania levantó la cabeza del libro de Historia. Las letras empezaban a emborronarse en las hojas. Cerró los ojos un instante e intentó repetir lo último que había memorizado. Sin embargo un tacto frío y húmedo le recorrió la muñeca.

Sobresaltada abrió los ojos de golpe. Lucky tenía las orejas echadas hacia atrás y miraba fijamente a la ventana. Ella resopló, le acarició un poco el cuello y le ordenó que saliera. Pero el Westy no se movió. Sus ojos de botones siguieron penetrando en la ventana, como si algo en ella lo hubiera hipnotizado.

La chica también escudriñó el cristal aunque el reflejo solo le devolvió una mirada nerviosa. ¿Qué estaría viendo?  Se agachó junto a él y empezó a acariciarle, pero Lucky se revolvió y salió de la habitación.

Tania se encogió de hombros y se incorporó. No sabía qué le pasaba al perro, pero tampoco tenía tiempo para averiguarlo. Al día siguiente, iba a la universidad y lo único que le apetecía era escuchar algo de música antes de acostarse. Así que después de guardar el libro en la bandolera, encendió la radio y se metió en la cama.

Algo empezó a interferir en la frecuencia haciendo que la emisora sonara como el chirrido de una tiza al arrastrarla en una pizarra. Tania apretó los dientes y se levantó a cambiarla, pero en la siguiente que puso el sonido estridente de la tiza seguía escuchándose. 

---Joder, ¿qué le pasa a esta mierda? ---dijo y le dio un golpe a la radio.

De repente las interferencias pararon y una voz empezó a hablar. Tania pegó la oreja al altavoz y escuchó con atención. Entonces todo su cuerpo se volvió de piedra cuando se dio cuenta de que aquella voz era la suya leyendo el libro de Historia.

Aterrada apagó la radio y miró a su alrededor. ¿Quién la había grabado? En ese momento, la radio se encendió y su voz volvió a escucharse en la emisora. Tania la apagó y salió corriendo hacia el salón. Cogió al pequeño Westy del suelo y lo apretó contra su pecho. El perro la miró con tristeza y le lamió las lágrimas que encharcaban sus ojos. 

Ella apartó la cara y se sentó con él en el sofá. Lucky se acurrucó en sus muslos y empezó a chuparle el pantalón del pijama. Tania lo abrazó con fuerza y siguió llorando.

Entonces el móvil empezó a sonar desde la habitación. El perro saltó de sus piernas, fue hasta la puerta del salón y empezó a ladrar hacia el pasillo. Ella le rogó a gritos que parase. Sin embargo sus ladridos siguieron reverberando por toda la casa. Cada vez con más furia. Tania rompió a llorar histérica. Volvió a gritarle desesperada que se callara hasta que finalmente el miedo la venció y se desmayó en el sofá. 

Ya estaba bien entrada la mañana cuando se despertó. El miedo había envuelto sus sueños durante la noche hasta el punto de no querer abrir los ojos. Pero al ver la luz del día se sintió segura, relajada. 

Lucky dormía panza arriba encima de ella. Tania le empezó a rascar la barriga. El perro se giró como un resorte y se lanzó a lamerle la cara. Parecía su perro de siempre y eso también la tranquilizó. El reloj de pared fue lo que volvió a ponerla nerviosa. Eran más de las doce. ¿Cómo no había caído que tenía que ir a la universidad?

A trompicones corrió a la habitación. Se vistió en un momento, agarró la bandolera que había dejado encima de la silla, se guardó el móvil en el vaquero y salió. Entonces se acordó. Dejó la cartera en el suelo, sacó el teléfono y miró las llamadas perdidas.

Veinte llamadas de Alberto, su exnovio. El chico con el que había estado cinco años y de un día para otro había desaparecido. Ahora quería hablar con ella, después de un año, ¿para qué? ¿Acaso le iba a dar alguna explicación? Tania pensó en borrarlas, pero al final no lo hizo. Se guardó el móvil en el bolsillo y se marchó a clase.

---Buenas tardes, don Jacinto ---dijo Tania al abrir la puerta del aula---. ¿Puedo entrar? 

El profesor de Historia Medieval le señaló el asiento sin interrumpir la lección. Tania agachó la cabeza y cruzó corriendo el pasillo de pupitres hasta el suyo. 

---¿Qué te ha pasado? ---dijo su amiga Lucía en voz baja.

---Me ha llamado mi ex ---dijo Tania mientras sacaba el libro de la bandolera. 

---¿El de Burgos? ---dijo Lucía.

---Sí. Ayer por la noche, me llamó veinte veces ---dijo Tania.

---¿Y qué quería? ---dijo Lucía.

---Pues ni lo sé ni me importa. Fue él quien me dejó de repente sin ningún motivo ---dijo Tania.

---A lo mejor quiere pedirte perdón ---dijo Lucía.

Tania se quedó pensativa. Y si era así, ¿qué? ¿tenía que perdonarle? Si hubiera sido ella la que se hubiese largado, seguro que él no la perdonaría. ¿Por qué tenía entonces que escucharle siquiera?

---Tía, me fui de Burgos cuando desapareció precisamente para olvidarle. No me parece justo que ahora me llame después de lo que he pasado por él. 

Lucía asintió al tiempo que suspiraba y giró la cabeza hacia el profesor. Tania empezó a tamborilear la mesa con los dedos. A pesar de lo que había dicho en su interior sí quería saber por qué la había llamado Alberto. Aunque el orgullo que envolvía su exterior la frenaba a devolverle la llamada.

Casi todas las tardes, Tania, Lucía y algunos más iban a Príncipe Pío a tomar algo. Esa tarde, Tania se marchó a casa. Hasta que acabó la clase no recordó el miedo que había pasado la noche anterior y decidió llegar antes de que se hiciera más tarde. 

Antes de tener que encender las luces, quería estar en el salón con Lucky. 
Sin embargo cuando llegó a casa, Lucky estaba muerto. Tenía el cuello partido y estaba tirado en la puerta del salón. Tania gritó aterrorizada y llamó a su madre.

---Hola, hija, ¿cómo estás?

Ella, al borde de la taquicardia, respondió:

---Mamá, han matado a Lucky.

Su madre soltó el auricular de repente. Luego lo cogió y se lo puso en la oreja, pero se quedó en silencio durante unos segundos. 

---Mamá, ¿estás ahí? ---dijo Tania nerviosa.

---Sí, cariño, perdona. ¿Cómo que han matado a Lucky?

---Acabo de volver de la universidad y me lo he encontrado muerto ---dijo Tania.

---Hija los perros se mueren. A lo mejor era su hora.

---No, mamá, tiene el cuello del revés ---dijo Tania y rompió a llorar---. ¿Quién le ha hecho esto a mi perro?

Su madre intentó calmarla, pero la ansiedad de Tania no hacía más que aumentar. 

---¡Quiero a mi Lucky, joder! 

Las lágrimas mojaban sus labios y dejaban en ellos un sabor salado. Tania se llevó una mano al pecho; le empezaba a faltar el aire. El corazón le bombeaba tan fuerte que los gritos de su madre pidiéndole que se calmara se oían como una brisa. 

---Tania te compramos otro perro, pero por favor no sigas llorando así que te va a dar algo.

---¡No quiero otro perro! ¡Quiero saber quién ha matado al mío y por qué!

Tania se quedó callada pensando. ¿Y si llamaba a la policía? En estos casos era lo normal. Sin embargo su madre insistió en que no lo hiciera. Le dijo que por un perro la policía no se iba a molestar. Pero el problema no solo era el perro. También era que alguien había entrado en su casa. Un psicópata que, de haber estado ella, podría haberla matado. 

Aun así su madre se empecinó en que no avisara a la policía. ¿A qué venía tanto interés en que no denunciara lo que había pasado? ¿Acaso pensaba que se lo había inventado? 

El disgusto de antes se fue convirtiendo poco a poco en cabreo. Ella no se estaba inventando nada. ¿De qué le servía decir que habían matado a Lucky? 

---Tania solo te he dado un consejo ---dijo su madre.

---Pues no necesito tus consejos, mamá.

Y dicho esto colgó. Respiró profundamente y se secó las lágrimas que aún colgaban de sus pestañas. Más calmada fue a inspeccionar la habitación. La ventana estaba abierta de par en par. Tania se quedó paralizada. No recordaba haberla abierto antes de irse, pero estaba tan nerviosa que no sabía qué pensar. 

El resto de la habitación estaba impecable. No habían tocado nada. Ni siquiera la radio que era lo que más podía valer. Lo único extraño era la ventana. Tania se acercó y empezó a mirar. Si habían entrado por ahí, tenía que haber pisadas o algún desconchón, pero no encontró nada.

Tania resopló. Se apoyó en el alféizar y observó como las farolas pasaban a ser las luces de Madrid ahora que el cielo empezaba a apagarse. No sabía qué hacer ni qué creer. La opción de llamar a la policía había pasado a estar en la cuerda floja. 

De repente un mensaje la sobresaltó. Era de Alberto. Tania dudó si leerlo durante unos segundos, pero al final la curiosidad pudo con ella.

“Aunque no contestes mis llamadas, sé muy bien dónde encontrarte”.

¿La estaba amenazando? Tania apretaba tan fuerte el móvil que las venas empezaron a dibujar caminos en su brazo. Eso ya era el colmo: su ex intimidándola. Pero, ¿quién se creía que era? 

Sintió como la rabia le agarrotaba los dedos. Abrió la lista de llamadas perdidas, pero estaba en blanco, igual que se quedó ella. Estaba segura de que no las había borrado. Desde la noche anterior, estaban pasando cosas muy raras. 

Tania buscó en la agenda el número de su ex, le dio a llamar y se puso el móvil en la oreja. 

---El número marcado no corresponde a ningún cliente ---dijo la operadora.

Colgó y volvió a llamar. Otra vez la misma respuesta. 

---Serás cabrón ---dijo enfadada a la pantalla. 

Al cabo de unos segundos, el fondo de pantalla se volvió negro y se dio cuenta de que tenía un asunto más urgente que atender: Lucky seguía muerto en la puerta del salón. Dejó el móvil encima del escritorio y salió.

La oscuridad que recorría el pasillo hacía que el cuerpo del perro se intuyera como una aparición. Tania encendió la luz y fue hacia él. Conforme se acercaba sentía como si algo le estuviese estrujando el estómago y algunas lágrimas empezaron a resbalar por sus mejillas. 

Seguía sin saber si llamar o no a la policía, pero pensó que sería mejor decidirlo al día siguiente. Ahora tenía que deshacerse del cadáver antes de que empezara a oler. Lo metió en una bolsa de basura grande y lo bajó al contenedor.

---Yo creo que hiciste bien en no avisar a la policía ---dijo Lucía---. Si no te robaron nada, a lo mejor por un perro ni se molestan.

“Eso mismo dijo mi madre” iba a responder Tania antes de mirar hacia atrás y quedarse expectante. Desde que había salido de casa tenía un mal presentimiento.  

---¿Qué pasa? ---dijo Lucía mirando también hacia atrás.

---Creo que me está siguiendo ---dijo Tania inquieta.

---¿Quién?

Tania empezó a mirar entre el alboroto de bolsas de zapatos y ropa que inundaba la calle Princesa. Lucía nerviosa volvió a insistirla.

---Mi ex.

Lucía resopló y tiró de ella. Tania se volvió y le dijo:

---¿Me puedo quedar a dormir en tu casa esta noche?

Su amiga asintió. Tania suspiró tranquila y siguieron andando. Sin embargo la preocupación de que su ex la estaba siguiendo no desapareció. A cada instante, le sentía detrás y se giraba asustada. Y cuando volvía a mirar al frente, la calle Princesa parecía haberse alargado y la obsesión de Tania aumentaba. 

Hasta que llegaron a casa de Lucía en Ventura Rodríguez Tania no le contó lo del mensaje de Alberto. Fue entonces cuando entendió la inquietud de su amiga. 

---Ese tío es gilipollas. Seguro que te llama y te manda mensajes para vacilarte ---dijo Lucía para que Tania le quitara importancia al asunto.

Ella se había acercado a la ventana de la habitación y vigilaba la calle. Esa noche, las nubes sujetaban una luna tan blanca que su resplandor convertía en sombras a las personas que aún paseaban por la calle Princesa. 

Puede que Lucía tuviera razón. El comportamiento de Alberto era de un gilipollas. Pero el mensaje que le había mandado no sonaba a broma. 

---¿Y si me quiere hacer daño?

Tania se dio la vuelta y miró preocupada a su amiga.

---No te rayes tía, que se está cachondeando de ti y punto---dijo Lucía mientras dejaba la mochila apoyada en la puerta---. Lo mejor que puedes hacer es pasar.

Ella se dejó caer en la cama y se tapó la cara con las manos. Si solo fuera pasar del mensaje de su ex, lo tendría chupado, pero lo que de verdad la inquietaba era que las llamadas perdidas y el mensaje habían ocurrido al mismo tiempo que lo de la radio y lo de su perro. Y todo en dos días. 

Claro que esto a Lucía no se lo dijo, como tampoco le contó que las llamadas de Alberto se habían borrado misteriosamente del móvil.

---¿Puedo ver el SMS? ---dijo Lucía de repente.

Tania se incorporó, abrió la bandolera y le dio el teléfono. Lucía abrió los mensajes, pero la carpeta estaba vacía. Desconcertada le quitó el móvil de un tirón. Efectivamente no había ningún mensaje. 

---Te juro que estaba aquí ---dijo y empezó a buscar en los mensajes eliminados, aunque tampoco lo encontró. 

Su amiga no le dio importancia. A veces, en su móvil también se borraban los mensajes y las llamadas solas. Sin embargo ella sabía que aquello no era un simple error del teléfono...